imagotipo

Los trescientos y algunos más

  • Los Trescientos: Carlos González Gamio

El Micrófono de Oro a Los colores de mi tierra

La palabra y su fuerza cósmica

Doble presea a Silvia de Alba

Una de las formas de vida en las que mayormente se refleja la sanidad mental, el optimismo y la cultura de un país, es en las instituciones ligadas con la cultura de la información y el entretenimiento; son esas instituciones que estimulan a todo el personal humano y a los canales que desarrollan el talento de éste para la distracción de los ciudadanos.

Los mexicanos contamos con una idiosincrasia muy particular y no nos parecemos a ninguna otra nación en cuanto a hábitos de entretenimiento. Esa mezcla racial nos ha creado a través de los siglos una muy particular forma de ver la vida, y nuestros medios de información y entretenimiento se han adaptado a esa tan peculiar visión de ver la
vida, de sentirla.

Una magia muy especial es atribuible a la forma como confrontamos la adversidad, nuestras creencias son ejemplos palpables de la manera de llevar los rituales religiosos, y así existen innumerables actos protagónicos religiosos donde el paganismo tiene carta de naturalización, pues nos muestran cómo nuestros compatriotas se niegan a dejar a un lado definitivamente sus antiguas creencias y supersticiones precolombinas, pero a su vez veneran a la Morenita del Tepeyac y se hace una simbiosis única entre la religión o religiones de las culturas ancestrales y la nueva religión que viene con la Conquista.

Pues así somos, y no nos parecemos a nadie. Y los “exquisitos”, y muchos miembros de la “alta intelectualidad” consideran nuestra cultura televisiva y radiofónica, de país de ignorantes, de nación tercermundista, de subcultura de nacos, etc., sin darse cuenta que esa también es cultura popular. No por nada nuestras telenovelas, desde los 70, cuando el zar televisivo de las telenovelas se llamaba Valentín
Pimstein, llegaron a ser campeonas del rating en países tan remotos como Rusia-entonces Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas URSSS- o China, Ceylán o Turquía, y traducidas a muchos idiomas. A Verónica Castro le pedían autógrafos hasta en los callejones de Tanzania.

Por eso instituciones de prestigio de más de siete décadas como la Asociación Nacional de Locutores, que ha tenido entre sus filas a personalidades inmortales como ese gran señor que fue don Pedro Ferríz Santacruz, ha rendido culto a la palabra hablada desde su fundación; a esa palabra pronunciada con la fuerza, el conocimiento y el talento de conductores, actores, actrices, intérpretes, comediantes que se dedican a entretener e informar al grueso de la población de un país ávido de distracción, en lo buenos y en los malos momentos nacionales.

Y así hace varios lustros no exenta de problemas la Asociación creó la presea denominada El Micrófono de Oro, en honor a ese adminículo cuya función es la de magnificar la palabra, imprimirle fuerza, vigor y volumen.

El quinto vórtice principal de energía ubicado en la garganta es el responsable de desarrollar en todos nosotros el poder de la palabra. Es la palabra la que con la fuerza de la vibración es capaz de crear, construir y también destruir. La palabra resuena en el tiempo y queda grabada en el ambiente, en los cuerpos sutiles del planeta, así como en las cosas y en el aire.

Eso lo sabe Rosalía Buaun, presidenta de la ANLMAC como lo sabe José Antonio Hernández, ícono de nuestra música mexicana en todas sus manifestaciones, y por ello le otorgaron ese valioso galardón del Micrófono de Oro al programa Los colores de mi tierra, símbolo musical de nuestras más firmes y arraigadas tradiciones culturales que cada viernes se trasmite por el canal de televisión mexiquense a las siete de la noche, que dirige con tino la encantadora Lula Orive.

El Micrófono fue recibido por el evolutivo Carlos Cornejo, productor del colorido programa, de manos de ese prolífico escritor de best sellers de autoayuda, Carlos Cuauhtémoc
Sánchez, mandamás del centro de espectáculos
El gran recinto, allá por los rumbos de Santa Mónica, donde tuvo su lugar de descanso en su hacienda del mismo nombre don Antonio Hagembeck y de la Lama.

Y conversando con este escritor y líder de juventudes, cuya sencillez me sorprendió, le comentamos que recibíamos la presea en honor a la palabra y que esta debe de ser dirigida hacia la luz y la verdad so pena de que nos envuelva la oscuridad, la confusión y la maledicencia.

Silvia de Alba, intérprete, mujer cabal y altruista, dedicada a hacer el bien sin mirar a quien y doble recipiendaria del Micrófono de Oro por el programa musical y como benefactora y filántropa nos decía en la mesa de honor que la palabra debe tener la frescura del amanecer, la alegría de la naturaleza expresada y manifestada en el canto de las aves. Y también contener la serenidad y responsabilidad de adulto, la sabiduría de un anciano, la ingenuidad de un niño, la inocencia de un bebe y la ternura de una madre. Por ello la importancia de un micrófono que magnifica el don de la palabra. Ya discurriremos sobre el poder del micrófono en otra ocasión, por lo pronto hay que decir que
entre la numerosísima concurrencia que pobló el gran salón saludamos a los diversos elencos de la programación de Imagen TV, a Jorge Ortiz de Pinedo, María Montaño, Mario Wichtendhal, Martha Sánchez, Felisa Gil o como se llame el antes compositor Felipe Gil, José Antonio Rojo García de Alba, Isabel Rojo de Goñi, Silvia Rojo de Maccise, Laurie Gershenson, Servando González, Wulfrano Peláez y muchos invitados… Pero hasta los próximos
trescientos… y… algunos más…