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Magna / Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Dice Kippling que los reyes Normandos y Angevinos le dieron fondo y forma a Inglaterra “…a golpe de martillo sobre el yunque…”.  Angevinos fueron Enrique II y sus conocidos hijitos por parte de Leonor de Aquitania: Ricardo I, el de Corazón de León, que participó en la Tercera Cruzada, y John Lackland, Juan sin Tierra, el que fue obligado en 1215 por los miembros del Consejo de señores feudales, a firmar la Carta Magna –la madre de todas las constituciones escritas o no-, en una Ciénega hedionda del Támesis conocida como Runnymede. De la Carta Magna deriva el derecho consuetudinario cuyo registro de variantes e interpretaciones se conservan en pergaminos extendidos, o en libros manuscritos o impresos encuadernados. Las interpretaciones y cambios son infinitos. Pero el texto original de la Carta Magna, nadie osa cambiarlo. Y la nación la conoce o tiene una idea de sus normas.

Lo mismo ocurre, como algunas veces se ha mencionado aquí, con la Constitución de Estados Unidos. A partir de la traducción al español que publicó en 2003 el National Constitution Center de Philadelphia, la editorial Porrúa publicó en 2004 “una versión español ingles que efectuaron Rubén Minutti Zanatta y María del Roció González Alcántara Lammoglia, en un esbelto tomo de 100 páginas, 16 cms. de alto por 11.5 de ancho. Las páginas pares contienen el texto original en inglés, y las páginas nones la traducción al español. También aparecen las 27 enmiendas, en número romanos. Las 10 primeras, ratificadas el 15 de diciembre de 1791, “conforman lo que se conoce como la Carta o Declaración de los Derechos Fundamentales”: las garantías individuales, como se denominan en el mundo. En total son siete artículos constitucionales. El VII y último contiene la lista de los 12 estados que la ratificaron el 17 de septiembre de 1787. Todos los artículos y enmiendas caben en 46 pequeñas páginas.

Podría afirmarse que la Constitución estadunidense es reformada cada día. Todas las reformas se consignan en tomos impresos que van ocupando cada vez más anaqueles en la biblioteca del Congreso, de la Supremas Corte, y de los despachos de abogados.

Comenzaron con euforia, las reuniones públicas y privadas, prolegómenos de las variadísimas propuestas para la Constitución de la Ciudad de México, y de nuevas reformas de la Constitución Federal.

Destaca la reunión de prolegómenos a la que asistieron el ocho de febrero los constitucionalistas, analistas, pensadores, Sergio López Ayllón del CIDE, Lorenzo Córdova del IFE, Pedro Salazar Ugarte y Diego Valadés de la UNAM , José Woldenberg, Miguel Alemán Velasco y Alejandro Carrillo. Las reflexiones de Salazar, Woldemberg, Carrillo, Alemán, muy informadas. Córdova, brillante. Diego Valadés, sabio, certero. Templadas las de López Ayllón.

Este último precisó que la Constitución ha sido objeto de 697 reformas. Una buena revelación sería cuáles han sido sus propósitos. Para él, las reformas han modificado radicalmente la orientación y sentido de la Constitución. Dio una buena definición: una Constitución es un arreglo político y normativo que establece las bases sobre las cuales se ejerce el poder de un Estado.

La sabia opción expuesta por Valadés, podría calificarse como prioritaria. Consiste en efectuar antes que nada un proceso de reordenación, “que permita ver el texto constitucional desde una perspectiva estrictamente formal, que la acerque a la población”. Hace 10 o 15 años, el 46 por ciento decía que no la conocía o que la conocía. Hoy dicen conocerla apenas un 22 por ciento”. Antes de reformarla, es indispensable que la mayoría de la población la conozca. Podrían los ciudadanos percibir los efectos que produciría la reforma.