imagotipo

Mar de penas

  • Mar de Penas (ajenas) : Java

  • No es el “Elvis mexicano”
  • Feo detalle de la familia
  • Pero qué necesidad, ¿para qué tanto problema?

Es cierto: no exageré cuando en esta columna comparé el duelo por John Lennon y el duelo por Juan Gabriel. Las imágenes de la gente llorando por sus ídolos caídos eran idénticas, lo mismo en el Central Park de Nueva York que en la Plaza de Garibaldi, donde se encuentra una estatua del cantautor michoacano. Las similitudes entre uno y otro van de la mano, aunque ambos transitaban por idiosincrasias diferentes.

La tarde del martes me “clavé” a comer en un bar citadino y todo el tiempo que estuve allí en sendas pantallas de plasma proyectaban videos de Juan en diversas etapas de su vida musical, desde No Tengo Dinero (los años 70) hasta lo más reciente (sus duetos), pasando por sus apoteósicas presentaciones en Bellas Artes y el Auditorio Nacional. Y entonces, transcurrían sus éxitos uno tras otro, uno y otro, otro, otro hasta quién sabe cuántos, reflejando la grandeza de este extraordinario artista mexicano, creador de un vasto repertorio de letras y melodías bellas y pegajosas que se incrustaron en el corazón de la gente.

Precisamente esa fue la clave del éxito de Los Beatles: las melodías bellas y pegajosas de sus composiciones en un vasto repertorio. Música sin melodía, no es música; canción sin melodía, no es canción.

En lo que no estoy de acuerdo es que los franceses consideren a “mi” Juanga el “Elvis Presley mexicano”… quizá por sus atuendos, a veces tan exóticos, a veces tan espectaculares, a veces tan elegantes, pero a veces, francamente, tan horrendos. Dicen que Juan Gabriel requería con urgencia un asesor de imagen, y quizá tienen razón.

Elvis es de otro tiempo. En aquellos ayeres los “Elvis” eran visibles en diversos países del mundo: en EU, desde luego, el Elvis original; en Francia, Johnny Haliday; en Inglaterra la cosa estaba entre Tom Jones y Engelbert Humperdinck; Brasil, Roberto Carlos; España, Miguel Ríos; Argentina, Palito Ortega; México, Enrique Guzmán, quien había nacido en Venezuela. Pero de que hay rock y rock’n roll, del bueno, en la obra juangabrieleana, no me queda ninguna duda.

Lo que me causó pena fue la pésima actitud de la familia que groseramente trató a los medios de comunicación, a tal grado de despistarlos con dos carrozas, una que salió de la funeraria en calidad de anzuelo rumbo al aeropuerto angelino, y una segunda que salió después en dirección al crematorio.

Pero qué necesidad, para qué tanto problema. Juanga se debía al pueblo. Era del pueblo, punto, y el pueblo quería tenerlo, llorarle, cantarle y despedirlo.

Que así sea en el Palacio de las Bellas Artes.