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Los zapatos del otro

  • Federico Ling Sanz

  • Federico Ling Sanz Cerrada

Lo más complicado que una persona puede hacer es ponerse en los zapatos del otro. Pero bueno, vayámonos mucho más atrás y pensemos en las muchas ocasiones en que hemos criticado a alguien por algún comentario, alguna conducta o simplemente, por la razón que sea. Pienso en muchos ejemplos de nuestra vida cotidiana en donde nos decimos a nosotros mismos (o peor aún, se lo decimos a otros) que cosa hubiésemos hecho mejor que el otro.

Que un determinado problema lo hubiésemos resuelto de otro modo y que quizá la persona en cuestión no tiene la capacidad; nos burlamos o decimos que el otro “no da una” y nos sentimos superiores. Los ejemplos abundan. Lo más complicado del asunto es tratar de entender realmente a los demás y comprender a profundidad qué es lo que le pasa. ¿Por qué actúa de cierta manera? ¿Qué cosas hace que son difíciles de entender? ¿Por qué piensa de determinado modo? Y muchas veces no nos detenemos a pensar y juzgamos duramente sin tener idea de nada.

Pues bien, creo que uno de los temas más complejos para entender al otro y ponernos en sus zapatos es el asunto del acoso a las mujeres. Acosos hay de muchos tipos, hacia muchas personas y de muchas maneras. Por supuesto que el acoso a las mujeres no es el único que existe en nuestro mundo, pero sí es uno de los menos comprendidos y de los más criticados. No tiene que ver con la sexualidad meramente (sí, pero no), o con los piropos, o con los cumplidos, sino con el respeto y los límites para ser íntegros con los demás. No se trata de categorizar al acoso en “mucho”, “poco” o “nada”, o en “grave” o “leve”. Se trata de ofrecer una actitud y una conducta de respeto a las mujeres en todo momento, tal como cualquiera de nosotros pedimos que nos respeten siempre. Es un tema de integridad, de ética y de respeto, más que de sexualidad (que, como dije antes, sí es, pero no es).

He visto en las redes sociales anuncios de una campaña en el Metro de la Ciudad de México donde nos invitan (a los hombres) a ponernos en el lugar de las mujeres. Nos invitan a que nos sintamos un poco como ellas se sienten. A que experimentemos lo incómodo de que nos vean (cuantimás que nos digan cosas sobre nuestro cuerpo). Si a mí –como hombre– me parece incómodo, seguro que a las mujeres también (ese es el mensaje). Como digo, se trata del respeto básico para otra persona.

Ahora bien por eso digo precisamente que lo más complicado es ponernos en los zapatos del otro, sobretodo en alguna situación de la que no sufrimos las consecuencias rutinariamente. Si algo no me afecta, ¿por qué habría de prestarle atención? Pues por ética, tolerancia y por compasión, meramente. No somos extraterrestres y todos convivimos en el mismo lugar, en la misma ciudad, con las mismas personas y por ende todos merecemos respeto y merecemos que nos traten con honestidad e íntegramente. Por eso afirmo que no se trata de un tema meramente sexual. Y si nos vamos un poco más lejos, ¿cómo pretendemos tener respeto en las grandes cosas si incluso en las pequeñas no cuidamos aquello que puede hacer sentir mal al otro, así sea una mirada, un dicho o una conducta?
@fedeling