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“Los Secretos del Papa” (II). Un Pontífice de combate

  • Carlos Siula

Carlos Siula / Corresponsal

(Segunda Parte)

PARÍS, Francia. (OEM-Informex).– Para sentirse cómodo y útil en su función, el papa Francisco necesita la acción pública y mantener contacto permanente con la gente. “Es un pontífice de combate”, según la definición que acuñó el prestigioso vaticanólogo Andrea Tornielli, autor de “El nombre de Dios es misericordia”, un libro-entrevista con Francisco que acaba de salir en Roma.

Al Papa “llegado del fin del mundo”, como se definió la noche de su elección, no le gusta sentirse incomunicado dentro del Palacio Apostólico, que funciona como “un embudo” que solo deja pasar a una parte de las personas que llegan a Roma para verlo.

Por eso, trasladó una parte de su cuartel general al Domo Santa Marta. Sus colaboradores ocupan un piso entero de la residencia. Pero, gracias a esa astucia, consiguió alejarse del torbellino de nefastas influencias que sopla en permanencia en el Palacio Apostólico.
Atmósfera intimidatoria

En ese edificio, construido en el siglo XV durante el pontificado de Nicolas V, funcionan las oficinas de la temible Curia vaticana. Por sus dimensiones y el ceremonial que lo rodea, ese suntuoso palacio intimida a cualquier desconocido.

Acostumbrado al ambiente espartano en el cual vivía en Buenos Aires y que replicó en sus apartamentos de la residencia Santa Marta —donde solo tiene a su disposición un camarero, a quien llama con un timbre—, el Palacio Apostólico le parece asfixiante. En ese edificio, sobrecargado de cortinados de terciopelo y molduras doradas a la hoja, Bergoglio se siente como un pájaro prisionero dentro de una jaula de oro.

La entrada está custodiada por miembros de la Guardia Suiza, vestidos con uniforme azul y dorado a rayas verticales, con el pecho protegido por una coraza de reminiscencias medievales. Las piernas están cubiertas por calzas blancas sujetas a la altura de la rodilla por una liga dorada y en invierno suelen llevar polainas. La vestimenta se inspira en frescos de Rafael y no en un modelo atribuido a Miguel Ángel, como se afirma frecuentemente en forma errónea.

El uniforme se completa con un yelmo plateado, ornado con una pluma roja o blanca, según el grado.
Vestigio histórico

La Guardia Suiza Pontifical, oficialmente llamada Cohors Helvetica Pontificia es el último vestigio de los destacamentos de mercenarios que sirvieron en distintas cortes europeas a partir del siglo XV. Ese cuerpo, que aparece casi como una reliquia histórica, es en la actualidad el ejército más pequeño del mundo, compuesto de apenas 110 efectivos, justo detrás de la Compañía de Carabineros que protege al príncipe de Mónaco, integrada por 113 efectivos.

La Guardia Suiza no está presente en el Vaticano para aparecer como una curiosidad colorida en las fotos de los turistas. Su misión consiste, principalmente, en proteger las entradas del Palacio Apostólico, de las oficinas de la Secretaría de Estado, los grandes portones de hierro forjado que dan acceso al torreón donde funciona el banco vaticano (IOR) y los apartamentos privados del Papa.

Detrás de su aspecto extravagante aparentemente inofensivo, los guardias suizos son cancerberos de una temible eficacia. Aunque están armados con alabarda y espada ropera, cuando están de guardia siempre tienen al alcance de su mano pistolas, ametralladoras y fusiles de asalto.

Esos personajes imponentes también suelen apostarse en posiciones estratégicas dentro del palacio y pueden aparecer como dos estatuas, al fondo de un pasillo en penumbras, custodiando la puerta de un cardenal importante.

Francisco prefiere desplazarse sin ese tipo de sobresaltos por los corredores iluminados de Santa Marta.
El verdadero trabajo

Todas las mañanas, sin embargo, después de un frugal desayuno debe plegarse al ritual que le impone su función y se traslada hasta el Palacio Apostólico. En su despacho oficial consagra la mañana a atender los asuntos de rutina, ayudado por Georg Gänswein, y recibir las visitas de carácter administrativo.

Su verdadero trabajo, en realidad, recién comienza por la tarde. Luego del breve descanso que se acuerda después del almuerzo, se dedica a recibir visitantes, cuyos nombres no aparecen en ninguna agenda oficial.

Desde que llegó al Vaticano, las puertas de su despacho estuvieron siempre abiertas para recibir a las víctimas de abusos sexuales cometidos por hombres de la Iglesia o a sus familiares, obispos que llegan desde el otro extremo del planeta para contarle –sin edulcorantes– la horrorosa realidad que viven en sus respectivos países o simples desconocidos que llegan hasta la Santa Sede para exponer un drama particular, que puede ser personal, social o de dimensiones nacionales.

Su actitud y sus mensajes de misericordia “son muy necesarios”, dice el vaticanólogo Torniello. “Hace falta una Iglesia que esté cercana, que sepa abrazar”, precisa.
El pulso del planeta

El pontífice nunca se negó a recibir divorciados, gays, transexuales, ateos, integristas que buscan reimplantar una doctrina más rigurosa, ni religiosos que abandonaron los hábitos o incluso clérigos que viven maritalmente en secreto. “Jesús nunca le dio la espalda a ningún pecador”, suele replicar cuando alguien insinúa que debería hacer una selección más estricta de sus visitantes.

“Su Santidad adora esas conversaciones junto a la chimenea”, admite Don Giorgio. En eso se parece al expresidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt, que —inmovilizado por la parálisis— tomaba el pulso de su país a través de los diálogos que mantenía con sus interlocutores junto a un fuego de leños.

Francisco escucha los latidos del planeta y de la iglesia universal. El Papa también utiliza esas reuniones para obtener dos objetivos.

Por un lado, puede conocer algunos secretos del Vaticano que la Curia y sus colaboradores se empeñan en mantener ocultos. Por otra parte, a veces aprovecha la tendencia de sus visitantes a la indiscreción para deslizar confidencias que —como le ha enseñado la experiencia— llegarán a los oídos de los interesados o trascenderán a la prensa.
Conversaciones secretas

El Papa dedica otra parte de la tarde a comunicarse telefónicamente con sus interlocutores de confianza en todo el mundo. El mismo marca los números sobre su teléfono sin pedir la intervención de su equipo de secretarios.

“Me parece un método muy práctico y una forma muy positiva de hacer las cosas”, suele decir –sin demasiada convicción– el poderoso cardenal suizo Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

De esa manera, nada queda registrado y —al menos en teoría— nadie sabe a quien llamó. Pero Bergoglio no se hace demasiadas ilusiones: vivió bajo la dictadura militar en Argentina y en los 12 años de Gobierno del matrimonio Kirchner experimentó personalmente la pasión que tienen los servicios de inteligencia de su país por la pinchadura de teléfonos.

Por lo demás, aún está fresco el recuerdo de las grabaciones secretas y las fotocopias de correspondencia realizadas en 2012 por el mayordomo de Benedicto XVI, Paolo Gabriele. Los documentos secretos de la diplomacia norteamericana revelados por Wikileaks y el escándalo de las escuchas clandestinas de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) norteamericana sirvieron, en todo caso, para confirmar que nadie —ni siquiera el jefe de la Iglesia Católica— puede escapar al espionaje electrónico.
(Continuará…)