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Los acaudalados necesitan ser más ricos / Francisco Fonseca N.

  • Francisco Fonseca

El desarrollo de la humanidad no ha sido siempre un impulso franco, progresivo. Las ideas y los hechos luminosos que han transformado al mundo tienen su contraparte, obstáculos que el hombre mismo, absurdamente, ha puesto en su camino. Así, junto a la explosión de su genialidad permanecen encubiertas mil formas de comportamiento disparatado que frenan su destino natural.

En este sentido -precisamente la falta de sentido común- drama y comedia van de la mano. Toda suerte de hechos increíbles y de leyendas y mitos irracionales llenarían el más grande muestrario de lo absurdo con ejemplos que hablan de la experiencia de siglos. Sueños afiebrados y tradiciones aceptadas forman la levadura de lo absurdo. Por ejemplo, mucho de la búsqueda y la exploración de tierras nuevas en siglos pasados, tuvo su origen en la teoría de que el oro -causa de guerras injustificadas entre países y de campañas despiadadas para obtenerlo- se ofrecía sin reservas al primero que se atreviera a buscarlo. Bien sabemos las consecuencias de esta búsqueda.

Y qué decir de quienes -refractarios a la comunicación- hacen complejo lo que es simple, y sinuoso lo directo. Humor inconsciente y papeleo interminable como el de un funcionario de un país del primer mundo que informó a su superior, más o menos lo siguiente: “El contacto verbal con el señor ‘X’ respecto de la notificación de promoción adjunta en la que se destaca que prefiere declinar el nombramiento”… Treinta y una palabras en lugar de cinco: “X no desea el empleo”.

Con ese mismo criterio barroco se hicieron las leyes que un país europeo utilizó en el siglo 18 para enviar a la cárcel a un asno sin dueño por haber destruido objetos de valor en la vía pública. Árboles genealógicos dictados por la vanidad, colecciones inútiles, protocolos retorcidos que son producto de mentes alucinadas o como decía, también en el siglo 18 el escritor y filósofo francés Voltaire, de “los caballeros de la ignorancia, los paladines del papeleo, los campeones de la confusión”.

El proceso de concentración de la riqueza en el 10 por ciento de la población más rica -y todavía más en el top 1 por ciento, y aún más en el 0.1 por ciento- se ha acelerado considerablemente desde 1980, según certificó recientemente la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Los economistas de la OCDE constatan que el 1 por ciento más rico de la población de los países ricos “capturó” (antes de impuestos) una “parte desproporcionada del ingreso total, casi un 20 por ciento en Estados Unidos en 2012, más del doble que en 1980”, un aumento que los sobrios economistas de la OCDE califican de “espectacular”.

Y en tiempos actuales seguimos en la misma corriente que ya mostraba el legendario rey Midas, es decir, buscar por encima de todo la riqueza material. Lo vemos en todas partes, en el ambiente mismo. La explotación del más pobre se da hoy con mayor intensidad; para las clases privilegiadas es necesario y forzoso que sean más y más ricas a costa de lo que sea, a costa de la vida de toda la humanidad, a costa de todo. El más aberrante de los caprichos deberá ser cumplido a como dé lugar. Hoy y especialmente en ambientes periodísticos, se utiliza la expresión “rey Midas” para referirse a empresarios, banqueros, grandes comerciantes, políticos o personas de éxito, siguiendo la leyenda. Esa ha sido, en parte, la otra herencia, la oscura que nos ha llegado a través del tiempo. Después de tantos sinsabores, creo que la humanidad todavía conserva la llave del saber que da vida y aliento. En México, mi México, los explotadores del pueblo siguen actuando a sus anchas y no habrá poder que los detenga. Solamente la cultura y la educación podrán combatir la miseria y la ignorancia. Nada ni nadie más.
pacofonn@yahoo.com.mx