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Matones y besos

  • Paul Krugman

  • Paul Krugman

Primero que nada, aclaremos esto: la Federación Rusa del 2016 no es la Unión Soviética de 1986. Cierto, cubre la mayor parte del mismo territorio y la gobiernan algunos de los mismos matones. Sin embargo, ya no está la ideología marxista ni tampoco el estatus de superpotencia. Estamos hablando de un petro-Estado, más o menos corrupto, como cualquier otro, aunque es verdad que es uno grande que resulta que tiene misiles nucleares.

Menciono todo esto porque el efusivo elogio que Donald Trump hizo de Vladimir Putin -lo que, de hecho, refleja un sentimiento bastante común en la derecha- parece haber confundido a la gente.

Por una parte, algunos expresan desconcierto por el espectáculo de los derechistas -el tipo de personas que solían gritar: “¡Estados Unidos, quiérelo o déjalo!”- que elogian a un régimen ruso. Por el otro, unas cuantas personas de la izquierda son antiputinistas y dicen que las críticas al amor de Trump por Putin son “carnada roja”. Sin embargo, la Rusia de hoy no es comunista, ni siquiera izquierdista; solo es un Estado autoritario, con un culto a la personalidad en torno a su hombre fuerte, que le derrama beneficios a una oligarquía inmensamente acaudalada, mientras suprime con brutalidad a la oposición y la crítica.

¿Estoy siendo injusto? ¿Podría el elogio al dictador de facto de Rusia reflejar el aprecio por sus logros sustanciales? Bueno, hablemos de lo que el régimen de Putin ha, de hecho, logrado, empezando con la economía.

Putin llegó al poder a finales de 1999, cuando Rusia se estaba recuperando de una grave crisis financiera, y sus primeros ocho años estuvieron marcados por un crecimiento económico rápido. No obstante, este crecimiento se puede explicar con una sola palabra: petróleo.

Dado que Rusia, como he dicho, es un petro-Estado, los combustibles representan más de dos terceras partes de sus exportaciones, y las manufacturas apenas una quinta parte. Los precios del petróleo más que se triplicaron del 1999 al 2000; unos cuantos años después se volvieron a más que triplicar. Luego se hundieron, al igual que la economía rusa, a la que le ha ido muy mal en los últimos años.

De hecho, Putin tendría algo de lo que alardea, si hubiera logrado diversificar las exportaciones de Rusia. Y ello habría sido posible porque el viejo régimen dejó tras de sí un enorme cuadro de trabajadores altamente cualificados.

De hecho los emigrados rusos han sido una fuerza clave detrás del asombroso auge tecnológico de Israel; y pareciera que el Gobierno de Putin no tiene ningún problema para reclutar a talentosos piratas cibernéticos para meterse a los archivos del Comité Nacional Demócrata de Estados Unidos. Sin embargo, Rusia no realizaría su potencial tecnológico en un régimen en el que el éxito empresarial depende, principalmente, de las conexiones políticas.

Así es que el manejo económico de Putin no es nada de lo que valga la pena escribir. ¿De cuáles otros aspectos de su liderazgo?

Claro que Rusia tiene un ejército enorme, al que ha utilizado para anexarse Crimea y apoyar a los rebeldes en el este de Ucrania. Sin embargo, esta demostración de fuerza ha hecho más débil a Rusia, en lugar de más fuerte. Crimea, en particular, no es la gran conquista: es un territorio con menos gente que Queens o Brooklyn, y, en términos económicos, es una carga más que un activo, ya que la toma del poder por parte de los rusos ha debilitado al turismo, su sostén previo. Y, además, en forma extraña, algunas personas piensan que hay una contradicción entre la burla demócrata que se hace del “bromance” de Trump y Putin, y la burla que hizo el presidente Barack Obama de Mitt Romney hace cuatro años, cuando éste dijo que Rusia era nuestro “enemigo geopolítico número uno”. Sin embargo, no la hay: Rusia tiene un régimen horrible, pero, como dijo Obama, es una “potencia regional”, no una superpotencia como la antigua Unión Soviética.

Finalmente, ¿qué hay con el poder suave, con la capacidad para persuadir por medio del atractivo de la cultura y los valores propios? Rusia tiene muy poca, excepto, quizá, entre los derechistas que encuentran atractivas a su pose de macho y su inflexibilidad.

Lo que nos trae de vuelta al significado del culto a Putin y a la forma en la que el candidato republicano a la presidencia estadunidense se ha unido a este culto con entusiasmo.

Hay buenas razones para preocuparse por las conexiones personales de Trump con el régimen de Putin (o con los oligarcas cercanos a ese régimen, lo que es, efectivamente, lo mismo.) ¿Qué tan crucial ha sido el dinero ruso para sostener al desvencijado imperio empresarial de Trump? Hay indicios de que, en efecto, puede haber sido muy importante, pero dado el gran sigilo de Trump y su negativa a dar a conocer sus declaraciones fiscales, nadie sabe en realidad.

Más allá de eso, no obstante, admirar a Putin significa admirar a alguien que desprecia a la democracia y a las libertades civiles. O, con mayor precisión, significa admirar a alguien precisamente por eso.

Cuando Trump y otros elogian a Putin como “un líder fuerte”, no quieren decir que haya hecho que Rusia vuelva a ser grande, porque no ha sido así. Ha logrado poco en el frente económico, y sus conquistas, tal como están, son bastante lamentables. Lo que ha hecho, no obstante, es aplastar a sus rivales internos: te opones al régimen de Putin y es probable que termines en la cárcel o muerto. ¡Fuerte!