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¡Marihuanadas! / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Para mi desgracia empecé a fumar en los tiempos en que el tabaco era una gloria y sus riesgos, inexistentes. Prendías el cigarro en el cine, en los aviones, en los hospitales. Nadie advertía del peligro durante el embarazo, la posibilidad de un cáncer, o el resto de maldiciones gitanas, hechas públicas, cuando ya estabas enganchado.

Se pasó al terror: Con sacar la cigarrera recibes “miradas que matan”. Hay quienes te hacen gestos en la calle, en los restaurantes –a pesar de encontrarte en las zonas para consumo-. Los aprensivos son capaces de pegarte un bufido, “porque les llega el veneno”.

Te comes las uñas en las juntas y la única aspiración es que termine, para escaparte a apagar el “fuego del deseo”. Reniegas porque te asignaron la oficina en piso alto; para “calmar las ansias” tienes que bajar hasta la banqueta.

Fumar se ha convertido en un lastre, en un gasto espeluznante y, para colmo de males, en un enemigo invencible. Decides que el que consumes es el último de tu vida y, si eres en verdad valiente, el compromiso te dura un par de horas.

La Suprema Corte de Justicia se ocupa de una demanda de Amparo, para la producción personal y el uso de la marihuana. Se dio a conocer el proyecto del Ministro Arturo Zaldívar y como la hiedra, se reprodujeron seguidores incondicionales.

Plantea, en pocas palabras, el derecho al libre albedrío. “Al derecho humano al libre desarrollo de la personalidad y la autodeterminación” (Zaldívar). Que el individuo tenga la posibilidad de elegir lo que quiere hacer de sí, siempre y cuando no afecte a terceros. Razonamiento jurídico impecable, pero sin la visión interdisciplinaria.

Para los defensores del uso de la “verde”, la hierba es inocua y “tiene grandes cualidades curativas”. Como si fueran investigadores del John Hopkins, le atribuyen propiedades milagrosas. Exigen tolerancia, de quienes opinan diferente, pero se ponen como energúmenos hacia quien argumenta en contra.

La “mota” se pone de moda y “no hace daño”… salvo el de añadir un vicio más, a la lista de los que tendríamos que evitar. Insisten es menos perjudicial que el alcohol y el cigarro. Conclusión: Súmese al paraíso del “importamadres”, actitud frecuente de adictos a la canabis.

Sostienen que se acabaría con la violencia del narcotráfico, como si los mafiosos fueran a volverse monjas. La delincuencia organizada lo seguirá siendo y sólo “cambiará de mercancía”.

Soy de la generación del boom de la marihuana, de los hi-ppies, los Beatles y la guerra de Vietnam. En las universidades te veían como a mamut, si no “le entrabas”. No había fiesta en la que no circulara y el nauseabundo olor (Aunque se “empadronen”), se impregnaba en la ropa y la nariz de los presentes.

Con el “pasón” se acababa el jolgorio: O se reían como imbéciles, o se quedaban como idiotizados. Imposible la comunicación salvo que, con estoicismo te dispusieras a escuchar repetitivas cantaletas.

De aprobarse vendría el problema gravísimo de la reglamentación. No al cigarro y ¿sí a que se use marihuana en locales públicos? ¿Y el ejemplo para los niños? Si el consumo del alcohol y el tabaco, empieza ahora a los 10 años, súmele la mota.

Nos quieren convertir en una mala copia de los yanquis. Mala, porque solo adoptamos lo negativo. Se eluden estudios serios, opiniones de especialistas en adicciones y de quienes conviven con la tragedia de tener un adicto en casa. Viva el derecho a ser libres, facultad que se anula cuando te incapacitas para decidir, por la esclavitud de una adicción.
catalinanq@hotmail.com

Tuiter: @catalinanq