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México y los silencios del discurso papal (II) / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

Grandes expectativas se guardaban en torno a los discursos papales y para muchos hubo desencanto porque su discurso no cubrió las expectativas, resultó tibio, limitado, pero sobre todo omiso al haber guardado silencio sobre temas álgidos para el Vaticano y para México, como la pederastia y Ayotzinapa. “Se refugió nuevamente en la generalidad”, “argumentación deplorable, elusiva y servicial”, dijeron más de uno de sus acendrados críticos.

Sin embargo, deberíamos realmente preguntarnos por qué se esperaba que el papa Francisco fuera más explícito. Y la razón de ello más bien la encontraríamos en haber estado confiados de que alguien viniera a nuestra nación para decir lo que la gran mayoría callamos. Como jefe de Estado y como representante máximo del catolicismo, su posición es particularmente delicada, está entrampado, por eso mismo cuando se encuentra de visita oficial fuera de Roma, de alguna forma debe ocupar una posición salomónica. “Al servicio de los intereses del Gobierno mexicano”, dirán algunos. No obstante, si escuchamos o leemos con atención sus distintos mensajes, podremos constatar que pese a cualquier freno que hubiera podido existir en el seno vaticano para que sus discursos estuvieran matizados, en el fondo sus planteamientos son incendiarios.

Tal vez no hayamos encontrado las palabras que creíamos y queríamos haber escuchado de sus labios, pero en el discurso papal se encuentra el trasfondo por el que clamábamos, cuando menos muchos de los que estamos convencidos de que en nuestra nación lo más grave que enfrentamos -aún más que la violencia y la inseguridad y por encima de la corrupción y la impunidad- es nuestra pérdida crasa de valores. Sus discursos no solo confrontan a quienes hacen de la riqueza, vanidad, fama y orgullo eje de su vida -comprendidos políticos, explotadores y sicarios de todo tipo-, exigen a los jerarcas de la Iglesia mexicana que reencaucen su actuar y a los religiosos que luchen contra “la tentación” de escuchar la voz del mal, imponiéndonos su relectura y análisis, porque más que nunca el Papa ha hablado en parábola y toda parábola está llena de significación.

Sí, no habrá sostenido los encuentros específicos que para muchos hubieran sido significativos; fue “secuestrado” por la élite política y económica, pero sus mensajes están allí y la tarea de hacerlos palabra viva y de sacudir la conciencia colectiva, no es tarea exclusiva del Papa. Lo es de todos nosotros, y tan lo es que aún sus denostadores evidencian la necesidad latente en nuestra sociedad de ser sacudidos y escuchados: estamos ávidos de que algo o alguien rompa nuestro silencio. Somos una sociedad violentada y violada, que se ha refugiado en el silencio por el temor, pero mientras esperemos que otros sean los que hablen por nosotros y hagan la tarea que debemos nosotros mismos hacer, fracasaremos. Sus emblemáticos encuentros -como el homenaje luctuoso al obispo Samuel Ruiz-, el texto papal y sus silencios así también lo demandan. El reto ha quedado allí, su llamado universal a la sociedad, y en particular a los feligreses católicos está dado.

Luchar por la dignidad, integridad y vida humanas, por la misericordia y reivindicación de los indígenas, por la rehabilitación social que conjure la necesidad de cárceles -”espacios de muerte” como les denomina-, luchar contra la indiferencia, marginación, pobreza, violencia y explotación, entre otras tareas, son algunos de los tantos llamados que en sus textos obran, pero sobre todo es y será en sus silencios en donde estamos convocados para actuar. El mayor de todos: el silencio que sucede a la partida de alguien. El silencio en el que nos encontramos hoy y en el que estamos desde hace mucho tiempo instalados.

Jorge Mario Bergoglio nos ha invitado a reflexionar en silencio y desde él luchar por romperlo. En su silencio está la voz, el llamado para transformarnos. No es nuevo. Lo sabíamos, pero el Papa nos lo ha recordado. Mientras sigamos como estamos y la transformación no se produzca en nosotros, nada nuevo ni mejor podemos esperar. El propio Steiner lo ha dicho: “revalorar el silencio es uno de los actos más originales y característicos del espíritu moderno”, y solo él nos puede permitir la asunción del compromiso y deber que tenemos para reformular la sociedad en una nueva, fincada en el rescate de los valores perdidos. Hacer del llamado al silencio, reflexivo y sonoro, nuestra praxis de cambio, sería una de las grandes herencias que pudiéramos recoger de la visita del papa Francisco al pueblo de México.
bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli