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Madero: el incomprendido apóstol de la democracia

Mireille Roccatti
“Non omnis qui nobisarridetamicus est” *
El pasado miércoles 22 de esta semana se cumplieron 104 años del vil asesinato de Francisco I Madero, el más puro y honesto de los revolucionarios de 1910. Y lo lamentable y triste es que la efeméride pasó casi desapercibida, al igual que la Marcha de la Lealtad protagonizada por los cadetes del H Colegio Militar que lo acompañaran del Castillo de Chapultepec a Palacio Nacional, diez días antes, en ocasión de la traición y alzamiento militar de una facción del Ejército.

Resulta paradójico que en esta coyuntura en que estamos inmersos por la agresión del nuevo presidente estadunidense, este episodio no sea evocado de cómo en nuestro pasado, en nuestra historia, en nuestro devenir, hemos sufrido la injerencia intervencionista de Estados Unidos. Y, como siempre, ha existido un grupúsculo de traidores que por sus intereses políticos terminan aliándose con los enemigos de nuestra patria.

Es necesario que las nuevas generaciones tengan presente que la ejecución del presidente Constitucional Francisco I  Madero y del vicepresidente Pino Suarez, fue producto de una siniestra trama urdida en la embajada norteamericana por el nefasto representante diplomático de ese país, con cuyo nombre no ensuciare estas páginas de El Sol de México.

El éxito del golpe de Estado que llevó al poder al general Victoriano Huerta fue posible debido a la traición de algunos militares del ejército porfirista, que había quedado casi intacto después de la revolución maderista y el libramiento de algunas batallas menores. Inclusive la propia toma de Ciudad Juárez por los revolucionarios, no es considerado un gran enfrentamiento militar. La paz pactada en esa ciudad fronteriza, después de largas negociaciones en Washington,  Nueva York y la Ciudad de México, terminó con la renuncia del viejo dictador y su exilio; la instalación de un Gobierno provisional; la convocatoria a elecciones. Estas condiciones para acabar con las escaramuzas bélicas ocasionaron que prácticamente el viejo régimen persistiera sin mayores cambios.

Madero que era miembro de una acaudalada familia norteña y había sido educado esmeradamente en Estados Unidos y en Francia, era esencialmente un hombre sencillo, un idealista, que en la administración de las propiedades familiares instrumentaba algunas de las utopías de Saint Simón en el trato con sus trabajadores.

Los ideales democráticos y sus preocupaciones sociales, así como su convicción de que debieran mejorarse las condiciones de vida de los hombres del campo y los trabajadores de las incipientes plantas industriales lo llevaron a plantear una serie de reformas graduales, pero principalmente la libre participación de los ciudadanos en la elección de sus gobernantes.

Una vez realizadas las elecciones, Madero obtuvo un gran victoria que legitimó su Gobierno, el cual duró tan solo quince meses, periodo en que debido a su tolerancia,  talante democrático y autentico respeto de las libertades públicas frente al poder, se vivió un abuso en el ejercicio de la libertad de expresión y de prensa, que rayaba en terrenos de lo absurdo.

Pronto, tuvo que enfrentar alzamientos armados de sus antiguos aliados: Zapata y Orozco. Luego vendría la traición del anterior secretario de Guerra de Díaz y otros generales, que urdieron el complot con el embajador estadunidense que le costara la vida. Estos hechos reales de nuestra historia deben recordarse siempre, para no volver a errar.

*“No todo el que nos sonríe es amigo”.