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Los trescientos y algunos más

  • Los Trescientos: Carlos González Gamio

  • Reunión del Ateneo Pergamino
  • Rostros ajados, pero con ánimo renovado
  • Invasión en el centro neurálgico

Comienzan técnicamente los días de asueto de los mexicanos de todas las edades. En mi caso personal asistí a la paella anual de los fraternos de la cuarta edad. Todos de rostro ajado pero el ánimo a flor de piel al igual que el humor, que conservan incólumne, al igual que los deseos de vivir… y algo más…

Pergaminos con una larga trayectoria, y experiencia para escribir una enciclopedia. A punto del mediodía comenzó la confección de tan célebre platillo peninsular por parte del sibarita, chef y atento Ricardo Iruegas, que al igual que en años anteriores, sublimó por todo lo alto.

Uno a uno fueron llegando los modernos Matusalenes al norte de la ciudad, donde se encuentra el estudio-rincón bohemio del estrambótico jurisperito Daniel Molina, permanente anfitrión de tan suculento convivio.

En nuestro caso, el prietito en el arroz fue una catastrófica obstrucción al tránsito en las calles de Río Elba haciendo esquina con Melchor Ocampo, ahí mismo en el corazón de la colonia Cuauhtémoc, asiento de modernos rascacielos y centro neurálgico de los negocios y las finanzas del país.

Un grupo de protestantes oficiales de todo, de esos eternos inconformes que invaden las calles montan carpas, tocan música, ocupan banquetas con sus enseres domésticos, creando un muladar con los riesgos sanitarios que ello conlleva, además impiden entrada y salida de los vehículos de los vecinos de la colonia.

Casi una hora para salir de ese embrollo dantesco. ¿Quién les permitirá a estos apóstoles del negativismo instalarse por tanto tiempo en las calles de uno de los sectores más productivos de la capital? Nosotros, por lo pronto, llegamos tarde a un evento en el que nos vimos impedidos a aprender a hacer la paella como rigen los cánones.

Pero a partir del comienzo de la tarde, apoltronado en un mullido reposet escuché atento los lamentos del abogado, editorialista, escritor y charlista de polendas Ramón Llarena y del Rosario, las anécdotas nostálgicas del otro litigante de prosapia como lo es José Luis Olivares y de las Flores, Conde de Necoxtla, del también jurisconsulto de altos vuelos José Luis Jalili-entre abogados de veas, dicta la sentencia-.

Y entre sorbo y sorbo de un tintorro de la Rioja, nos solazamos con las charlas melancólicas de Carlos Mancilla, destacado miembro eterno de las altas burocracias en los tiempos dorados de la abundancia, y otras aventuras no menos interesantes del licenciado en derecho René Palavicini.

Para concluir con ese dechado de sabiduría popular, ingeniero químico de profesión, escritor universal por vocación, cronista de la verdadera historia contemporánea, terror de los políticos, sacrásticonarrador de la vida, genio de la ciencia ficción, autor de cerca de cuarenta publicaciones que navegan entre la novela, el relato, narrativa, entre los que se encuentra “Los símbolos trasparentes”, sin duda, el mejor testimonio de los acontecimientos del 68.

El genio de Gonzalo Martré no ha sido ni por mucho ni por poco reconocido en su real dimensión por las autoridades culturales de su país, quizá por temores a hacer crecer una figura egregia que ha puesto el dedo en la llaga de tanto que está por hacerse, de tanto que no se hizo y más que eso… por tanto daño que se ha hecho. Así que fue un deleite deglutir de postre una conversación salpicada de esa nostalgia dorada que tanto añoramos quienes habitamos aquel México de los cilindreros, las cantinas auténticas, los danzones, la cabareteras, el Tívoli, la carpa, el King Kong, Garibaldi, El carifoca Pérez Prado y más y más recuerdos…

Así se fue pasando la tarde y retirándose uno a uno estos habitantes de la ciudad, con sus historias múltiples que contar, que ni en una tarde ni en diez alcanzaría el tiempo para disfrutar.

Pero hasta los próximos 300… y… algunos más…