imagotipo

¡México clama por justicia!

  • Betty Zanolli

  • Betty Zanolli Fabila

Tal pareciera que estamos en el final de los tiempos. Y sí, lo estamos. Vivimos en el pico crítico en el que estructuras, instituciones y sociedades están reconfigurándose sin cesar prácticamente en todo el orbe, pero es una crisis sui géneris, porque como nunca antes está globalizada y ataca a todos los órdenes y espacios, aunque por supuesto, cada orden y espacio la padezcan a su vez de modo específico. ¡Todo está en crisis! Democracia, derechos humanos, nacionalidades, sistema de partidos, Estado de Derecho, parlamentarismo, sindicalismo, el orden político en su conjunto, lo mismo que el social, los grandes paradigmas y valores: crisis humanitaria global en escalada.

Y no podría ser de otra forma. La política está agotada porque la democracia se ha devastado a sí misma por múltiples causas: la sociedad “posmoderna” no cree más. Las últimas décadas terminaron de sepultar la confianza en ella. Líderes y representantes del pueblo, además de ser corruptos y de abusar sin límite ni vergüenza del poder y de los recursos públicos, son incapaces al conducir los destinos de sus respectivas naciones; se erigen primeros en traicionar la fe que les depositó el pueblo elector; incumplen sus promesas de campaña y desprecian al cadavérico Estado de Derecho. Y mientras, la lucha antiterrorista justifica el restablecimiento de la seguridad a costa de restringir todo régimen de libertades y los “estados de excepción” van brotando y extendiéndose por todo el orbe, como preludio de nuevas y “modernas” dictaduras.

En cuanto a la crisis económica mundial, el neoliberalismo campea, descarnado, imponiendo el despojo despiadado como eje de acción y los vaivenes contrademocráticos que lo mismo han resquebrajado a la Unión Europea -como con el brexit-, que al equilibrio de fuerzas entre países -proceso aún más precipitado con la llegada de Donald Trump a la presidencia estadunidense- al grado de tener a la humanidad al borde de una nueva y hecatómbica conflagración mundial. Nada nuevo ni sorprendente: múltiples estudiosos habían ya advertido del fin del Estado, del sistema de partidos y del poder político ante el capital.

Es lógico: las ideologías se han trastocado, radicalizadoy, por supuesto, corrompido, como lo ilustra el caso particularmente de nuestro país: México. Nación violentada históricamente por extraños y devastada permanentemente por los propios, dotada de un pueblo carente de identidad pero sobre todo de amor y respeto por su Patria, como lo evidencia el credo de su sistema político: corrupción. Dimensionemos tan solo los casos más recientes, icónicos: los exgobernadores Tomás Yarrington y los Duarte: César y Javier, y sus inconfesables e interminables redes de complicidad. Para tener una idea de lo que se les imputa, tan solo de Javidú se habla de un desfalco de entre 35 y 70 mil millones de pesos (discrepancia abrumadora porque la “verdad” difícilmente la sabremos). Esto es, casi tres veces el presupuesto del Conacyt o el de la Defensa Nacional para 2017.

Pero si esto no bastara, consideremos que ha sido el mayor fraude en la historia del país y que no ha habido robo en la historia del mundo equivalente a dicha magnitud, ni a banco o galería de arte alguno. Fortuna que lo ubica entre los hombres más ricos del planeta, aún más de lo que alguna vez se le atribuyó a Joaquín Guzmán Loera. Por eso la sociedad mexicana está indignada, porque teme lo peor, lo de siempre: que no pase nada. ¡Está harta del cinismo, doble discurso, engaño, inmoralidad y mentira con la que se le habla, de la violencia y corrupción, de despojos y desfalcos, muertes y desapariciones! ¡Pero aún así, ahogada por la desesperación e impotencia, clama por Justicia!
bettyzanoli@gmail.com

@BettyZanolli