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¡Merceditas, por Dios! / Ramón Ojeda Mestre

  • Ramón Ojeda Mestre

No me juzgue con precipitación, implacable y atractiva lectora, ni usted severo núbil o senil neoliberal, no es que sea un barbaján, aunque en veces el maestro Rogerio Fentanes Lavalle así me calificara por mi lenguaje alvaradeño en la juventud. No, yo no me atrevería a evocar tan igualadamente a la doctora Mercedes Juan López, secretaria de Salud de este tormentoso régimen, a pesar de tener con ella una cercana camaradería desde hace muchos años.

Nombré al artículo, cuya lectura sufren, porque recordé que en el aristocrático Internado Federal #3 para hijos de trabajadores, en Orizaba, Veracruz, al salir nos escapamos mi adolescente novia y yo a un remanso del Río de  Los Totolitos y estando abrazaditos tiernamente oímos el grito epónimo de su mamá que no olvidaré: ¡Merceditas, por Dios! Creímos que era una sonora admonición por nuestros arrumacos, pero no, le completó diciendo: ¡que se van a caer al río! Y la señora, salida de la nada, desapareció. Desde entonces creo que un mundo nos vigila.

Por eso yo exhorto a Mercedes Juan López, al SNTE y a todas las organizaciones gremiales, al precandidato de la SEP y al de Semarnat, la que actualmente se halla en agonía, no el joven y distante titular, e incluso a las vergonzosas, vergonsonsas y vergonzantes Cámaras y a todos los padres irresponsables, a afrontar la gravedad de que seamos el número uno del mundo en obesidad infantil.

Es un drama. Uno más de los que ya padecemos, como el de la pobreza, la violencia, la corrupción y la impunidad, la desnutrición o el alcoholismo. Sí, pero este flagelo afecta muchos aspectos medulares del futuro de nuestra atribulada nación. Un niño con obesidad no solo sufre su adiposa diferenciación y hostigamiento en casa, calle y escuela, sino que aprende menos y puede practicar menos deportes, educación física o excursiones y bailes. El gordito o las infantitas con sobrepeso se sienten asaz desdichados. Cosa curiosa, son más propensos a adquirir otras enfermedades. Sí, otras, porque aunque el “Gobierno” lo soslaye y siga dejando que vendan comida chatarra y bebidas empanzonantes por todos lados, la obesidad es una patología y es un problema de salud pública.

Creemos que tener un niño o niña con obesidad es un asunto familiar, sin colegir que es un problema de descuido, desatención o ineficiencia gubernamental. Me consta que a los niños ya les están inculcando conocimientos acerca de las comidas sanas. No basta, hay que atacar la causa Mercedes, Doña Mercedes, Dra. Mercedes Juan, maestros y padres de familia, pero sobre todo las autoridades. La causa está en todos los alimentos inadecuados, embutidos, enlatados, ensobretados, congelados, preservatizados, colorizados y en carnes llenas de hormonas. Los refrescos, los malditos refrescos, las bolsitas de frituras y fritangas con aceites de la peor ralea y un montón de cosas más, como diría Atahualpa Yupanqui. O beaucoup de choses plus, como diría el matoncete francés de los matoncetes arábigos u lo que sean.

En Acayucan, Veracruz, un alcalde torpe trata de resucitar un basurero ya clausurado junto a un arroyo, para seguir lucrando y lo mismo en Los Cabos con los basureros a cielo abierto de La Candelaria, Migriños, Palo Escopeta y La Ribera, para seguir violando la Norma 083 ante una Profepa de carcajada, como en todo el país. Pero en Acayucan promueven que los niños coman chatarra y refrescos para lucrar más y generar más basura que a su vez le deja más dinero ilegal a los trashficantes ilícitos. Solo me queda exclamar: Merceditas, por Dios.

rojedamestre@yahooo.com