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Letras al minuto | Sonia Silva-Rosas

  • Letras al minuto: Sonia Silva Rosas

Si algo tienen en común la vida y la muerte es, precisamente, ese punto de inconsciencia que tenemos cuando ocurren o, ¿alguien se acuerda cuando nació?; no lo creo, ¿alguien tiene registro en su memoria de ese momento en que se sale del útero materno para comenzar la gran aventura que representa la vida? Considero que de igual manera ocurre cuando morimos, nos invade la inconsciencia, nos invade la ausencia de nosotros mismos. Así como la alegría invade a los seres cuando alguien nace, de igual manera debería alegrarnos el hecho de que alguien muera, de que alguien trascienda: de que alguien continúe su camino espiritual, sin embargo, nos han inculcado que la muerte es sinónimo de terror, miedo, dolor, desazón. ¿Por qué? Dar la respuesta no es algo sencillo, menos aun cuando yo he perdido familiares y amigos muy queridos, se los ha llevado la muerte, sin embargo, puedo comentar que, después de pensar y pensar, de leer libros y material en torno a la muerte; de ver documentales y películas y leer reportajes en torno a este tema, me ayudan un poco a comentar que es porque estamos muy apegados no solo a las personas que queremos, a quienes nos rodean; sino, que estamos muy apegados a la vida: a esta realidad, a todo lo que nuestra percepción nos ha permitido construir.

Si hacemos bien las cuentas, y según datos de la Biblia, el primer muerto en la historia de la humanidad fue Abel, y fue asesinado por su hermano Caín. En la antigüedad, la muerte no tenía –para nada- todo ese sentido trágico que hoy tiene. Según el historiador Philippe Ariès indica que hace mil años, la muerte estaba “domesticada”, y que el fin de la vida nunca se presentó en caída libre; es más, afirma que los caballeros y guerreros recibían su muerte y estaban conscientes del fin de su vida. Philippe Ariès comenta que el sentimiento de la muerte era una convicción íntima, más que una premonición sobrenatural o mágica. De igual manera, este historiador afirma que el ritual de recibir la muerte en la cama lo creó la religión católica y, con ello, la muerte se convirtió en una “ceremonia pública, organizada por el moribundo, que la preside y conoce su protocolo. A esta ceremonia acudían familiares, amigos, incluso niños pues, a diferencia del presente, la muerte no se escondía a la infancia. La desaparición de una persona, explica Ariès, era aceptada y celebrada de manera ceremonial (…) sin carácter dramático ni excesivo impacto emocional”. Al respecto, el escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), en su novela “El pabellón de los cancerosos”, describe la actitud de recibir a la muerte de manera tranquila: Sin fanfarronadas, sin aspavientos, sin presumir de que no iban a morir; todos admitían la muerte apaciblemente. No solo no retrasaban el momento de rendir cuentas, sino que se preparaban a ello tranquilamente y, con antelación, designaban quién se quedaría con la yegua, quién con el potro… Y se extinguían con una especie de alivio, como si solo tuvieran que cambiar de isba”.

Para Phillippe Ariès, la muerte domesticada es muy contraria a la que nosotros conocemos. La vieja actitud –dice- en la que la muerte es a la vez familias, próxima, atenuada e indiferente, se opone demasiado a la nuestra. La muerte da miedo –explica- hasta el punto en que ya no nos atrevemos a pronunciar su nombre.

En la Edad Media, “el hombre experimentaba en la muerte una de las grandes leyes de la especie y no procuraba ni escapar de ella ni exaltarla […], simplemente la aceptaba con la justa solemnidad que convenía para marcar la importancia de las grandes etapas que toda vida debía franquear siempre”. Este autor destaca también la aparición de un nuevo concepto de muerte. Los libros y grabados de los siglos XV y XVI muestran una iconografía sobre el “buen morir” o las Ars Moriendi. Fue entonces –continúa el historiador- cuando apareció la creencia de que un individuo, al morir, ve pasar su vida en un recorrido de relámpago. Esta idea se fue extendiendo entre las clases más cultas hasta el siglo XIX.

“El hombre de fines de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que estaba muerto aplazadamente, de que el plazo era corto, de que la muerte, siempre presente en el interior de sí mismo, quebraba sus ambiciones y emponzoñaba sus placeres. Y ese hombre tenía una pasión por la vida que nos cuesta entender hoy, quizá porque nuestra vida se ha vuelto más larga”, añade Phillippe Ariès.

Para el siglo XIX y XX, la forma de llorar las muertes se transforma. El sentido solemne al que se había acostumbrado, pasa ahora a lo que se ha dado en llamar la muerte romántica y retórica: un enardecimiento del recuerdo del ausente. Entonces la emoción agita a los dolientes. Lloran, rezan, gesticulan. Los vivos ya no admiten la idea de la muerte. Ni la ajena ni la propia. La sola idea de la muerte conmueve.

“Quiere decir que a los supervivientes les cuesta más que en otro tiempo aceptar la muerte del otro. La muerte temida no es entonces la muerte de uno mismo, sino la muerte del otro”, comenta Ariès, quien agrega que fue cuando nació el culto a las tumbas y los cementerios.

La muerte es la muerte y merece solemnidad y respeto. Es ese momento en que alguien deja este plano para trascender y continuar su camino. La muerte es sueño eterno y, hasta donde yo sé, los sueños –cuando cierras los ojos- suelen
ser perfectos.

Hasta la próxima semana

dsoniasilva@hotmail.com

Bibliografía:

http://www.antesdepartir.org.mx/lecturas/Libro-Historia-De-La-Muerte-En-Occidente.pdf

http://www.yorokobu.es/muerte/

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