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Libertad, libertinaje y fe

  • Felipe Arizmendi

  • Felipe Arizmendi

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En la esquina de una calle de las orillas de nuestra ciudad, estaba este letrero: ¡Qué bonito es estar loco y andar suelto! Ya lo borraron. Y durante más de dos años, en una pared más céntrica, alguien escribió: ¡Ni Dios, ni amo! Es decir, cada quien es absolutamente libre, aunque esté loco. Y entiende ser libre porque no acepta ni a Dios, ni a autoridad alguna. Con estas personas, que abundan, ¿qué se puede hacer? Nada vale: ni su familia, ni las leyes, ni las autoridades, mucho menos la fe religiosa. Se burlan de quienes con gozo y por convicción asumimos a un Dios que no es amo esclavizador, sino liberador de todo lo negativo que llevamos dentro. La fe nos hace libres, profundamente felices. Pero quienes se hacen dioses a sí mismos, absolutos y totalmente independientes de todo y de todos, ¿cómo acabarán? De momento presumen y alardean, se sienten muy modernos, libres para hacer y decir lo que quieran; pero, ¿cuál es su realidad más profunda? ¿Cómo habrá sido su familia? ¿Qué raíces tendrán?

El sábado anterior, en la capital del país por poco se enfrentan dos manifestaciones sobre el matrimonio: una multitudinaria, a favor de que se respete el orden natural y divino de que solo puede llamarse así a la unión conyugal entre un hombre y una mujer; la otra, relativamente pequeña, pero muy ruidosa y con simpatizantes en algunos medios informativos que la hacen aparecer más notable de lo que es, defendiendo cualquier otro tipo de unión, como si fuera matrimonio. Hubo libertad de expresión. Unos manifestaron sus convicciones, sostenidas por su fe cristiana. Los otros, gozaron de la misma libertad, aunque nos podemos preguntar hasta qué punto se promueve algo más que libertad.

En un programa semanal de radio que tengo desde hace tres años, llamado Pregúntale al Obispo, una mamá me preguntaba qué hacer, pues su esposo llamó duramente la atención a un hijo, a quien descubrió en una infidelidad conyugal; pero el hijo, muy molesto, les dijo que ya es grande, que es libre, que puede hacer lo que quiera, que no tienen por qué meterse en su vida. ¿Esto es libertad? ¿Nada tienen que hacer los papás con sus hijos, cuando son mayores de edad? ¿Dejarles tranquilamente en su libertinaje? Es verdad que a veces se dan casos de autoritarismo, pero si esos padres quieren el bien de su hijo, no pueden menos que hacerle ver el verdadero camino para ser feliz, aunque él tomará sus propias decisiones, que muchas veces podrán estar equivocadas.
PENSAR

Dice el papa Francisco: “Se aprecia que la Iglesia ofrezca espacios de acompañamiento y asesoramiento sobre cuestiones relacionadas con el crecimiento del amor, la superación de los conflictos o la educación de los hijos. Esto abre la puerta a una pastoral positiva, acogedora, que posibilita una profundización gradual de las exigencias del Evangelio. Sin embargo, muchas veces hemos actuado a la defensiva, y gastamos las energías pastorales redoblando el ataque al mundo decadente, con poca capacidad proactiva para mostrar caminos de felicidad. Muchos no sienten que el mensaje de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia haya sido un claro reflejo de la predicación y de las actitudes de Jesús que, al mismo tiempo que proponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera” (AL 38). “Esto no significa dejar de advertir la decadencia cultural que no promueve el amor y la entrega” (AL 39).
ACTUAR

Guiados por nuestra fe en Jesús, eduquémonos para ser libres de tantas cadenas que nos atan a nuestros propios pecados; ofrezcamos sin complejos el ideal cristiano del matrimonio, con mucho respeto y paciencia para quienes no lo comprenden y llevan otro estilo de vida.
+  Obispo de San Cristóbal

de Las Casas