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Los padres de los normalistas tragedia de inconformidad / Raúl Carrancá

  • Raúl Carrancá y Rivas

Drama de inconformidad y pérdida de la esperanza. ¡Quieren ver a sus hijos vivos! No aceptan la llamada por el Gobierno “verdad histórica”. Ellos tienen su verdad y la cargan a cuestas como testimonio vivo de la injusticia y de su golpe brutal sobre las víctimas. Verdad la de ellos respaldada en su marcha (entre 15 y 18 mil personas), al año de la tragedia, por manifestantes de la sociedad civil, sindicatos y universitarios de instituciones públicas y privadas. “¡No somos pacifistas porque muy mal nos ha tratado este Gobierno!” Ocho kilómetros en el Paseo de la Reforma, rumbo al zócalo capitalino, la Plaza de la Constitución, atestiguaron el dolor, rabia y furia de los padres.

Ahora bien, haya pasado lo que haya pasado la verdad no histórica es que se ocultó o manipuló la verdad histórica. ¿Por qué? No hay que ser adivino para saberlo. Porque en el crimen intervinieron, bajo órdenes aún no muy bien aclaradas, una serie de funcionarios que se han inculpado directa o indirectamente unos a otros. Organismos internacionales del más alto prestigio ya han señalado las fallas, errores y contradicciones de la investigación. Sin embargo parece que el Gobierno ha preferido pagar el costo social de una inconformidad creciente a decir la verdad y responsabilizar a los culpables del crimen. Es una política evidentemente equivocada: mantener la paz a costa de una violencia latente y creciente. Es evadir la justicia y la razón del Derecho, lo que no es nada extraño en México desde hace ya varias décadas. Acomodan el Derecho y la justicia a la razón de Estado, creyendo que con ello se hace política de la buena, de la eficaz. Los padres, en su angustia, tal vez pidan demasiado: que sus hijos estén vivos. Pero su petición se entiende y es un símbolo de lo que debería ser. En consecuencia, lo que es la realidad los agobia, ofende, lastima; y nos lastima a todos los que tenemos una clara conciencia de la importancia del Derecho en una sociedad auténticamente democrática. La política a la que aspiramos es la del deber ser transformado en “ser”. Estamos hartos de que se maneje el “ser” circunstancial, carente de moral y ética. Tal pareciera que desde arriba -no hablo del paraíso perdido ni del cielo ultraterreno- se impone la regla de ignorar el deber ser. El pragmatismo predominante lleva a la adoración del “ser” circunstancial condicionado por el momento político, por los “accidentes de tiempo político”. Y hasta en el podio solemne de la justicia, donde antaño se sentaba una deidad, las circunstancias presionan uno de los platillos de la balanza y se resuelve lo que conviene, cortando la espada vidas, ilusiones y esperanzas. ¿Ceguera atroz la de esa divinidad que debería ser vidente? Por eso los padres desesperados claman lo imposible, la vida de sus hijos, que para ellos es un imperativo categórico; y con su alarido le hacen ver a la autoridad que su omisión, su negligencia, es por lo menos tan grave como el delito de que han sido víctimas. De locos sería, y los hay en puestos relevantes, ignorar esa tragedia que carga el peso tremendo de doce meses de desidia. Deberían saber los encumbrados por la espuma del sueño político, que en ocasiones se vuelve pesadilla, que ignorar ese clamor, esa violencia contenida, reprimida por el fuego de las lágrimas, puede generar de pronto un estadillo de proporciones incalculables. Es el peligro que yo veo, el riesgo que corren los que solo atienden a sus conveniencias, a sus ambiciones y a sus propias complicidades: el de propiciar una catástrofe nacional. Que no minimicen la furia que apenas asoma ni tampoco la quieran enredar entre las mallas de su red. Cuando el dolor llega a tales grados es algo más que una tragedia de inconformidad, es una terrible advertencia que no ha de ser vista como amenaza. Justicia tardía es injusticia. Es gravísimo que en México haya sucedido eso, la desaparición y posible homicidio de cuarenta y tres jóvenes normalistas, pero es incomparablemente más grave que después de un año no se sepa quienes lo ordenaron e hicieron, ni por qué sucedió. Eso es lo intolerable, lo inaceptable.
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