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Madres siglo XXI

  • Catalina Noriega

Todo cambia, menos el tránsito irredento de esta fecha, los comercios atiborrados, los ambulantes haciendo su agosto y los restaurantes peleándose los comensales. El 10 de mayo se volvió un festejo consumista, aunque en el fondo sobreviva el sentimentalismo.

Pasan por la cabeza frases que se volvieron como de chacoteo, cursis, empalagosas, pero que todavía le llegan a tantas féminas que vivimos en carne propia, la fortuna de tener un hijo. Lo de “Madre sólo hay una” se escucha en boca de vástagos agradecidos con quien les dio la vida, los protege, los cuida y siempre está ahí, “para lo que se ofrezca”.

Los tiempos, sin embargo, son otros. Se empieza a entender que el ser madre es una elección y no una obligación. Antes, el nacer mujer conllevaba una especie de destino inmutable, en cuanto a la maternidad. Desde la primera infancia se inculcaba lo que se veía como el objetivo primordial y casi único, de la existencia: tener un heredero.

Hay exponentes del género femenino que rechazan el ser madres y, aunque en este país la idea es incipiente, en Europa un alto número determina no tener descendencia. El desapego a lo que fue el sello cultural llega al extremo de que, en España por ejemplo, la tasa de nacimientos está más abajo del cero.

Sin caer en extremismos, la posibilidad de elegir redunda en actitudes más positivas y conscientes de lo que implica traer, a este mundo loco, a un nuevo ser. Permite tener opciones de realización personal, sobre todo en el campo del trabajo y de una maduración que facilitará el adquirir el compromiso, cuando llegue la hora.

Más allá de esta visión distinta del pasado, la mamá actual intenta nuevas vías. Desde la gestación, echa mano de técnicas originales y se busca un parto sin dolor, pero a la vez natural. Vuelve a estar de moda el dar a luz en el agua, así a la mitad del proceso se peguen de gritos y se exija una epidural.

Y desde el primer día de gestación se involucra al padre. La carga económica demanda la aportación de los dos cónyuges. Un género femenino, harto de la “doble jornada”, busca patrones distintos.

Los padres jóvenes cambian pañales, cuidan a sus crías, les dan de comer y se ocupan de ellas, a diferencia de lo que hacían sus progenitores. La colaboración no siempre es suficiente para aquellas que llegan reventadas del trabajo, hartas de juntas, de tensiones, de problemas y cuando parece que alcanzan el “remanso hogareño”, empieza la “fajina”. Hay que revisar tareas, hacer la cena, meterlos a bañar y oír las quejas laborales de la pareja, “hasta las gónadas” de aguantar al jefe.

Ser madre soltera (el porcentaje es grueso) sitúa en posición de desventaja, al tener que ejercer el doble rol, de padre y madre, los quehaceres de la casa, la educación de los hijos y su manutención.

Mujeres admirables, que sacan adelante a uno o más pequeños, con salarios raquíticos y sin ayuda alguna. No alcanzan las 24 horas para cumplir la lista de “pendientes”. El sacrificio es grande, pero mayor la gratificación.

La madre actual busca romper las cadenas que la ataron, durante siglos, a la cultura y las tradiciones machistas. Falta camino por andar y hay sectores que se resisten a dar el vuelco.

La situación de las indígenas y en general en el medio rural, a pesar de la batalla de unas cuantas –a las que se repudia y en muchos casos fuerza a “volver al redil”-, rechaza cualquier cambio. La pobreza, aunada a la ignorancia, esclaviza a quien vive bajo la férula del macho. Para ellas, para las de la vieja y de la nueva ola, ¡Felicidades!
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