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Los trescientos y alguno más

  • Los Trescientos: Carlos González Gamio

  • Réquiem por un señorón
  • “Cascarita” playera y tertulia
  • La relatividad de lo auténtico

Una charla con los experimentados historiadores de nuestra realidad nacional Pedro Sáez, Federico Ortigoza, Manuel Abizaid y Francisco Conde me traen a la mente aquellos años en los que el inolvidable “Diamante negro” Jesús Silva Herzog, quien recién emprendió el vuelo a otro lugar seguramente más grato que este, jugaba “cascarita” con nosotros y con un grupo de acomedidos lancheros en la playa de “La Ropa” de Zihuatanejo.

De ahí, después de un chapuzón nos convidaba el enorme Jesús unos ostiones en su concha y unas almejas rojas de pronóstico en “La Perla”, legendario lugar al fondo de la playa. Ahí departíamos con el corredor de automóviles de moda Héctor Rebaque, con el aviador de la legendaria dinastía, Peck Fierro, con un buzo de prosapia Jean Claude Duran, que un día se quitó la corbata y tiró la chamba de director de Dina Renault, yéndose a vivir a la playa a montar una escuelita de buceo. Y finalmente, otro personaje de novela Owen Lee, fotógrafo del Calypso, el barco de Jackes Costeau, que en un viaje de investigación por las costas de Zihuatanejo se enamoró de un rincón de la playa de “Las Gatas”, le renunció al gran oceanógrafo y se quedó a vivir ahí.

Don Jesús, hombre nada más alejado de la solemnidad, sencillo y de unas “puntadas” que provocaban hilaridad a cántaros a propios y extraños. Nadie de los presentes hubiera imaginado que estábamos jugando futbol playero nada menos que con el “señor ministro”, en esos lejanos ochentas. Uno de los hombres más poderosos del país y de los de mayor brillantez y
autenticidad.

Pues ahora, ya que hablamos de autenticidad quisiera publicar en relación con las falsificaciones geniales en la historia de las artes plásticas unas notasque nos permitan reflexionar sobre la relatividad de lo considerado auténtico.

Vimos como el propio genial Miguel Ángel, para complacer a su protector Lorenzo de Médici “envejeció” mil años su escultura AMOR DURMIENTE para hacerla pasar por obra de autor clásico y aumentar así su precio. Como Corot ante una magnífica imitación dudaba de su autenticidad y como Rafael y Durero imitaron el estilo de pintores de épocas anteriores.

Es muy posible que los Rembrandts, Goyas, Da Vincis y Lippis que admiramos en las más prestigiosas galerías y museos sean obras de grandes imitadores o copistas como Van Maegren, o Dossena sobre quienes trataré en próxima ocasión.

Independientemente de su discutible autenticidad, las obras de los grandes maestros que vemos en los museos y galerías, gustan e impresionan como son gratos al paladar los vinos de champaña, aunque su autenticidad también resulte también muy discutible.

La champaña es uno de los grandes mitos que proporcionan satisfacción a nuestra actual sociedad de consumo. Datos oficiales publicados en Espernay, Francia informan que durante 2015 se consumieron en Francia 104 millones de botellas de champaña. Puede considerarse que “la bebida civilizadora”, como la llamaba Voltaire asegurando que reflejaba el brillante espíritu galo, según datos del Comité Internacional del vino de Champagne se consumió en el mundo una cantidad mínima de casi 300 millones de botellas de champaña en el mundo durante 2015.

Resulta difícil explicar cómo, en una extensión semejante a la de nuestro Estado de Tlaxcala y aun considerando la experiencia de 20 siglos y las más avanzadas técnicas del mundo puedan esos genios de la vinicultura proveer esa cantidad de auténtica champaña a todos los sibaritas y snobs del mundo.

El champan nació a finales del siglo XVII gracias a la intuición, tenacidad y constantes y prolongados ensayos y experimentos del fraile Dom Perignón, quien siendo director de las bodegas de la Abadía de Hautvilliers descubrió fórmulas inéditas en la selección de las uvas, su sistema de embotellamiento en sótanos frescos al empezar el invierno, con lo que logró los primeros vinos burbujeantes. De ahí pasó a inventar el tapón de corcho, pues la burbuja hacía saltar el acostumbrado tapón de madera. Pero el próxima colaboración más platicaré sobre las falsificaciones geniales, hasta los próximos 300… y… algunos más…