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Los saldos de la demagogia

  • Camilo Kawage

1.- La demagogia no conoce de geometrías, ideologías ni filiaciones, y parece ser la ruta más corta para la supresión de cualquier instinto o vocación democrática en ésta y en cualquier época. En los 438 años que lleva Trump en la presidencia de Estados Unidos -como en burla y en serio bromea un comediante de televisión-, lo ratifica cuatro veces al día sin recato ni pudor alguno, en demérito de cualquier indicio en el sentido de que tiene conciencia de sus dichos y sus actos, y en total desprecio a sus ciudadanos y a todos los países. El peligro radica no en las señales que manda de su propio desenfreno y que pueden ser atemperadas con el tiempo, sino en el daño que será más difícil de revertir hacia el largo plazo.

2.- Ese escenario que ha superado cualquier presagio y borrado cualquier amenaza, hasta volver ambos realidad hiriente, no deja de sentirse en la propia casa en boca de nuestro caudillo que ahora tiene su imagen potenciada en Washington. Al calificar de masacre contra niños el ataque a fuerzas de élite de la Marina en Tepic, en que éstas ultimaron a un líder del narcotráfico y sicarios que lo cuidaban, el señor López Obrador deja claro de qué lado están sus intereses. Y no están del lado de México, de los mexicanos ni de nuestro sentido de la verdad. Si piensa que a alguien, o a él le conviene enajenar a las Fuerzas Armadas en el ánimo colectivo, está equivocado.

3.- Puede que tengamos una duda menos, en caso que alguno pensara que con el curtimiento de los años, 18 campañas presidenciales y la serenidad de saberse inmortal, el llanero habría adquirido cierta madurez. De poco le ha servido -y a ellos- rodearse de acaudalados empresarios, suegros y consuegros, de supuestos conocedores de la política, para confirmar que su peor enemigo es él mismo, que sin ayuda de fuera se tuerce solo el pescuezo. Pero no puede ofender a México con ese agravio a las Fuerzas Armadas y salirse con la suya.

4.- Al contrario. El mundo ha debido aprender, al latigazo de la demagogia y en unos cuantos meses, a electrocutarse a cada contrasentido. Los votantes que llevaron al zafio a la Casa Blanca no se cansarán de beber su odio, que les será muy difícil deshacerse de él; la maquinaria institucional que ha humillado, a duras penas aguantará el sacudimiento, y los norteamericanos que habían sido educados en la tolerancia, la generosidad y la justicia conocerán el alto costo de su ingenuidad. Si aquí no entendemos la lección, tantas veces repetida en su capacidad de daño (su letalidad, como les gusta decir de la estrategia militar) solo caeremos, no por amenaza sino por seducción, en la misma trampa.

5.- Enemigo del pueblo, llama Trump a la prensa de Estados Unidos. Recuerda a un sacro emperador romano, Federico II de Sicilia, que en el siglo XII emprendió la quinta y sexta Cruzada, y también se coronó rey de Jerusalén. Era coleccionista de halcones, pero los enemigos del pueblo no eran los medios ni el Twitter sino los papas, que lo excomulgaron cuatro veces y por poco les gana la guerra de la fe. Claro, a ese rey se le acredita haber sentado las bases del idioma italiano, a gran diferencia de los monarcas del día, que se tropiezan en cada invectiva de su pelafustancia, y todos quieren ser preámbulo del Dante y stupormundi.

6.- La vida es demasiado corta para dedicarla al odio; la política demasiado noble para fenecer en la demagogia, y el amor demasiado generoso para disiparlo en egolatrías. No dejemos que nuestra época se diluya en el insulto y la diatriba, porque podríamos no ver el final de la novela.
camilo@kawage.com