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Malala Yousafzai y la educación / Resplandores / Benjamin González Roaro

  • Benjamín González Roaro

Todos recordamos a Malala Yousafzai, la joven pakistaní que en el 2104, con 17 años de edad, fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose así en la persona más joven en recibir dicha distinción.

La lucha de esta adolescente a favor de la educación de todas las niñas, particularmente de su país, ha sido ampliamente destacada en varias partes del mundo, ya que constituye un ejemplo de determinación a favor de la igualdad y los derechos de la infancia.

La Comisión Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) le otorgó el Reconocimiento por la Igualdad y la No Discriminación 2013, Categoría Internacional, por su trabajo en la defensa de los derechos humanos y el derecho de las niñas a la educación y el desarrollo. Es importante destacar que este premio fue anunciado un año antes de que Malala fuera nombrada Premio Nobel.

Mi interés por abordar este tema no solo responde al hecho de celebrar que México se haya sumado a los reconocimientos expresados a la joven pakistaní, sino también, porque justo ahora que la Reforma Educativa de nuestro país pasa por una de sus etapas clave, debemos mantener el impulso transformador que efectivamente siente las bases para una mejor educación de nuestros niños y jóvenes.

Si México reconoce la lucha de Malala, entonces también deberá tomar en cuenta y llevar a la práctica lo que ella plantea respecto a la trascendencia de la educación.

Cito tan solo dos de sus ideas expresadas en distintos momentos y que me parecen muy relevantes: “un niño, un profesor, un libro y una pluma pueden cambiar al mundo. La educación es la única solución” y, “algunos niños no quieren consolas, quieren un libro y un bolígrafo para ir al colegio”.

Nadie cuestiona el valor de la educación para cambiar la vida de las personas, de las familias y del país mismo. Por eso, más allá de la distinción que México otorgó a Malala, el mejor reconocimiento que se le puede brindar es hacer todo lo posible para que sus aspiraciones trasciendan: para que los niños accedan a una educación de calidad, para que contemos con buenas escuelas y que nuestras maestras y maestros tengan a su disposición las herramientas y los conocimientos que les permitan un desempeño también de calidad.

La apuesta de toda nación debe ser la educación y esta jovencita así lo concibe a su temprana edad.

Estimados lectores, estamos por llegar a una de las etapas más emotivas del año: las fiestas decembrinas y el próximo inicio de un nuevo año.

A lo largo de este 2015, compartí con todos ustedes mis reflexiones en torno a diversos temas de la agenda nacional, en los que aún existen múltiples déficits en el campo político, económico y social, sin lugar a dudas, de todos éstos, el que más urge resolver es el que tiene que ver con las condiciones de vida de las personas, lo que implica superar la pobreza, la desigualdad, la falta de empleos, los bajos salarios, la violencia y la inseguridad, entre otros más.

Para el 2016, seguiré aportando mis puntos de vista sobre lo que aún falta por hacer, invitándolos a emprender pequeños cambios en lo que realizamos cotidianamente, convencido de que la participación, la conciencia y el esfuerzo colectivo también pueden hacer mucho por este país.

A todos ustedes y a sus familias, deseo que tengan unas felices fiestas navideñas, con salud, paz y armonía en sus hogares, así como prosperidad y un venturoso año nuevo.