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Lo de Venezuela / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

Después del triunfo impresionante de la oposición venezolana en las elecciones del pasado domingo 6, en que obtuvo la mayoría en la Asamblea Nacional, el presidente Nicolás Maduro pidió a los ministros de su gabinete su dimisión inmediata “para comenzar un proceso de reestructuración, renovación y reimpulso profundo de todo el Gobierno nacional”. Y agregó: “vamos a seguir en la batalla con humildad”. ¿Podrá en efecto darle nuevo impulso a su revolución buscando el diálogo con las fuerzas opositoras? Es un reto enorme porque el pueblo ha hablado con absoluta claridad. Pase lo que pase en los próximos meses, habida cuenta de que los procesos de transformación democrática son siempre impredecibles, el cambio en Venezuela es inevitable. ¿Cómo será en la realidad, violento, pacífico, intermedio si cabe el término?

Ahora bien, lo de Venezuela es un ejemplo y un aviso. Un Gobierno duro, en muchas ocasiones intransigente, ha sido duramente cuestionado por el pueblo. La verdad es que la revolución auténtica emana del pueblo y no se le impone. Este es el problema. El entorno social en nuestro continente de habla hispana y portuguesa, en rigor iberoamericano, es de profunda desigualdad económica que en vez de disminuir se va acrecentando. Cada uno de nuestros países, por supuesto, tiene sus propias características y peculiaridades, pero en el fondo el fenómeno es el mismo: más pobres que ricos. La consecuencia de esto, además, es la escalonada corrupción. Añádase, para colmo, la violencia que también es resultado de aquella desigualdad y el creciente poder del narcotráfico como pasa en México. Si se analiza con cuidado lo anterior se verá que el caldo de cultivo de las transformaciones democráticas ya no es exactamente el de los finales del siglo XIX y comienzos del XX. Hubo tiempos en que el poder concentrado, absoluto o casi absoluto, reprimiendo a las masas, subyugándolas, propició su levantamiento y rebelión como escribiera magistralmente Ortega y Gasset. Hoy, en cambio, la criminalidad disfrazada o descarada, comprando y vendiendo en un mercado confuso y ambiguo, incierto y hasta dudoso, en que vemos involucrados a los personajes más conspicuos y a las instituciones más respetables (?), manipula levantamientos sociales que son una especie de mezcla de insatisfacciones justificables y apetitos inconfesables. Y en medio de ello el poder descomunal de mercados internacionales que han convertido la llamada globalización en una subasta en que siempre gana el mejor y muy frecuentemente turbio postor. O sea, el que puja con ahínco, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. En suma, hablar hoy de revoluciones es más complejo que antes en que las hubo románticas, tendenciosas, justas e incluso injustas. Por eso creo que lo de Venezuela nos debe poner alerta en un panorama internacional y nacional cargado de incertidumbre y dudas. Es decir, el pueblo siempre habla y actúa, exige y demanda; siendo preferible, para beneficio de la paz, que la democracia se exprese a través de conductos claramente reconocidos en la ley, y por supuesto respetados, a que siga el camino convulso de la agitación o de la amenaza. Desde luego hay que desearle lo mejor a Venezuela pero tomando muy en cuenta que su experiencia, desde Chávez hasta la fecha, es un ejemplo y un aviso que no podemos pasar por alto. Como dijera Germán Arciniegas, somos pueblos hermanos de rancia y probada hermandad: lo que le pasa a uno le pasa a otro. Es cierto, porque nuestra vecindad es relativa, sólo fronteriza en lo material. Fue el sueño de Bolivar. En tal virtud no hay que olvidar que nuestro cuerpo es común y que por nuestras arterias circula sangre similar.

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