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“Los secretos del Papa” (I). La vida privada de Francisco

  • Carlos Siula

Por Carlos Siula | Corresponsal

PARIS, Francia – El Papa que llegará a México el 12 de febrero próximo es, contrariamente a las apariencias, el pontífice más secreto, prudente y enigmático que la mayoría de sus sucesores en el trono de San Pedro.

El argentino Jorge Bergoglio (79 años) pisará suelo mexicano 1065 días después de haber sido elegido como 266° jefe de la Iglesia Católica, el 13 de marzo de 2013. Los 1.300 millones de creyentes que permanecen fieles a la doctrina de Cristo tal vez alguna vez alcanzaron a tocarle la mano cuando recorre la Plaza San Pedro en Papamóvil o se refriegan los ojos con incredulidad cuando lo ven por televisión en Semana Santa besando los pies de delincuentes encarcelados o el día que le pidió a los campesinos bolivianos que “hagan lío”.

A pesar de su actitud espontánea, sencilla y sonriente, este pontífice desconcertante sorprende cada día incluso a quienes lo conocen desde hace años.

• El refugio del pontífice

Un paparazzi italiano que permaneció varias semanas emboscado en la Plaza San Pedro con la vana esperanza de sorprenderlo en sus caminatas nocturnas, asegura que la luz se apaga siempre cerca de medianoche en el apartamento 201, ubicado en el tercer piso del Domus Santa Marta.

Allí está ubicada la recámara del papa Francisco, que desde el día de su elección decidió alojarse en ese moderno complejo hotelero. Construido durante el pontificado de Juan Pablo II, ese edificio de dos cuerpos tiene seis plantas de habitaciones reservadas para invitados de la Santa Sede y –sobre todo–  para alojar a los cardenales cuando asisten a un cónclave.

Ese modesto apartamento tiene una habitación, un salón con un par de sillones y un escritorio de trabajo. La única decoración en medio de las paredes de color blanco  –como en un monasterio jesuita–  son una cruz, algunas estatuillas de la Virgen María y un relicario con ocho fragmentos de huesos atribuidos a San Pedro. El mayor lujo es su vista panorámica sobre la Basílica y la Plaza San Pedro.

• La serenidad del alba

En ese sentido, su apartamento está ubicado en una posición estratégica.
Desde su ventana, el pontífice puede ver a su izquierda el suntuoso Palazzo San Carlo, donde reside el cardenal Tarcisio Bertone que, desde su puesto clave de Secretario de Estado, fue el hombre más influyente de la era Ratzinger.

El cardenal alemán Walter Brandmüller (86), considerado como uno de los líderes del campo conservador que combate a Bergoglio, habita justo detrás de la sacristía de la Basílica San Pedro.

En la habitación de Francisco las luces vuelven a encenderse a las 4 de la mañana. A esa hora, no se percibe ningún signo de vida en esa área restringida del Vaticano, rodeada por las 284 columnas de Bernini que rodean la Plaza San Pedro.

El Papa aprovecha las serenidad de las primeras de la mañana a orar y meditar.

• Misas paralelas

Su actividad semi-pública recién comienza a las 7 en punto, cuando celebra misa en la capilla  —moderna y simple—  de la residencia Santa Marta. Por su pedido expreso, la mitad de los 80 bancos de los fieles están reservados a los laicos, que son por lo general algunos gendarmes del Vaticano, vestidos de azul, tipógrafos de la imprenta del diario oficial de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, obreros del servicio de limpieza de la Plaza San Pedro, turistas que gestionaron la entrada el día anterior o periodistas.

A la misma hora, otro papa  —ahora recluido en el monasterio Mater Ecclesiae—  también celebra el oficio matinal. Benedicto XVI oficia como pontífice emérito en la capilla de ese convento ubicado en una colina de los jardines del Vaticano, detrás de la Basílica y de una pequeña laguna llamada la Fontana dell’Aquilone.

Lo asiste su fiel ex secretario privado, el arzobispo alemán Georg Gänswein, de 59 años, que comparte el apartamento con Joseph Ratzinger.

A esa misa solo asisten las cuatro monjas alemanas que ayudan diariamente a Benedicto XVI.

• Enlace entre dos amos

Como el Arlequin de la obra teatral de Carlo Goldoni, Gänswein también es un servitore di due padroni (criado de dos amos). Siempre vestido con elegantes sotanas confeccionadas a medida por la prestigiosa sastrería clerical Gammarelli, la prensa lo bautizó “el George Clooney del Vaticano”
después que la revista frívola Vanity Fair publicó su foto en la portada de su edición italiana. Detrás de esa apariencia aparentemente mundana, Don Giorgio  —como se lo conoce familiarmente—  es uno de los pocos clérigos que tuvo en su vida el raro privilegio de haber trabajado para dos papas:
después de haberse ocupado durante casi ocho años de la secretaría privada de Benedicto XVI, Francisco lo nombró jefe de protocolo, el cargo de mayor jerarquía dentro del Palacio Apostólico.

Desde esa posición crucial se ocupa de una función sin precedentes en la
historia: mantener un enlace permanente entre dos pontífices vivos que residen dentro del Vaticano a menos de 500 metros de distancia y que se han visto  —oficialmente—  solo en dos oportunidades. Pero, contrariamente a las leyendas de aislamiento que circulan afuera del Vaticano, la relación entre ambos hombres es permanente y fluida: no solo se hablan por teléfono al menos una vez por semana, sino que además Don Giorgio le acerca a Francisco algunas esquelas con sugerencias de lecturas, comentarios o breves reflexiones teológicas que le envía periódicamente Ratzinger.

• Un ritual de combate

Esas perlas aparecen a veces en los sermones que pronuncia el Papa en la capilla de Santa Marta. Esa misa matinal se convirtió, con el correr del tiempo, en un momento clave de la liturgia vaticana.

En ese momento que Francisco  —con su estilo simple, directo y a la vez profundo—  suele formular ácidos comentarios sobre las batallas internas de la Curia, los esfuerzos que despliegan los sectores conservadores de la Iglesia para borrar las reformas emprendidas después del concilio Vaticano II, criticar la opacidad de las operaciones financieras del IOR (el banco de la Santa Sede) o denunciar a los obispos y sacerdotes  —esos “lobos rapaces”—  que se dejan seducir por el dinero.

Sus sermones adquirieron tanta importancia que los periodistas acreditados en la Sala Stampa (la oficina de prensa del Vaticano) se vieron obligados a madrugar para estar presentes todos los días en la misa de Santa Marta.

Quienes lo conocen desde hace años afirman que, aunque pronuncia sus prédicas sin leer, rara vez improvisa. En general prepara su homilía con esmero en la soledad de su apartamento durante la madrugada. Como en general conoce la lista de asistentes desde la noche anterior, cuando lo necesita no pierde la oportunidad de personalizar su mensaje.

– Ah, pero hoy casualmente están presentes los del IOR—, fingió sorprenderse el día que denunció la actitud del banco vaticano.