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Mensajero

  • Pablo Marentes

No importa cómo los representen. Los dibujantes, los pintores, los escultores del Medievo o del Renacimiento sin excepción los sitúan en el ambiente que ellos propician para los seres ajenos a la poesía, pero muy sensibles a las más sencillas expresiones de afecto y respeto y actitudes pródigas en propósitos buenos y generosos. Y sus características quedan integradas en una expresión que siempre está en la punta de la lengua: ¡es un ángel! No requieren otra proclama. Los ángeles de aquí, de la tierra, que no de la imaginación, se hacen sentir por lo que son y por lo que hacen aquí, para todos, con desinterés y acierto y eficacia.

Evocar a un hombre que compartió su inteligencia y sus bienes con quienes lo conocieron y también quienes no lo conocieron, es un ejercicio estimulador de los mejores propósitos. Ángel Lozada Gómez era un ángel muy de la tierra que hizo del cultivo y la distribución de los alimentos y los productos de la tierra, un menester virtuoso. Nunca especuló con ellos. Inventó modos de hacer cultivos e intercambios que propiciaron acciones benéficas, sobre todo para quienes no podían disfrutarlos sino dentro de la escasez, no de la abundancia. Recordó siempre, con fruición cuando en una calle de Apan, donde él vivía, le pidió a una señora que tenía un tablón de frutas, que le fiara unos plátanos. ¡Qué hambre tenía! Contaba que se los comió tan rápido que le provocaron hipo. Al día siguiente comenzó a trabajar. Una semana después fue a pagarle y le dio un beso a su benefactora. ¡Siempre la recuerdo! Al iniciar estas líneas recordé que en una semana de estrecheces, caminaba yo por Madereros –hoy Constituyentes-. En la contraesquina del Panteón de Dolores no pude evitar detenerme unos segundos en el umbral de una tortillería. Una dadivosa mano se extendió y me regaló una tortilla que me supo a gloria. Volví días después. Le llevé una flor a mi benefactora. La recibió con agrado. La recuerdo siempre. Y la sigo saludando. La lección de don Ángel demostró su eficacia en iguales circunstancias, las mismas que él preconizaba en una triada virtuosa: reconocimiento, gratitud y justicia.

En vísperas de un “destape” presidencial, asistió don Ángel a una comida con un grupo de amigos que habían invitado a los sabios de la política de ese entonces. Alguien propuso que se registrasen en un papel, los pronósticos de cada quien. Previamente cada uno daría a conocer las razones de su vaticinio. Las leerían después de las elecciones. De entre los doce comensales el acertado fue don Ángel. Y explicó el porqué de su acierto. Los argumentos tenían la fuerza de la inteligencia analítica de alto rendimiento.

Hace unos días doña Tere, su tierna y muy inteligente compañera se fue a reunir con él. Mujer de sensaciones, sentimientos y capacidad de pronósticos existenciales acertados, deja una estela de obras, de quehaceres útiles, de señalamientos generosos que a muchos auxiliaron en momentos de incertidumbre. Una pareja excepcional de españoles mexicanos nos deja un largo catálogo de cercanías oportunas en momentos de zozobra familiar y existencial. Y también de alegres momentos que ellos hicieron perdurables. Su presencia será nuestra, para siempre.