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Los compañeros de viaje de Trump

  • Paul Krugman

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Donald Trump acaba de tener una semana extraordinariamente mala y Hillary Clinton una extraordinariamente buena; los mercados de las apuestas ahora colocan las posibilidades que tiene Clinton de ganar casi tan altas como estuvieron justo después de la convención demócrata. Sin embargo, tanto las virtudes de Clinton como los vicios de Trump han sido obvios todo el tiempo. Entonces, ¿cómo es posible que la contienda llegara a estar tan reñida en vísperas del debate?

Muchas de las respuestas, he argüido, se encuentran en el comportamiento de los medios, que pasaron el mes previo al primer debate burlándose de Clinton, describiendo tropiezos menores como si fueran pecados mayores e inventando escándalos falsos de la nada. Sin embargo, no permitamos que nadie más se salga con la suya. Trump no pudo haber llegado tan lejos sin el apoyo, activo o de hecho, de muchas personas que entienden perfectamente bien lo que es y lo que significaría que se eligiera, pero han optado por no asumir ninguna posición.

Empecemos con la elite política republicana que apoya a Trump tal como si fuera un candidato presidencial normal.

He tenido muchas cosas críticas que decir sobre Mitch McConnell, el líder de la mayoría en el Senado, y de Paul Ryan, el presidente de la Cámara de Representantes. Algo de lo que nunca los acusaría, no obstante, es de estupidez. Saben el tipo de hombre con el que están tratando, pero están pasando estas elecciones fingiendo que estamos sosteniendo una discusión seria sobre políticas públicas, de que un voto por Trump es, simplemente, uno por las tarifas tributarias marginales más bajas. Y no se les debería permitir que lancen por el agujero de la memoria el hecho de que han apoyado a Trump una vez que las elecciones hayan quedado atrás.

Esto va dirigido, en particular, a Ryan, quien ha recibido un trato extraordinariamente favorable por parte de la prensa al paso de los años, la que lo ha descrito como honesto, un “nerd” de la política serio, con una inquietud sincera por la probidad fiscal. Nunca mereció esta reputación; sus propuestas políticas siempre han sido fruslerías obvias. Sin embargo, en el pasado, las críticas a Ryan dependían de señalar cosas contundentes, como el hecho de que sus cantidades no cuadraban. Ahora se puede hacer con mayor sencillez: cada vez que se lo presente como ejemplo de seriedad, hay que recordar que, cuando importaba, apoyó a Trump.

Si bien casi todos los funcionarios republicanos han respaldado a Trump, lo mismo no es cierto para lo que podríamos llamar los intelectualistas del Partido Republicano; reales o, por le menos, autoproclamados expertos en políticas públicas, escritores de opinión y así sucesivamente. En su mayor parte, los integrantes de este grupo no han expresado su apoyo al candidato republicano de este año. Por ejemplo, ni un solo exmiembro del Consejo de Asesores Económicos ha respaldado a Trump. Si se examina quiénes lo han apoyado -por decir, entre los firmantes de la declaración de apoyo de los “Académicos y escritores de Estados Unidos”- es, de hecho, un grupo bastante patético.

Sin embargo, si se cree que elegir a Trump sería un desastre, ¿no se debería estar exhortando a los conciudadanos estadunidenses a votar por su oponente, aun si no cae bien? Después de todo, no votar por Clinton -ya sea que no se vote en absoluto o solo se vote en forma meramente simbólica por el candidato de un tercer partido- es, de hecho, darle medio voto a Trump.

Para ser honestos, bastante pocos intelectuales conservadores han aceptado esta lógica, en especial, entre los tipos de política exterior; hay que reconocer que gente como, por ejemplo, Paul Wolfowitz tiene valentía política. Sin embargo, también ha habido muchos que se han resistido a hacer lo correcto; cuando Henry Kissinger y George Schultz declararon devotamente que no iban a respaldar a nadie, se trató de un perfil de cobardía.

Y la respuesta de los economistas republicanos sensatos ha sido especialmente decepcionante. Solo los charlatanes y cascarrabias han respaldado a Trump, pero solo un puñado han estado a la altura y han estado dispuestos a decir que si mantenerlo fuera de la Casa Blanca es importante, es necesario votar por Clinton.

Finalmente, es desalentador ver la incapacidad de quienes en la izquierda respaldan a candidatos de un tercer partido. Unos cuantos parecen creer en la vieja doctrina del fascismo social, mejor ver que la derecha dura derrota al centro izquierda porque eso prepara las condiciones para una verdadera revolución progresista. Eso funcionó de maravilla en la Alemania de los 1930.

Sin embargo, para la mayoría, pareciera tratarse de la política como una expresión personal: no les cae bien Clinton -en parte, porque se han creído una imagen engañosa presentada por los medios- y planean expresar esa aversión, quedándose en su casa o votando por alguien como Gary Johnson, el candidato libertario. Si se ha de creer en las encuestas de opinión, algo así como una tercera parte de los jóvenes votantes pretenden, en efecto, no participar en estas elecciones. De no votar, todavía podría ganar Trump.

De hecho, el mayor peligro de la terrible semana de Trump es que podría alentar la autocomplacencia y la autosuficiencia en el electorado que realmente, pero de verdad, no quisiera verlo en la Casa Blanca. Así es que recuerden: su voto solo cuenta si lo emiten en una forma significativa.