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Los dividendos de la subversión / Numerados

  • Camilo Kawage

1.- El ánimo de lucro justifica cualquier acción lícita que produzca un beneficio, sin importar las repercusiones que provoque en el ámbito de su influencia. A ese mérito parecen haberse ajustado sin otra consideración algunos medios electrónicos al cambiar sus barras informativas, bajo la premisa de que por la noche la audiencia ya sabe lo que ocurrió en el día –en especial si no se trata de notas de terror, masacres, violaciones masivas o narcotráfico-, y por ello los noticieros son ahora reportajes de investigación, entre más ofensivos mejor, con énfasis en fosas clandestinas y crímenes de culpa del Estado. La huella en todos ellos es la autocontemplación o la conductora, y el placer de medir su propia popularidad al aire.

2.- Las emisoras tienen tanta libertad de ofrecer la programación que estimen les dejará mejor negocio, como la audiencia la tiene de sintonizarlas o no. Y si les parece que al fin de la jornada toda la gente conoce los sucesos del día, y solo quiere ver narconovelas o crónicas de crueldad y mala sangre, se les olvidó el incentivo más importante de su plan, que es la hora en que se reúne la familia que no se vio desde temprano, y que tiene el hábito de sentarse y compartir un rato de tele que no le provoque pesadillas; la opción es cambiarle a una dama que debe ganar pingües salarios con sus crónicas investigativas sin el menor reparo por las personas y las instituciones que sobaja.

3.- Pronto se conocerán los índices de audiencia de la novedosa televisión “para chavos”; no hará falta, sin embargo, mucha ciencia para adivinar que los dividendos de la subversión pueden alargarse solo un breve lapso, y que la información y la crítica deben servir para orientar al público, por más ignorante que se le considere. Y claro, como la comparecencia del secretario de Hacienda hace días, para explicar el paquete económico de 2017 no solo no dejó cadáveres tirados en la banqueta, sino que tuvo el realce de un acto civilizado y de alto nivel, no mereció ni un suspiro.

4.- En la disquisición sobre la oferta de los medios y la influencia de las redes, el Gobierno parece pasar de la impotencia al pasmo y en sus denuedos por salir al paso da la impresión de atorarse en nuevos entramados. Buscar la unidad nacional a contrapelo no ha sido buen consejo, y es alta hora de que el Ejecutivo y sus asesores revisen la mejor manera de actuar por delante de la circunstancia, atrapar el porvenir y dirigir el barco en lugar de reaccionar tarde y confuso ante el golpe esperado –cuando no provocado, como ha sido el caso tan frecuente estas fechas-, y dejar que el barco lo dirija.

5.- Al cuarto año de la administración no es tiempo ya quizás de emprender otras reformas legislativas para afianzarse; no es urgente tampoco que emprenda viajes alrededor del mundo ni que incurra en monótonos trenos cuando se encuentra en casa. Sí está en situación de dar su lugar y ejercer a plenitud la política del poder, y de utilizar la maravillosa herramienta de la palabra que dé a entender que procesa la información sólida; que escucha las quejas válidas y las atiende, sabedor de que al infundir esa confianza en la población, aniquila la dictadura de las redes sociales –como él la llama-, que en su furia vesánica lo tiene acorralado.

6.- La sociedad está mejor servida cuando sabe que su dirigente se dedica a gobernar. Cuando percibe que sus emociones y sus tribulaciones son auténticas y que comprende sus anhelos y sus carencias y transmite que los comparte. Cuenta para ello con una miríada de gestos de generosidad, actos de grandeza y la invaluable oportunidad de conectarse con la sociedad pero, sobre todo, comunicarle y hacerle sentir que camina junto con ella.
camilo@kawage.com