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Más allá de Juan Gabriel

  • Pedro Peñaloza

“El mexicano es un ser que cuando se expresa se esconde”. 

Samuel Ramos

1. La necesidad del sufrimiento. El mexicano llora a sus ídolos y lo hace en serio, con dramatismo, liturgias y mucho llanto. La deseada identificación con la estrella se convierte en guía para vivir. El luto es el uniforme aceptado por una colectividad que se asume como el ejército vigilante del alma inmortal que pulula en todos lados y en ninguna parte. Enunciar la noticia de que se fue el cantante o el actor es la catarsis imprescindible para reñir con la muerte, encararla y respetarla. Ya viajaremos todos a ese lugar indeterminado. Por lo pronto, las lágrimas se convierten en testimonios de sal, por esa necesidad imperiosa y sublime de mostrar nuestras vulnerabilidades y entonar que nos quedamos a sufrir las ausencias.

2. La muerte tiene permiso. La huesuda puede llevarse a quien sea, pero ¿Por qué te llevas a Pedro Infante, a “Cantinflas “a “Resortes”, a “ Tin Tan”, a Sara García, a Luis Aguilar, a Javier Solís…? ¿Ahora quién me hará reír, cantar y sufrir? ¡No! Ellos no se pueden ir, son inmortales; sus películas y canciones nos acompañan y motivan. La vida tiene sentido cuando los veo y revivo. Son mis acompañantes en mis soledades y en mis encuentros con el dios Baco y a veces el de Marlboro ¡Carajo! Sí, todo tiempo pasado fue mejor, el presente no puede compararse con ese mundo fascinante de arrabales, de besos inocentes y ficticios y de finales felices y desgarradores. Ahí está “Pepe el Toro”, “Ustedes los ricos” y “Nosotros los pobres”, trilogía insuperable para inyectar conformismo y mandatos divinos. Se es pobre, pero digno. Faltaba más.

Muchas generaciones fueron alimentadas y educadas por una pléyade de actores y actrices. Fernando Soler nos enseñó cómo se educa a los hijos (“hágase a un lado”); Marga López proyectó la educación a la mujer abnegada, que soporta todo de “su hombre”; Joaquín Pardavé fue el juglar del humor y la ocurrencia; de manera singular los hermanos Soler mostraron la versatilidad de los actores de altura.

3. El desahogo sentimental como medida social. Agruparse para las despedidas mortecinas de famosos une a ricos y pobres. Ahí sí, pero no en los cines, en los restaurantes, en la vivienda, ni en la vida misma. La fractura social está en todas partes. Por eso las películas de los 50 eran para mediatizar, evadir la realidad y con poca reflexión (con las excepciones del gran Luis Buñel, en “Los olvidados”). Los dolientes de los ídolos del momento desfallecen y reviven. Les duele las partidas pero no para morirse con sus referentes.

4. Un ídolo heterodoxo y provocador. Juan Gabriel rompió con las etiquetas, los estereotipos y los estigmas. Sus letras eran indistintas, aceptadas por hombres y mujeres. Los destinatarios variaban y tod@s las coreaban. Las mujeres le lanzaban piropos y los varones le hacían coros. Ahora en Bellas Artes y en diversos lugares se congregaron sus fieles seguidores. Los machistas entonan sus canciones y hasta le lloran, no cuestionan su orientación sexual. Los muertos son inatacables. Si, como lo fueron otros ídolos y otras musas. Tiempos de llorar y de nostalgias. Ya sufriremos por los futuros muertos. Ahora es momento estelar para el duopolio televisivo que transmite a los “nacos” evocándolo y a los “pirruris” llorando. El oportunismo no tiene límites ¡Salud!
pedropenaloza@yaho.com/Twitter: @pedro_penaloz