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Maduro, pláticas de paz y guarimbas / Economía y Política / Miguel Ángel Ferrer

  • Miguel Ángel Ferrer

En una oportunísima y muy elocuente fotografía periodística, que en unas cuantas horas ya le dio la vuelta al mundo, se ve al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, saludando en la residencia presidencial de Venezuela, el Palacio de Miraflores, a Frank Pearl, representante del Gobierno de Colombia en las pláticas de paz entre éste y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la segunda guerrilla en importancia, después de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia).

El anuncio del inicio de un proceso de paz se hizo el miércoles pasado en la ciudad de Caracas. Los diálogos de paz se realizarán en Ecuador y las pláticas pacificadoras se realizarán, además, en Venezuela, Chile, Brasil y Cuba, país que junto con la europea Noruega serán los garantes del proceso.

Nadie sensatamente puede negar o restar importancia a éste o a cualquier otro esfuerzo de paz en la región, y particularmente en Colombia donde la insurrección popular armada lleva ya más de cincuenta años.

Para dar este paso, desde luego, el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos tuvo necesariamente que solicitar el acuerdo de Washington. En Colombia, como se sabe, no se mueve la hoja del árbol si no es con la voluntad del país ocupante. El adjetivo ocupante no es gratuito ni puramente ideológico. Recuérdese que en territorio colombiano están instaladas siete grandes bases militares estadunidenses. Es claro, en consecuencia, que, al menos formalmente y aunque sea de dientes para afuera, Estados Unidos se suma al esfuerzo pacificador. Y es claro, igualmente, que la Casa Blanca y el Pentágono no han podido objetar la participación de Cuba y de Venezuela.

Y no es menos claro que para la comunidad internacional, representada en este caso por Noruega, Brasil, Chile, Cuba, Venezuela y Estados Unidos, el presidente Maduro es personaje central e interlocutor válido en este trascendente esfuerzo diplomático en pro de la paz en la región.

Estos hechos expresan claramente que no han prosperado los afanes del aparato mediático internacional por presentar la imagen de un presidente Maduro acorralado, sin futuro, inmóvil y condenado por la opinión pública planetaria. Cuatro o cinco (o cincuenta o cien) guarimbas en los barrios residenciales y de clase media de Caracas y otras urbes venezolanas (violencia callejera exaltada hasta el delirio por el aparato mediático del imperialismo como pruebas del descontento del pueblo venezolano contra Maduro) solo son, como se dice popularmente, fuegos fatuos, alharaca, pirotecnia magnificadas por la prensa más de derecha y antipopular de los países imperialistas y de sus afines en Venezuela y en otras naciones del subcontinente.

Esos fuegos fatuos de las guarimbas, por violentas y sangrientas que sean, no bastan para tumbar a Maduro. Sirven, más bien, para crear un clima de inestabilidad social que pavimente el camino para un golpe de Estado militar, como pasó en Chile en la presidencia de Salvador Allende, o mejor todavía para la plutocracia venezolana, una intervención militar estadunidense, como aconteció en la República Dominicana en 1965, en Granada en 1983 o en Panamá en 1989.

Guarimbas y satanizaciones mediáticas trasnacionales no son suficientes para derrocar a Maduro. Y sin descartarlos, desde luego, un golpe militar y una invasión estadunidense no se miran en el horizonte. Los jefes castrenses venezolanos ya han dicho categóricamente que no se prestarán a una ruptura del orden constitucional. Y con un Nicolás Maduro, con activa y trascendente presencia internacional, tampoco se le ve futuro a una agresión militar yanqui tipo República Dominicana, Panamá o Granada.

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