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¿Lo absolverá la historia?

  • Raúl Aarón Pozos

  • Raul Aarón Pozos Lanz

De cualquier manera, desde que desembarcó en Cuba al frente de un puñado de hombres para liberar a su patria de un dictador, Fidel Castro Ruz es referencia, es polémica; ha generado cualquier cantidad de análisis, de rechazo y beneplácito, de acusaciones y alabanzas.

Lo único que no se podía, ni se puede con Fidel, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX, es ignorarlo. En la muerte ha sido tan popular como en aquel enero de 1959, cuando entró triunfante a La Habana. Sus seguidores y sus detractores de aquellos años y de ahora, generan la misma esgrima analítica y se confrontan en interminables recuentos de lo bueno y lo malo del régimen castrista.

Ahora mismo, los analistas de nuestro país debaten si el presidente Enrique Peña Nieto debió haber ido o no. Otros, agudizando el estoque, subrayan que cada quien se junta con quien quiere, pues apostaban que a los funerales de Estado de Castro solo asistirían algunos de sus amigos latinoamericanos: Evo Morales, de Bolivia, Nicolás Maduro de Venezuela, Daniel Ortega, de Nicaragua, entre otros, pero no Obama ni los principales gobernantes europeos cuyos países enarbolan la bandera de la democracia.

Quizás bastaría con entender que a los gobernantes los juzgan sus propios pueblos y que el juicio de la historia es normalmente implacable. A los gobernantes actuales, y tratándose de nuestro país con una larga trayectoria diplomática, de respeto, de no intervención, les toca mostrar sus respetos a la nación que perdió al líder político de los últimos 57 años.

Si a esos funerales fueron menos gobernantes o líderes mundiales que a los del gran Nelson Mandela; si el pueblo cubano salió o no salió espontáneamente para mostrar sus respetos a Fidel; si el aparato gubernamental de Cuba actuó o no para obligar a los cubanos a ir; eso, es asunto que no compete resolver a los gobernantes de otros
países.

Pero incluso en sus propios funerales Fidel ha causado controversia, discusión, aceptación y rechazo. El caso es que nadie lo ignora, aunque también hay analistas que señalan el “olvido” de Castro a los dos días de haber fallecido. Eso es discutible, pues una semana después estamos sobre el tema. Nadie lo ha olvidado.

En los canales de televisión, en internet, YouTube, en redes sociales, se multiplican los reportajes y referencias al cubano. Se desempolvan las entrevistas que le hicieron y reciclan los reportajes y programas en los que Fidel aparece como héroe o villano, como estadista o simple dictador tropical.

Lo cierto es que Fidel sigue ahí. Y seguirá más allá de lo que dure el régimen que impuso en Cuba y de que desaparezca el último de sus fieles. ¿Cuánto tiempo llevará ese proceso? No lo sabemos. Los tiempos que vivimos, de avance de las libertades, del capital y la empresa como símbolo de esa conquista, permitirán, eso sí, que la Isla se abra al mundo más rápido. Bueno o malo, esos tiempos en Cuba se entenderán o discutirán como un antes y un después de Fidel.

Fue uno de los hombres que nació para la historia y su destino manifiesto fue construido paso a paso, desde antes de aquel “¡condenadme no importa, la historia me absolverá!” defendiéndose por su participación en el asalto al cuartel de Moncada en 1953, hasta que sus cenizas lleguen, luego de cruzar la isla en caravana multitudinaria, al panteón en que también descansan los restos del inmortal José Martí.

Hasta este momento, dijimos, porque hay incluso cubanos ofendidos porque los restos del Fidel al que califican de dictador, represivo e incluso asesino, estarán en el mismo espacio sagrado de Martí.

Nosotros estamos hoy sobre el tema de Fidel precisamente porque en la vida y en la muerte es noticia, pero a diferencia de muchos otros que gastan calificativos y ensayan polémicas tratando de dejarlo en algún bando, en el de los buenos o en el de los menos, nos armamos de paciencia para que sea precisamente la historia la que se encargue. ¿Lo absolverá? El recuento apenas comienza.
*Senador