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Los Trescientos y algunos más

  • Los Trescientos: Carlos González Gamio

– Festejo para Bertha Becerril

– Que llueva, la virgen de la cueva

– Fernando “El Magnífico”, un personaje de vodevil

El salón principal del tradicional Club France se vistió de gala para recibir al más de un centenar de invitados que fueron a mostrarle su cariño a esa dama encantadora, quien es doña Bertha Becerril, viuda de Celis, al cumplir ocho décadas de fructífera existencia.

A “Bebe”, como le decimos cariñosamente quienes gozamos de su amistad, no le interesa que se sepa su edad y es que aparenta 20 años menos, producto de una vida plena en todos los aspectos: familiar, social, cultural, pues es una auténtica autoridad en escatología, materia de la que lleva décadas impartiendo cursos que han mejorado la vida de muchísimos discípulos a través de los años.

Así sus retoños, Mónica y Lorenzo le organizaron esta fiesta sorpresa esta mujer que ha sabido vivir la vida con arte sin par, siendo feliz y haciendo felices a todos aquellos que la rodean. Muchas felicidades y muchos años más Bebe.

Ahí, con el abogado Carlos Becerril, hicimos remembranzas de los sitios a los que acudíamos en nuestras mocedades, uno de ellos, Cuernavaca, donde actualmente radica este versátil abogado. La ciudad de la eterna primavera, de las buganvilias y las jacarandas, modifica su fisonomía todos los días.

Cada año brotan como hongos nuevos fraccionamientos, la zona se ha conurbado desproporcionadamente, y nos acordamos como la ciudad terminaba más o menos en donde don Manuel Suarez construyó el Casino de la Selva, o más bien lo modificó, pues en realidad había sido un Casino, propiedad de don Abelardo Rodríguez, expresidente de la República, a quien el general Cárdenas quitó sus privilegios cerrándole los casinos, que eran magníficos negocios.

Hoy Jiutepec y Cuernavaca son una sola ciudad. Ahí a un costado se encuentra Sumiya, una increíble construcción de arquitectura japonesa producto de una historia de amor.

En 1957 hizo su aparición en las calles de Coahuila e Insurgentes de la Ciudad de México “Woolworth”, una sucursal de la inmensa cadena de tiendas de la heredera Bárbara Hutton, cuyos padres habían amasado inmensa fortuna con sus famosos almacenes, que originalmente solo vendían artículos y productos de cinco y diez centavos de dólar cuando mucho.

En ése 1957, la supermillonaria Bárbara estaba recién casada con el célebre playboy dominicano Porfirio Rubirosa, y como prueba de su amor le había construido su nidito de amor-una bellísima finca millonaria con todos los lujos orientales que rebasaban toda imaginación- y que hoy ha sido convertida en un hotel de gran turismo, en Jiutepec, Morelos, razón por la que visitaban con frecuencia nuestro país. Porfirio, a quien su primer suegro, el terrible dictador Leónides Trujillo, había desposado con su hija Flor, lo admiraba a pesar de la pesada cornamenta que él le infringía despiadadamente, y venía a México a jugar Polo con Jaime Rincón Gallardo, Archibaldo Burns, Carlos y Pepe Martínez Zorrilla y otros grandes polistas. Pero andando el tiempo, Bárbara Hutton,-ya divorciada de Rubirosa y quien, por cierto, le regaló un millón de dólares por haberla hecho tan feliz- murió sumida en la miseria. Rubirosa falleció también arruinado cuando su Ferrari se estrelló en el bosque de Bolonia y Woolworth dejó de ser la tienda importante que fue. Seguramente sus actuales propietarios ignoran quien fue esta gringuita enamorada y si lo saben ni se han de acordar de ella.

Y aqui están los calores a la orden del día, y la contaminación también, mi mermada salud no prospera y he buscado innumerables remedios para erradicar la tos crónica de fumador consuetudinario a pesar de que no fumo. Mis decrépitas amistades no están mejor que yo. Y para colmo de males, las redes sociales envían alarmantes mensajes premonitorios de catástrofes ecológicas que anuncian el apocalipsis. ¿No podrán de vez en cuando mandar uno que otro mensajito esperanzador?

No queda más que ir a bailar a Chalma para pedirle al señor milagroso que lleguen los aires y las lluvias para limpiar la atmosfera.

Por lo pronto, aquí en casita me deleito con la lectura del gran Fernando “El Magnífico”, inédito libro del insigne José Muñoz Cota, poeta de altos vuelos, obsequio de mi erudito fraterno don José Luis Olivares y de las Flores, Conde de Necoxtla.

Se necesita una buena dosis de imaginación para ubicar a finales de los 30 a un personaje tan singular como este Fernando, del que todos quisiéramos tener un poco, o quizá un mucho.

Un caballero a la vieja usanza, poeta, elegante, rodeado de personajes estelares; un verdadero catálogo de sorpresas intelectuales, que nos enseña la receta para ubicarnos el mayor tiempo en ese estado de ánimo lo más cercano a la felicidad.

Y hasta los próximos trescientos… y… algunos más…