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Levantar un muro de ignorancia

  • Paul Krugman

  • Paul Krugman

Como se podrá recordar, al principio parecía que la Casa Blanca decía que le impondría a México un arancel de 20 por ciento, pero que pudo haber estado hablando de un plan fiscal que propusieron los republicanos en la Cámara de Representantes, pero que no haría tal cosa; luego, dijo que solo era una idea; después, abandonó el tema, al menos por ahora.

Como señalaron rápidamente los economistas, no obstante, los aranceles no los paga el exportador. Con algunas salvedades menores, básicamente, los pagan los compradores; es decir, un arancel a los productos mexicanos sería un impuesto a los consumidores estadunidenses. Por tanto, Estados Unidos, no México, terminaría pagando el muro.

¡Uups! Sin embargo, ese no fue el único problema. Estados Unidos es parte de un sistema de tratados -un sistema que nosotros construimos- que establece reglas para las políticas comerciales, y una de las reglas clave es que no puedes solo aumentar los aranceles unilateralmente, los cuales se redujeron en negociaciones previas.

Si, con indiferencia, Estados Unidos rompiera esa regla, las consecuencias serían graves. El riesgo no sería tanto por las represalias -aunque eso también-, como por la emulación: si tratamos a la normativa con desacato, lo mismo harán todos los demás. El sistema comercial completo empezaría a desenlazarse, con efectos enormemente perjudiciales en todas partes, en las que estarían totalmente incluidas las manufacturas estadunidenses.

Entonces, ¿acaso la Casa Blanca realmente planea seguir esa ruta? Al concentrarse en las importaciones de México, Spicer transmitió esa impresión; pero, también, dijo que hablaba de “una reforma fiscal integral como un medio para gravar las importaciones de los países con los cuales tenemos déficits”. Eso pareció ser una referencia a una propuesta de reforma de los impuestos corporativos que incluiría “aranceles fronterizos ajustables”.

Pero ésta es la cuestión: esa reforma no tendría, para nada, los efectos que él estaba sugiriendo. No estaría dirigida a los países con los que tenemos déficits, ni qué decir de México; se aplicaría a todo el comercio. Y, de hecho, no sería un impuesto a las importaciones.

Para ser justos, se trata de un punto ampliamente malinterpretado. Muchas personas, que debieran tener mejor sentido, creen que los impuestos de valor agregado, que muchos países imponen, desalientan las importaciones y subsidian las exportaciones. Spicer repitió esa interpretación errónea. No obstante, de hecho, los impuestos del valor agregado son, básicamente, impuestos nacionales a las ventas, que ni desalientan, ni alientan las importaciones.

Hagamos un resumen: el Secretario de Prensa de la Casa Blanca creó una crisis diplomática cuando trataba de proteger al Presidente del ridículo por sus tontos alardes. En el proceso, demostró que nadie en la autoridad entiende la economía básica. Después, trató de desandar todo lo recorrido.

Todo esto debería ubicarse en el contexto más grande de que se está colapsando la credibilidad de Estados Unidos.

Ahora todo eso está en duda. Todos, desde los países pequeños que pensaron que estaban protegidos contra la agresión rusa, a los emprendedores mexicanos que pensaron que tenían acceso garantizado a nuestros mercados, a los intérpretes iraquíes que pensaron que estar al servicio de Estados Unidos significaba la garantía de un santuario, ahora tienen que preguntarse si los van a tratar como contratistas difíciles en un hotel Trump.