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Los falsificadores de la historia, una denuncia necesaria / Bazar de Cultura / Juan Amael Vizzuett Olvera

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

“Es más fácil engañar que desengañar”, dijo alguna vez Napoleón, quien sabía bien que el desmantelamiento de una mentira requiere mucho más tiempo, documentación y esfuerzo que perpetrar el embuste. Además, aquél que se propone desenmascarar al burlador, con frecuencia se topa con la hostilidad de los propios engañados.

En los años recientes, México ha padecido una verdadera oleada de pseudohistoriadores, que rápidamente recibieron el aplauso y el patrocinio de poderosos intereses: contaron con espacios en la prensa, la radio y la televisión; sus libros inundaron las librerías, dictaron conferencias, conquistaron legiones de admiradores… Y cobraron muy bien por todo ello.

A esta plaga bíblica se le debe en gran parte que fuera tan desangelada, tan fallida –y tan costosa— la conmemoración del Bicentenario de la Independencia. Su premisa fundamental era la denigración de los personajes, los periodos y los movimientos históricos de México, desde las civilizaciones mesoamericanas hasta la época contemporánea. Su tarea se alimentaba con los vetustos, pero bien arraigados prejuicios de muchos sectores de la contradictoria sociedad mexicana. Prejuicios contra los indígenas, contra los dirigentes populares, contra las ideas nacionalistas, incluso contra el catolicismo y contra la herencia cultural latina, a la que consideran inferior a la anglosajona.

– “Una historia clasista y racista”

El doctor Pedro Salmerón Sanguinés, autor de “La División del Norte”, presentó recientemente “Falsificadores de la historia y otros extremos”, su nuevo libro, que exhibe con nombres, apellidos y pecados, a los eruditos fingidos; ésos que nunca estudian las fuentes originales, los mismos que con harta frecuencia se copian entre sí, pero que se ganan una súbita celebridad gracias a que sus embustes resultan gratos y útiles a sus patrocinadores.

La mayoría son mexicanos, algunos llegan del extranjero para canjear sus baratijas por altos honores y más altos honorarios. Todos ellos nos causan mucho daño. De ahí la importancia de la nueva obra del autor de
“Los carrancistas”.

Los falsificadores de la historia recitan el mismo mantra: “hay que combatir la historia de bronce, hay que bajar a los héroes del pedestal”. También repiten la misma publicidad: “Lean mis libros para que desmitifiquen a México, para que vean lo espantoso que es nuestro país, para se liberen de los cuentos que nos dieron trauma”.

Salmerón Sanguinés los define así: “Tienen en común la visión de un México derrotado, habitado por hombres flojos, sin iniciativa, entreguistas y llenos de traumas (…) proponen una historia machista, racista y clasista” (página 45).

En realidad, como lo muestra el investigador, los libros, conferencias, artículos y programas de quienes él llama “los falsificadores de la historia”, están saturados de errores, malabarismos, sofismas, omisiones y carencias. Esos vicios no se deben solamente a las limitaciones profesionales de los personajes que critica Salmerón Sanguinés, sino a los sesgos ideológicos de tales autores.

Por ejemplo, Juan Miguel Zunzunegui (“doctor en Humanidades que ha publicado alrededor de 300 artículos de temas diversos como turismo de aventuras, historia mundial y de México, política, religión y actualidad internacional”) afirma que en la guerra de 1846-1848, “el minúsculo Estados Unidos se enfrentó a un país (México) cinco veces más grande y con cinco veces más ejército”. Salmerón desnuda la ignorancia pasmosa de Zunzunegui: el “autor de 300 artículos de temas diversos” desconoce que en 1803, Napoleón les había vendido la Luisiana a los Estados Unidos; es fácil constatar el hecho en la página del Departamento de Estado de Estados Unidos de América: http://2001-2009.state.gov/r/pa/ho/time/jd/14321.htm

Esta fuente del Gobierno estadunidense informa que Francia recibió 15 millones de dólares por 530 millones de acres, aproximadamente dos millones 144 mil 834 kilómetros cuadrados. Una extensión superior a la de México en la actualidad.

Zunzunegui oculta una ignora que para 1845 el vecino del norte superaba los cinco millones de kilómetros cuadrados y los 20 millones de habitantes, mientras México pasaba apenas de los tres millones y medio de kilómetros cuadrados, habitados por un máximo de ocho millones de almas.

Según Richard Bruce Winders, quien es famoso en Estados Unidos por sus libros sobre El Álamo, su país movilizó contra México 26 mil 922 soldados regulares y 73 mil 260 voluntarios. Eso rebasa los 100 mil elementos. El mayor contingente que logró reunir Santa Anna fue de 18 mil soldados, quienes se batieron con denuedo en La Angostura, hasta que la falta de pertrechos les obligó a replegarse.

Otro hallazgo revelador del doctor Salmerón es que Zunzunegui coincide con las afirmaciones del antiguo militante del 68, Luis González de Alba, en “Las mentiras de mis maestros”. El expreso político, ahora fiero partidario de las doctrinas neoliberales, escribe: “En apenas cuatro meses, los estadunidenses tomaban Chapultepec y colocaban su bandera en el Zócalo”; Zunzunegui declara: “En apenas cuatro meses la invasión del norte fue un éxito, y el 14 de septiembre de ese año la bandera estadunidense ya ondeaba en (el) Palacio Nacional”.

Las fuentes estadunidenses rebaten tanto a Zunzunegui como a González de Alba: explican que aquella guerra duró mucho más de cuatro meses: fijan como fecha del rompimiento de las hostilidades el 25 de abril de 1846. La toma de la capital mexicana fue el 14 de septiembre de 1847, casi 17 meses después. Pero la resistencia de los capitalinos (reseñada por Guillermo Prieto y omitida por quienes se ostentan como “desmitificadores”) prolongó la lucha hasta octubre. Aún hubo acciones guerrilleras contra las fuerzas de ocupación, y no fue sino hasta el dos de febrero de 1848 cuando la firma de los tratados de Guadalupe, Hidalgo, dio la guerra por terminada. Por ello las fuentes estadunidenses —más justas con nuestro país que González de Alba y Zunzunegui— siempre indican que el conflicto abarcó de 1846 a 1848.

Asimismo, la historiografía estadounidense explica que la superioridad en armamento, sobre todo en la artillería, fue clave para su victoria; las fuentes del país vencedor le atribuyen a la valentía de las fuerzas mexicanas el que la guerra se haya prolongado durante tantos meses, y que haya resultado tan costosa para los EUA: 13,780 vidas y cien millones de dólares.

El que González de Alba y Zunzunegui, sean dos “expertos” habituales en los medios de comunicación habla muy mal de los conductores que les invitan.

– La confusión de Schettino

Sobre el doctor Macario Schettino, autor del libro de 526 páginas “Cien años de confusión. México en el siglo XX” (Taurus, México, 2007) Salmerón escribe: “Afirmé con todas sus letras que el doctor Schettino es un
falsificador de la historia. Lo reitero” (p. 63).

Salmerón advierte: “Todo el libro (‘Cien años de confusión…’) está lleno de trampas y omisiones”. Un ejemplo es la afirmación de Schettino respecto a que, fuera de la zona zapatista, los conflictos agrarios no tuvieron relación con el levantamiento revolucionario
de 1910.

Friedrich Katz en “Pancho Villa” (Era, México, 1998) demuestra con amplia documentación los despojos que sufrieron los colonos de Chihuahua a manos de los clanes Terrazas y Creel; los colonos, cansados de una infructuosa lucha legal, formaron los principales contingentes maderistas, comandados por maduros padres de familia. Katz expone lo que él denomina “la ofensiva contra los pueblos libres de Chihuahua”, que en su etapa final emprendió el gobernador Creel a través de una nueva legislación para privar de sus tierras a los pequeños propietarios. Según el historiador vienés, el impacto sobre los pueblos chihuahuenses fue catastrófico: “La nueva ley transformó a muchos en jornaleros sin tierras, forzados a buscar trabajo fuera de sus pueblos para sobrevivir” (Volumen I, página 44).

Salmerón menciona a los pueblos agraviados que se sumaron a la causa revolucionaria: San Andrés, Santa Isabel, Chuvíscar, Santa María de Cuequipa, Cruces, Bachíniva, Janos, Caríchic, Santo Tomás, Buenaventura, La Ascensión, Cuchillo Parado, La Mula, El Mulato, San Carlos, Santa Helena y muchos otros. Tal fue el origen de la famosa
División del Norte.

En su respuesta a Pedro Salmerón, un abrumado Schettino reconoció que para su libro “Cien años de confusión. México en el siglo XX” no consultó las fuentes primarias “porque éste no es un libro de historia”. Esta confesión por sí misma reduce todo el pesado volumen a meras especulaciones; es un texto caro, superfluo y prescindible.

– Villalpando y compañía

Otro de los presuntos expertos exhibidos por Pedro Salmerón es José Manuel Villalpando, abogado por la Escuela Libre de Derecho, a quien su amistad personal con Felipe Calderón Hinojosa le valió la dirección del Instituto de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (IEHRM), la titularidad del programa dominical del Instituto Mexicano de la Radio, y nada menos que la coordinación de los festejos Bicentenario de la Independencia.

Salmerón exhibe la superficialidad que caracteriza a Villalpando, quien recurre a los juicios de valor, a las falacias y a las diatribas. Salmerón plantea además unas preguntas muy pertinentes: “¿Alguien le pedirá cuentas (a Villalpando) por el despilfarro de los festejos de 2010, por la Estela de Luz, por la
inflada nómina del INEHRM?”.

Otros exitosos “desmitificadores” que Salmerón desenmascara son Luis Pazos, Alan Knight, Armando Fuentes Aguirre “Catón” y Enrique Sada Sandoval.

En una breve plática del doctor Pedro Salmerón con este columnista, el investigador sostuvo que la falsificación de la historia tiene un propósito: descalificar a las luchas y a los dirigentes populares. Una de las características comunes a Pazos, Aguirre, Villalpando, Zunzunegui, Schettino, Sada Sandovaly González de Alba, es su aversión a Villa, Zapata, Hidalgo, Morelos, Juárez y tantos otros caudillos. Detrás de esto se oculta la
exaltación del neoliberalismo.

¿Qué les recomendaría a los jóvenes reacios a leer historia, a quienes creen que es un asunto que nada tiene que ver con sus vidas? Salmerón responde: “Que lean ‘Los tres
mosqueteros’, de Alejandro Dumas”.