imagotipo

“Ley Fayad” / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Ni a Torquemada (Representación emblemática de la censura), de haber vivido en este siglo tecnológico, le habrían caído los epítetos que, por miles, le arrojan a Omar Fayad. Al priísta lo han hecho talco en las redes y, dadas sus aspiraciones a gobernar Hidalgo, ya no sabe ni cómo arreglar el desaguisado.

Presentó un anteproyecto de Ley para prevenir y sancionar los delitos informáticos, que según dice no representa a su partido, sino que la hicieron sus colaboradores. A saber a quién se debe la hechura del mamotreto, pero para los internautas supone un intento por coartar la libertad de expresión.

Es urgente legislar sobre la materia. Los delitos cibernéticos crecen, a la velocidad de las redes, y ponen en peligro a sus usuarios.

Del otro lado de la frontera, el robo de identidad es uno de los crímenes más frecuentes. En un dos por tres te dejan en la calle y hasta con deudas estratosféricas. Se roba el patrimonio personal y se utiliza la información de las personas para comprar casas, automóviles, todo tipo de bienes, a su nombre. El año pasado, unos magos de las tripas informáticas se hicieron de los datos de las tarjetas con las que pagaban los clientes, en negocios tan conocidos como Target. El problema fue mayúsculo y los bancos emisores tuvieron que cambiar los plásticos “hackeados”.

Si a los gringos, reyes de la reglamentitis, de los avances tecnológicos y de la policía especializada, los atacan sin piedad, podemos imaginar nuestro futuro.

Todo gran invento tiene sus lados oscuros y el internet no escapa al peligro. Es lugar predilecto de pederastas, escenario de la pornografía infantil –que incluye la trata de menores-, del ciberbullying, de fraudes y cualquier tipo de acoso. Queda claro que hay que sancionar a sus autores.

El problema de la propuesta de Fayad, de acuerdo a algunos analistas, es que está llena de vaguedades e imprecisiones. “Usos y costumbres” de legisladores ineptos, o que se quieren pasar de vivos, tendientes a dejar lagunas que favorecen el que “te caigan encima”, como las que tiene la Ley de Hacienda y otros códigos.

Se redactan artículos que permiten varias interpretaciones y se aplican “a modo”, con el consecuente perjuicio del que resulta agraviado. El intento válido de sancionar los delitos en el ciberespacio, no admite el mínimo resquicio que pudiera afectar la libertad.

“Habría que reglamentar el comercio electrónico, el periodismo digital, la publicidad, las opiniones, mensajes y elementos que, subidos a la red pueden derivar en menoscabo del patrimonio, la reputación, el honor o la actividad profesional de alguien”.Este párrafo, sin duda alguna, confirma el intento de acallar. Amenaza, incluso, con sanción económica y de cárcel, a sus infractores.

Se dice que fue inspiración del mandamás de la policía federal, quien tendría que sujetarse a los límites estrictos de su materia: prevención del delito. Intentar poner un coto al periodismo, a las opiniones –así sean aberrantes-, porque puedan perjudicar el “honor” de una persona es absurdo.

El aludido tiene derecho de réplica y así se ejerce. Las redes están llenas de los conocidos como “troles”, individuos que se aprovechan del anonimato, para despotricar contra cualquiera, insultar hasta la ignominia y correr rumores.

Hay que ocuparse de esta nueva categoría de delitos. Pero, si se quieren matar dos pájaros de una pedrada y aprovechar para ejercer la censura -como se plantea en el anteproyecto-, adiós a las ilusiones del senador Fayad.

catalinanq@hotmail.com

Twitter: @catalinanq