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Mexicano

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

Samuel Ramos inició la crítica antropológica que permitió señalar la existencia de un ente biológico social-cultural denominado EL MEXICANO.  Cuando fue director de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, promovió el estudio sistemático de la “Filosofía del mexicano”, es decir, de El hombre Mexicano. Pero la filosofía devino en sicología ayudada por el empleo de las técnicas del sicoanálisis profundo de Freud que lo llevaron a afirmar que el hombre mexicano es un “acomplejado” atávico, es decir: nos mantenemos en una condición heredada de nuestros remotos e inmediatos antepasados. Ramos no tenía habilidades literarias. “El perfil del hombre y la cultura en México”, título del libro en que expone sus creencias y afirmaciones derivadas de su estudio es un tomo árido pletórico de afirmaciones contundentes.

La segunda explicación del comportamiento del mexicano es la que aporta Octavio Paz en su leidísimo “Laberinto” –de la soledad-. El mexicano que no trabajó como bracero, sino que   lo contrataron en hoteles y restaurantes, se volvió pachuco de Los Ángeles o San Diego. A partir de esa experiencia, cuando regresó no quiso volver a su origen mexicano pero tampoco fundirse en la vida norteamericana. “Todo él es impulso que se niega a sí mismo, nudo de contradicciones y enigmas.”

Y de la negación existencial en que vive el bracero pachuco, salta Paz a las máscaras que a él le parece que usamos todos los mexicanos: viejos o adolescentes, criollos y mestizos, general, obrero o licenciado, el mexicano se le aparece “como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa.” Enseguida nos lleva de la mano hacia la soledad angustiosa de Todos Santos y Días de Muertos para que admitamos que somos, la gran mayoría, hijos de la Malinche.  Y en el apéndice, su Dialéctica de la Soledad nos conduce a su conclusión de que en las sociedades industriales, hombres y mujeres “se empeñan en transformar las diferencias humanas en uniformidades cuantitativas.”

Casi sincrónicamente, Santiago Ramírez, el gran psicoanalista, afirmó que los españoles escinden la consciencia del mexicano, le siembran una nueva cultura y de ese choque de culturas emerge el mestizo prototipo, del que todos somos producto.  Ese es nuestro origen y causa. El niño mestizo mantiene un odio latente hacia su padre que lo conduce a buscar refugio en su madre.  La amamos porque nos alimenta con sus pechos. Pero la odiamos también, por débil: deja dominarse por nuestro padre.

En los sesenta y tres años que han transcurrido desde la publicación de los libros de Ramos, Ramírez, Paz y Zea, el mexicano mestizo, en rigor el mestizo y el indio,  siguen aislados por que quieren, porque no hemos trascendido la circunstancia en que nos colocó la trasformación de nuestro origen cuya historia la escinde la Conquista y hay dos México o tres o 573 si le agregamos los 570 municipios oaxaqueños: porque los mestizos y los indígenas no nos hemos empeñado en transformar nuestras diferencias humanas en uniformidades cuantitativas.  Nos hemos negado a convertirnos en entidades estadísticas. A pesar de que las entidades administrativas que llevan estadísticas ya nos transformaron en numeritos y numerotes. Y allí nos quedaremos. Porque ni el presupuesto nacional ni el talento administrativo alcanzan. Están… ¡están  mermados!