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Los claroscuros de Chihuahua / Una tras Otra / Jaime Alcántara

  • Jaime Alcántara

No hay secretos para el éxito, este se alcanza preparándose, trabajando

arduamente y aprendiendo del fracaso.

COLIN POWELL
Siempre hemos oído que una mala noticia es más noticia que una buena noticia. Así Chihuahua.

Todos sabemos que en ese Estado fronterizo, la gente vivió tiempos infernales, por varias razones. Una, las muertas de Juárez. Dos, el dominio de las pandillas, como “La Línea”. En Chihuahua se robaban la mitad de los autos de todo el país. También se sabía que las cárceles eran dominadas por los delincuentes y no por las autoridades penitenciarias; y que en la de la capital, en la década pasada, en solo un año hubo 280 muertos. En Ciudad Juárez, a inicios de este siglo (2002-2003), existían más de cinco mil “piqueras” (tienditas donde vendían droga).

Como consecuencia de esto, miles de empresas prefirieron migrar o cerrar. Solo por mencionar un caso, una cadena de tiendas, de las más conocidas, llegaba a registrar hasta 70 asaltos a sus sucursales, en tan solo una semana. Ciudad Juárez, sobre todo, fue considerada como la ciudad más peligrosa del mundo. Hoy es lo contrario.

Algunos ciudadanos, cansados de lo que ocurría, sugirieron al Gobierno mexicano que pidiera los famosos “cascos azules”, de la ONU, para salvaguardar la seguridad de los habitantes. Y no faltaba razón.

Llegó un momento en que eran tantos los muertos provocados por la violencia, que no alcanzaban los cadáveres en el Semefo. En conclusión, la delincuencia avanzaba a pasos agigantados. Se volvía dueña del Estado. Quien haya visitado recientemente la entidad, podrá ver la otra cara de la moneda. La gente regresa; hay empleo. Se respira un aire de tranquilidad. Las calles vuelven a ser transitadas por gente y por vehículos, en modernas vialidades, incluso más que antes.

De lo más conocido es lo relacionado a las cáceles: todas están certificadas. A una pregunta, por ejemplo, del reportero Carlos Marín, de Milenio Televisión, el gobernador César Duarte contestó (en referencia a lo ocurrido en Topo Chico) que en Chihuahua estaría muy lejana tal posibilidad.

Lo que dejó muy clara la entrevista fue que las condiciones son muy diferentes, ya no son lo que eran en la década pasada.

Paralelo a lo anterior, las autoridades actuales empezaron a mirar de cerca a los funcionarios de la seguridad pública: a todos. Igual, un trabajo de filigrana, tanto en la procuración, como en la administración de la justicia. Por ejemplo, hoy día casi la totalidad de detenidos que la Fiscalía del Estado pone a disposición del Poder Judicial son condenados. Esto, porque la tarea de investigación es profesional y ajena a la extorsión. Así, jueces y magistrados, tienen los elementos necesarios para dictar las sentencias.

Solo como un odioso comparativo, ninguna entidad, con el grado de violencia que tenía Chihuahua ha podido resolverlo. El mejor ejemplo es Morelos. Hace seis años, el ahora gobernador Graco Ramírez hacía manifestaciones en contra del panista en el poder, para exigir que erradicara la delincuencia. Hoy, las manifestaciones son en contra de él, porque ha empeorado el clima de inseguridad.

Pero el éxito es imperdonable para algunos.

Una de las pruebas más claras es Javier Corral. La justicia norteamericana detuvo, procesó y sentenció a dos de sus hermanos, Raúl y Roberto, por fraude bancario y narcotráfico (el segundo de ellos, por nexos con “El Chapo”). De allí, para equipararse al viejo ejemplo del medio oriente: al ladrón, al ladrón, ha optado por írsele encima a César Duarte.

¿Los chihuahuenses querrán volver al pasado?

jaimealcantara2005@hotmail.com