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“Manos de Piedra”: una biopic salvada por la campana

  • La moviola/ Gerardo Gil

A Manos de Piedra (Hands of Stone, Jonathan Jakubowitcz, 2016) la biopic dulcificada sobre la leyenda del boxeo Roberto Durán Samaniego (Panamá, 16 de junio, 1951), la salva la campana de un oficio narrativo que si bien simplifica demasiado la rica vida de la leyenda boxística, le da agilidad en el relato y cierta simpatía, chispa a los personajes, aunque los presente en una sola dimensión.

Porque en aras de hacer un relato casi didáctico para el público hollywoodense se deja de lado la complejidad acostumbrada de personajes cinematográficos del género boxístico. No es la trayectoria profundamente humana de Toro Salvaje (Ranging Bull, Martin Scorsese, 1980) sobre la vida de Jake La Motay ni siquiera se acerca a la creación del héroe urbano y popular como en el caso de Rocky (John G. Avildsen,1975). Manos de Piedra es un relato plano, incluso simplón, pero en esas características encuentra su fortaleza.

El filme va desde la infancia de Roberto Durán, en medio de los conflictos derivados por el canal de Panamá y sus inicios en el mundo del boxeo a los 16 años en 1968, pasando por la relación con el hombre que lo pulió para la gloria “Ray Arcel” (Robert De Niro) en donde entra una suerte de metaficción ya que la cita y comparación con Toro Salvaje es ineludible, hasta su retiro en el 2001.

El venezolano Édgar Ramírez, en el papel de Roberto Durán, imprime el aire coloquial, tropicalizado que uno esperaría de un personaje de este tipo. El asunto es que esa visión es la que se queda en todo el filme, a pesar de que si se retratan los excesos en espiral característicos de estos personajes.

Un problema de mayor calado inicia cuando se retrata la rivalidad con Shugar Ray Leonard (Usher Raymond) ya que en ese punto la trayectoria del héroe norteamericano, por supuesto en los pantaloncillos del boxeador estadunidense, prevalece y Durán es retratado como un fantoche bravucón. La narrativa del destino manifiesto en Hollywood no respeta ni a las glorias boxísticas.

Más cercano a un telefilme que a una biopic en forma, la película a pesar de todo, por ser un relato comprimido, elemental y ágil, resulta entretenido si uno no se toma demasiado en serio lo que se ve en pantalla. Porque los personajes, debido al primer plano en el que son retratados llevan al espectador a una elemental simpatía o rechazo y no al análisis que los personajes boxísticos acostumbran. Vemos desfilar en pantalla a toda la gama de protagonistas del boxeo como Carlos Eleta, Don King, Frankie Carbo que se quedan en la mera anécdota, pero a Manos de Piedra la salva la campana de la evasión cinematográfica y resulta entretenida si no al primer asalto, antes de la tercera caída.
En corto

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y la Dirección General de Actividades Cinematográficas de la UNAM, presentaron en una función de gala que se llevó a cabo en la Sala Miguel Covarrubias el pasado 8 de noviembre, la versión digitalizada y restaurada de una verdadera rareza cinematográfica: El Puño de Hierro (Gabriel García Moreno,1927).

El filme silente aborda el tema de la drogadicción y el tráfico de drogas en un momento en el que el cine mexicano aun no entraba en su época de oro.

La película es además un ejemplo de cómo nuestra cinematografía en sus primeras etapas, encontraba en el cine realizado y producido en el interior de la República (en este caso en Veracruz) sus primeros intentos – muy afortunado- de realizar una narrativa propia.

Basta recordar que según el crítico e historiador de cine mexicano, ya desaparecido, Emilio García Riera, en Breve Historia de Cine Mexicano la primera película de ficción de nuestro cine fue 1819 o Los Libertadores de Carlos Martínez de Arredondo y Manuel Cirerol Sansores en 1916 en Mérida, Yucatán.

En El Puño de Hierro a través de la historia de una pareja de novios en el que él se hunde en el mundo de las drogas, vemos escenarios no exentos de truculencias y mundos prostibularios muy audaces para la época. Toda una hazaña cinematográfica porque hasta mezcla de géneros con su documental y cine detectivesco le apostó García Moreno en 1927.