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Los Trescientos y Algunos Más

  • Los Trescientos: Carlos González Gamio

  • Carlos González Gamio
  • Los regalos que da el Centro Histórico
  • El sombrero, símbolo de elegancia
  • Los colores de mi tierra

Mucho de criticable puede tener la ciudad capital de nuestro país, pero son inacabables los regalos que nos puede otorgar cuando nos lo proponemos y aprendemos a disfrutarla con calma y sin prisas; buscamos ilustrarnos y gozarla; caminar por sus céntricas calles y aprender.

El fin de semana me arriesgué ir al Centro, pues una compra de adminículos electrónicos era indispensable para hacer funcionar a esa vieja compañera en que se ha transformado, la computadora. Y matar varios pájaros de un tiro. Así inicié un viaje maravilloso por el pasado nacional.

De la adquisición de los incomprensibles componentes de avanzada tecnología, nos dirigimos al Museo del Estanquillo, creación del inolvidable Carlos Monsiváis, para disfrutar de la exposición homenaje al eterno Ernesto “El Chango” García Cabral, uno de los mejores dibujantes mexicanos de todos los tiempos, (1890-1968).

Este genial creador, desde joven mostró sus inconmensurables dotes artísticas y comenzó a elaborar satíricas caricaturas que preocuparon al presidente Madero, quien para hacérselo a un lado, en vez de encarcelarlo o eliminarlo le concedió una beca para ir a perfeccionar su arte a París.

A su regreso, trabajó en diversas publicaciones, tanto periódicos como revistas, boletines, catálogos, ilustrados, portadas, realizando espléndidas viñetas, dibujos publicitarios de una calidad excepcional y sus mundialmente famosas caricaturas. Y puso de manifiesto nuestra realidad nacional y a sus personajes estelares en la mirada de todo el mundo. Vale la pena darse una vuelta por ese museo, que puede dar muchas sorpresas.

Caminamos a la vuelta y en la calle de Madero, en el Palacio de Iturbide, -que por cierto nunca fue de su propiedad, sino que se lo prestaron los Condes de Calimaya para que ahí viviera- gozamos una increíble exposición Fashion de las diferentes modas de nuestro país a través de los siglos. Espléndidamente montada y por demás ilustrativa.

Y para cerrar el céntrico periplo, una visita al museo del Templo Mayor para cultivarnos con la forma en la que se desarrolló, creció y feneció la cultura de nuestros antepasados aztecas. Y como despedida comida cena del legendario caldo verde del legendario Danubio. Pendiente quedó el Museo del Sexo y el de los Instrumentos de Tortura del medioevo. Con perdón de mis apreciables lectores. A los que invitó a conocer con paciencia y cariño el centro de nuestra capital. No se arrepentirán.

Recientemente hablamos en este espacio acerca de las modas de antaño en la Ciudad de México, y quedó en el tintero una prenda que fue indispensable en el atuendo obligado de todo aquel que se preciaba de ser elegante:
“el sombrero”.

He aquí algunas frases que surgieron en aquellos lejanos años en los que el “sombrerismo” imperó en la Ciudad de México: “Caballero sin sombrero vale mucho, con sombrero vale más… vale más que use sombrero”; otra “El mejor sombrero es aquel que sirve para descubrirse ante usted”, y la más famosa “De Sonora a Yucatán, use sombreros Tardán”.

Si revisamos fotografías de la época, observaremos que todo mundo usaba sombrero; el hombre común, el estudiante, el empleado, el ruletero, el albañil. Los niños también usaban sombrero. Los diputados hacían uso del imprescindible sombrero tejano. Y las damas ni se diga, usaban elegantes y originales sombreros y delicados turbantes.

Aires de metrópoli desenfadada y moderna, elegante y mundana, soplaban en la Ciudad de México por los años 40 y 50 del siglo pasado, –no obstante su ingenuidad provinciana- nadie salía a la calle sin sombrero. No llevarlo era como no estar vestido. Era un accesorio imprescindible. También eran contadas las damas que se atrevían a salir a la calle sin él.

La otrora célebre avenida Juárez y la calle de Madero, convertían a determinadas horas del día en suntuosas pasarelas femeninas en las que el sombrero no podía faltar.

De sombrero llegaban las empleadas del Gobierno a la oficina. De sombrero asistían también aquellas que trabajaban en los comercios del centro, en los bancos o en los despachos privados. Subrayaban, en muchas, el sombrero su belleza señorial. En otras, era de admirarse el sombrero por su tamaño, en muchos casos por su extravagancia.

A la plaza de toros “El Toreo de la Condesa”, la afición asistía al festejo de sombrero. Cada domingo se veía al “Flaco de Oro” Agustín Lara al lado de María Félix, ambos portando finísimos sombreros. A ella le gritaba la plebe: -”María porque traes paraguas si no está lloviendo”.

En los estadios de futbol o de beisbol todos portaban sombrero, al cine se llegaba de sombrero, el hispano tendero usaba boina vasca, el panadero cachucha, el estudiante sombrero de carrete, el soldador, el de tina y cubetas, viejos sombreros de fieltro.

Cantinflas usó sombrero; Tin Tan de ala ancha y con pluma de guajolote; Clavillazo ni se diga; Juan Orol siempre usó sombrero de fieltro que cubría los besos de las rumberas; Emilio Tuero cubría su peluquín y su bigote recortado con un Stetson de ala ancha; Arturo de Córdoba siempre lució impecable en la pantalla porque el sombrero acentuaba su elegancia; cuando Jorge Negrete cambiaba el sombrero de charro por el Borsalino, lucia como todo un caballero. Tata Lázaro usó sombrero al igual queMaximino Ávila Camacho.

Los Borsalinos, los Stetson, cinco X-de fino fieltro ambos; los carrete de paja, los sombreros para el hombre de la ciudad y para el del campo iban en la cabeza de todos.

Para las mujeres los sombreros fueron inevitables, muchos adornados con velos, lazos y presillas. Usaron sombreros acampanados y de cúpula, y en los casos de extrema elegancia, recurrieron al turbante y a las boinas. Ahora bien, aún existe en la Ciudad de
México una empresa centenaria que impuso a sus habitantes el placer de usar sombrero: La sombrerería Tardán.

Esta legendaria tienda tuvo sus orígenes allá por el 1847, fundada por el joven inmigrante francés Carlos Tardán y la montó en la plaza de la Constitución donde aún funciona. Y hasta los próximos 300… y… algunos más… con la noticia que comienza con magníficos augurios “Los colores de mi tierra”, un mexicanísimo proyecto televisivo en el canal mexiquense que promete muchas sorpresas, con lo que la evolutiva Lula Orive demuestra por qué, durante su gestión, los “ratings” de canal oficial del Edomex se han incrementado de manera pasmosa ;realizaciones nuevas, frescas, nacionalistas, con colorido, luz, música, historia y cultura.