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Los Trescientos y Algunos Más

  • Los Trescientos: Carlos González Gamio

  • Carlos González Gamio
  • Degustación y cultura
  • ”Pobre patria mía”, de Porfirio Díaz
  • Santiago Soto, sibarita y enólogo

En días pasados fui invitado por el incansable Eduardo Solórzano a una heterogénea reunión-degustación para paladear los mejores vinos que nuestra suave patria produce en todo su territorio nacional, principalmente en el valle de Guadalupe en postinero restaurante de Las Lomas de
Chapultepec.

Ahí platique con el restaurantero bigotón de lujo Luis Gálvez sobre esa época dorada de nuestro país que fue el Porfirismo o “porfiriato” como quiera llamársele. Terció el polifacético Santiago Soto Claussen, quien entre sorbo y sorbo de un tintorro trasiego suculento, que no le pide nada al mejor tinto francés y nos recomendó una súperilustrativa y muy bien documentada publicación sobre esa época remota que afrancesó a México y que nos proyectó en el mapa mundial. Y el día siguiente ya estaba enviándome un libro infaltable en cualquier librero o
biblioteca.

Pedro Ángel Palou nació en Puebla, hace 50 años, en 1966, ha sido promotor cultural, periodista, árbitro de futbol, chef, conductor de televisión, actor de teatro, académico y administrador de educación superior, también fue Rector de la Universidad de las Américas y, mantiene tiene la Fundación Jenkins, que tanto ha ayudado a la restauración del Centro Histórico de esta ciudad y de Puebla.

Tiene autoría de 40 libros, ha sido secretario de Cultura del Gobierno de su Estado, los títulos han sido “Amores Enormes”, Premio Jorge Ibarguengoitía; “Con la muerte en los puños”, también presea de Jorge Ibarguengoitía, “En la Alcoba de un Mundo”, “Paraíso Clausurado”, “Malheridos”, “La Casa de la Magnolia”, “Demasiadas Vidas” y las novelas históricas dedicadas a Zapata, Morelos y
Cuauhtémoc.

Ha recibido el doctorado honoris causa en varias naciones de América Latina, doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de Michoacán por su novela “El Dinero del Diablo” y fue profesor visitante en la Sorborna de París, en la Universidad Iberoamericana y en Dartmouth College.

Ahora nos deleita con “Pobre patria mía”, novela histórica. Porfirio Díaz levantó una nación, le trajo la calma, el orden, el ferrocarril, el petróleo y la
modernidad.

En la red histórica de Porfirio Díaz en la memoria y el tiempo la consume, pero la claridad de los recuerdos no lo abandona, ni le impide volver a disfrutar
de su infancia y juventud en Oaxaca o
enfrentarse a Juárez.

Comienza copiando textualmente: “No me podía quedar en la Ciudad de México.- Corría Peligro. Cada uno de los poros de mi cuerpo lo sabían. Desde que se firmaron los Tratados de Ciudad Juárez supe que mi destino era huir, salir del país. Quise yo mismo abandonar la revolución, como en otras ocasiones. Pero esta vez fallé. Nos fuimos de noche, para no ser vistos, sin decirle a nadie. El ejército acordonaba la calle para protegernos, ¿Cuánto tiempo duraría su lealtad? Habrán seis o siete automóviles, no lo recuerdo, los que nos fueron a recoger para llevarnos a San Lázaro. Nos íbamos todos, les había dicho dos días antes. Ordené empacar. Carmelita se preocupó cuando contó los baúles enormes con mi archivo: -¡Ocho baúles, Porfirio!, ¿Para qué llevarnos tanta cosa? –Me llevo mi memoria, antes de que la pisoteen_”, lo escrito por don Porfirio al emprender la salida para Veracruz y de ahí
a Europa.

Menciona salida por la estación de San Lázaro hasta hoy, la Cámara de Diputados y a continuación recuerda las Cumbres de Maltrata, pues hemos de considerar que de los Ferrocarriles de Veracruz el Interoceánico fue de vía angosta por Perote y Xalapa.

Sin pasar por las Cumbres de Maltrata y el “Mexicano” iba por Orizaba y Córdoba y las Cumbres, por vía ancha, mucho más cómodo y seguro, el mismo por donde en 1919, don Venustiano Carranza pensó salir a Veracruz ante la amenaza de Pancho Villa y Zapata, quienes iban sobre la capital al pasar los días en Aljibes y ahí pasó con sus caballos a la Sierra de Puebla y a la Arquería de Tlaxcala Tongo, donde dicen que le quitaron el mondongo ya cadáver, viajó por el tren de Necaxa a esta ciudad con el compromiso de hacerle entierro con pocas personas y sin publicidad.

El mérito de la obra de Palou estriba en que absorbió por completo la persona de Porfirio Díaz Mori y fue a vivir con él los primeros años de las luchas de la guerra de 1847 contra Estados Unidos, hasta la intervención Francesa en 1872.

Va comenzando la historia paralela al oaxaqueño, con agudas observaciones sobre el acontecer histórico y en términos muy ponderados juzgando a Madero, sus experiencias personales, la llegada a París, y los viajes a Italia y Egipto, las pláticas con doña Carmelita Romero Rubio y sus hermanas, el reconocimiento a estas que le enseñaron buenas maneras y mucha historia que no conocía.

La visita a la tumba de Napoleón en los inválidos, custodiada por un veterano de 5 de mayo de 1862, que ahí reconoció sus méritos, y como prueba de ello, puso en sus manos una espada de Napoleón.

La nostalgia por México por lo sucedido a Madero, por considerar traidores y falsos, y su ignorancia en el acto de gobernar, con fracaso reconocido por sus familiares.

Compara a Victoriano Huerta que comando la escolta del tren a Veracruz, la despedida en el vapor alemán y piranga, y la salida para la Habana perdiendo a lo lejos, la costa mexicana que ya no volvería a ver.

La invitación a maniobras militares del ejército prusiano y saludo del Káiser excusándose de ver hasta entonces, invitándole a presidir el paso militar en su reconocimiento e invitación del Presidente de Cuba a la boda de su hija en la Habana, en medio de gran calor del Otoño en el Mar Caribe, por la medida de la prosa.

El libro debe ser difundido como remedio contra la ignorancia general sobre lo pasado.

Nos presenta a un Díaz muy razonable y ponderado, comentando los sucesos según su acontecer de reconciliación con Limantour en París, quien pretendiera la Presidencia de la República, fue el hacedor del saneamiento financiero del país, quien obtuvo los recursos para festejar el Centenario, las grandes obras publicas de su régimen, la pena por el fallecimiento de don Justo Sierra en París.

Su hijo don Manuel J. Sierra, de larga historia diplomática, asistente a la
mayoría de los Congresos, a quien el secretario Hugo V. Margáin lo nombró secretario de Hacienda, maestro de Derecho Internacional Público de la Facultad de Jurisprudencia de la UNAM, con una obra clásica sobre la materia.

Sus días en el hotel Ritz de Madrid, ahora más que Centenario y que siendo el primero de la capital hispana, conservando rígidas formas sobre observaciones, elevadores que por su lentitud y movimiento, tienen banca para esperar sentando.

Es más, es un dinero que se diluyó en lo obtenido por la venta de sus bienes en México por el general Santa Cruz, quien tuvo a su cargo el custodio de la casa de Cadena, trató al Banco de Comercio en la calle de Venustiano Carranza, entonces Capuchina… Pero hasta los próximos 300… y… algunos más…