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Los Trescientos y Algunos Más

  • Los Trescientos: Carlos González Gamio

  • Carlos González Gamio
  • Yolanda Villarreal, una artista universal
  • La elegancia del mexicano de antaño
  • Un México que no volverá

Yolanda, es regia. La pintora de la Sultana del Norte nos trae sus sueños, visiones y pasiones al Caribe Mexicano. Ella no hace otra cosa más que amar la vida y esa pasión la traduce a través de sus manos en imágenes artísticas de sus encuentros con el mar, la naturaleza y ella misma. Esta primera muestra en la Riviera Maya, retrata sus años de vida en el paraíso. Combina su vida marina con la del lienzo en su manos repletas de sueños!
Yolanda Villarreal usa sus manos para pintar: ella las ha elegido como sus pínceles, como sus paletas: “Ellas saben dónde poner el color y la textura en el lienzo, de alguna manera mis manos actúan a través de mí, como lo hacen con el músico sobre su instrumento”, dice Villarreal.

También las manos, como la herramienta más primitiva del hombre, le ofrecen la oportunidad de entrar en materia, en la obra, de profundizar en sus volúmenes, su cuerpo, su textura.

Viviendo en Cancún, frente al mar, a éste lo ha convertido precisamente en la principal motivación de su pintura que, aunque abstracta, sugiere el movimiento de las olas, sus atardeceres y hasta sus sonidos: “Nací lejos del mar, pero siempre me ha sorprendido su fuerza, su belleza. Ahora que tengo la oportunidad de verlo diario, de sumergirme en el mar porque también me encanta bucear, el mar me ofrece tanto: sus colores, sus canciones, los reflejos, la luz…”

La exposición está compuesta por obras de gran formato. La técnica usada en esta serie de obras producidas en los últimos tres años es acrílico sobre tela. La pintora asegura que el lienzo en el espacio donde encuentra la libertad completa, es donde se siente viva: “De alguna manera la pintura me hace sacar lo que llevo dentro. El arte es eso, es un sentimiento de libertad, una provocación, es un paseo por el mundo maravilloso de los colores.

Cuando alguien se lleva una de mis obras se está llevando una parte de mí”, dice sin dudar. Voy pintando y voy
dejando huella…

Hay contraste, pasión, paisaje, movimiento, sueños, un paseo de colores son los lienzos de Villarreal.

Yolanda Villarreal es una pintora de momentos convertidos en sueños. Con influencias artísticas de sus maestros y amigos Gabriel Macotela, Enrique Canales y Jackson Pollock, Yolanda ha desarrollado una técnica propia en la que sus manos y sus dedos mantienen el contacto con el lienzo para dejar plasmado el corazón.

A la hora de pintar, Yolanda encuentra la inspiración en sus propias vivencias, dónde el mar y la naturaleza son el marco indiscutible de su obra. En cada trazo va buscando parar el tiempo y perpetuar momentos mágicos que poco a poco de
convierten en experiencias de vida.

Aunque siempre esté rodeada de gente querida, Yolanda sabe encontrar el momento preciso para trabajar en solitario, en la intimidad de su casa; allí dónde tiene su propio estudio en el que trabaja de forma incansable mientras el tiempo, al igual que los colores con los que gesta su pintura, se le escapan de entre las manos.

Con esta su primera muestra individual en la Riviera Maya, Yolanda pretende reavivar la memoria colectiva al transmitir sus propias sensaciones con el propósito de que éstas se conviertan en sensaciones únicas e individuales de quién observa
su obra.

Caminando por la calle de Campos Elíseos para dirigirme al club de Industriales a la reunión del club de Roma que preside el incansable Gerardo Gil Valdivia me percate de un grupo de turistas extranjeros que, en coloridas camisolas y “bermudas” ingresaban en un postinero restaurante del hotel Presidente.

Me provocó esa visión una mezcla de tristeza, repulsión y nostalgia. Me vino el recuerdo de aquel México en el que no únicamente el mexicano vestía con elegancia, o al menos con corrección, no únicamente para entrar a un restaurante elegante o un evento social.

¡Qué bien vestían el hombre y la mujer, incluso los niños. Con que pulcritud y con qué donaire! Igual ocurría con el rico, con la clase media y con el trabajador común. ¡hay de aquel que no usara traje, corbata y sombrero… o hay de aquella que se olvidara de los guantes de encaje por la mañana o de piel por la tarde y noche… pobrecitos de aquellos niños que no fueran a la escuela limpios y peinados, bien planchados y con la ropa limpia y uñas cortadas.

Para el hombre y la mujer de la Ciudad de México el buen gusto en el vestir nunca estuvo reñido con ese mal que se llama inflación -que con gusto y poco dinero siempre tuvo oportunos vestuarios para toda ocasión-. Había prendas que usaba el hombre que hoy forman parte del pasado y del recuerdo, aunque aún, de vez en vez son sacadas de los viejo desvanes olorosos a naftalina, como el jaquet, elegantísima prenda que con frecuencia se utilizaba para ir a recepciones y matrimonios, el frac, también fue prenda necesaria en el guardarropa del hombre elegante y el smoking, que solía utilizarse para recepciones y actos sociales únicamente de noche, y un poco más informal que los dos primeros.

El sombrero fue accesorio imprescindible para el hombre, hoy ya no lo es. El chaleco era necesarísimo tratándose del atuendo masculino, los trajes para el hombre eran de tres piezas; saco, chaleco y pantalón. Los tirantes eran complemento del buen vestir. Hoy ya, prácticamente han pasado al olvido.

La corbata de moño fue una prenda que los jóvenes y los adultos usaron con verdadera veneración. Desafortunadamente ha desaparecido del mundo de la elegancia. Hasta su muerte la usaron Paco Malgesto, don Adolfo Ruiz Cortínez y Rómulo O’farrill. Y el gazné corrió igual suerte, los había finísimos y eran utilizados en aquellos momentos de elegante
informalidad.

El hombre del nuevo siglo ya no usa las camisas de yugo, que tan bien sentaban a la elegancia varonil y que tan bien hacían lucir la corbata. Mucho menos utiliza las camisas de cuello de paloma, que eran usadas bien almidonadas y solo en los momentos de excepción.

El hombre moderno ya no usa calzones largos ni ligueros para sujetar los calcetines. Se olvidó también del monóculo y el bastón y el reloj de leontina, accesorios que fueron sin duda sinónimos de
suprema elegancia.

El hombre del siglo XXI ya no usa mancuernillas, que tan bien se veían asomadas por debajo de la manga del saco y colocadas en camisas de puño doble. Ya no usa sacos con hombreras y pliegues al frente. Se ha olvidado también del uso de la valenciana en el pantalón. Ya no usa pantalones bombachos, tampoco leontina y polainas, prendas que significaron categoría personal.

Y tratándose de la mujer, ésta ya no usa en su atuendo cotidiano los trajes de terciopelo. Ya no complementan su elegancia con el uso de la crinolina y de plano se olvidó del “chemisse”-ropaje muy parecido a la funda de almohada-Y de sus prendas íntimas, ya dejó de usar las fajas de varilla y el corsé, que proporcionaban esbeltez a su figura.

Base fundamental de su toilet las medias con costura al centro, que delineaban exquisitamente sus extremidades inferiores. Esta prenda tan femenina –las medias con costura-desaparecieron de su preferencia y del mercado, y con ellas los delicados ligueros. Y otra prenda que ya no usa la mujer de hoy es el blúmer-precursor de la moderna pantimedia.

La apariencia de los pies tiene mucho que ver con la personalidad de una mujer.Otrora usó exquisitas zapatillas con tacón de aguja o de pulsera. Mucho menos usa en la actualidad los abrigos y las estolas de mink, piel ni las bolsas de charol ni los guantes de cabritilla ni el sombrero. Menos aún el sombrero con velos que cubrían disimuladamente su rostro. Rara es aquella que usa el rebozo, pañoletas o mantilla con peineta.Que tiempos tan maravillosos que no han de volver. Esos símbolos de la prestancia y de la elegancia como fueron Dolores del Río, Pedro Armendáriz y antes María Condesa o José Yves Limantour no se repetirán… Y hasta los próximos 300… y… algunos más…