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Medieval

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

La Inquisición nació en Alemania, fundamentada en el decreto suscrito por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I, Barbarroja y el Papa Lucio III –Ubaldo Allucinoli– en Verona el 4 octubre de 1184, denominado “Ad abolendum”, conocida también como la Carta fundacional del Tribunal de las Santas Preguntas, –la Santa Inquisición– cuyo objeto era la represión de los “herejes.” Iglesia y Estado se dividieron el trabajo: el Tribunal decretaría la excomunión. El Estado, brazo secular de la Iglesia, se encargaría de aplicar el castigo: la hoguera, la cárcel o de declarar una guerra o una guerrilla.

El Papa Lucio III las pasó mal porque desde el inicio de su acenso al trono pontificio se negó a conceder a los aristócratas los privilegios que habían gozado con el anterior Papa. Así comienza la pugna entre quienes querían conservar los privilegios y los que trataban de evitar que la Iglesia los otorgara. Las luchas entre los buenos y los malos se inician en 1184. Los que pugnaban o peleaban por conservar privilegios eclesiásticos, habrían de ser conocidos como “Conservadores”. Los que se oponían a los privilegios eclesiásticos y al conservadurismo de la Iglesia, habrían de conocerse como “Liberales”. Y desde entonces existe la lucha entre políticos creyentes identificados como Conservadoresy los políticos que rechazan tales privilegios, señalados como Liberales.  Ya bien entrado el siglo XIX, a partir de la gran reforma política inglesa de 1834, las discrepancias y luchas políticas estallan, simplemente, entre liberales y conservadores. Claro está que hay diferentes matices y actitudes de quienes son identificados como tales.

El esbozo en unas cuantas líneas de esa milenaria pugna bien vale la pena para identificar al grupo de interés particular que mantiene en la incertidumbre a la entrañable República de Colombia. Ese grupo conservador a ultranza, hizo a un lado los cuatro años invertidos en un largo proceso de avenimiento, de conciliación en La Habana.  El factor que propició el ¡No! a los acuerdos de paz para concluir la guerra de guerrillas más larga en la historia contemporánea, mientras no se castigue a quien mató a su señor padre se llama Álvaro Uribe. Él busca a un hombre o a un grupo de hombres a quien imputarle el deceso de su padre. Propósito que respetamos, lo mismo que respetamos la memoria que tiene de él el expresidente Álvaro Uribe. No respetamos el intento de sujetar la paz en una nación al castigo de quien o quienes propiciaron la muerte de una persona. Ninguna guerra debe continuar hasta encontrar a cada uno de los que mataron a los respectivos adversarios. Los procesos bélicos, los conocidos como guerras o como guerrillas, nunca tendrían final. ¿O la condición “sine qua non” para concluir la confrontación es encontrar a quien mató al padre de algún privilegiado por linaje o por posición económica o identificación política?

Un grupo de hombres honestos, equilibrados, prestigiados ya designaron a quien merece por su esfuerzo, su tenacidad, su equilibrio emocional, el Premio Nobel de la Paz. Álvaro Uribe debe recapacitar. Debe dejar de exigir un criterio imposible de alcanzar para terminar una guerrilla durante la cual mataron a muchos padres, madres, hijos y hermanos. El problema de la conclusión está dentro de la axiología, los valores, la ética. Nada tiene que ver con las particularidades o posición social de una personalidad medieval.