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México-París / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

No es un anuncio de vuelo directo a “la Ciudad Luz”, “le Ville Lumière”, sino la unión de dos nombres para resaltar la relación que existe entre París, capital de Francia y de la región conocida como “Île de France” (Isla de Francia), bella entre las bellas por estar situada a ambos márgenes de un largo meandro del río Sena, y nuestro país (aparte por supuesto de avatares históricos de sobra conocidos); joya que visitan más de 42 millones de personas al año, asiento de grandes epopeyas que han formado la cultura occidental y cuna de universidades cuyo prestigio e influencia son reconocidos en todo el mundo. Cultura occidental con vasos comunicantes muy finos, y obviamente diferencias, con la llamada cultura musulmana. Prueba elocuente de ello son el Al-Ándalus en la península ibérica, cuando Aristóteles entró en Occidente traducido por Averroes el jurista y Avicena el médico filósofo, y la Septimania, en la provincia romana de Galia Narbonense, donde el poder musulmán dejó una huella memorable en todos sentidos. Al respecto tampoco se puede omitir la hazaña de Karl Martell al impedir que el califato omeya se adentrara más allá del centro de Europa, derrotando a las fuerzas árabes en la célebre batalla de Poitiers en el año 732 d.C. Poitiers, donde brilla entre atmósfera dorada la maravillosa iglesia de Notre Dame (Nuestra Señora)-la Grande. Recuerdo lo anterior porque Oriana Fallaci, la magnífica escritora, periodista y activista italiana, cuando entrevistó nada menos que a Yasir Arafat, presidente que fuera de la Autoridad Palestina, le oyó decir premonitoriamente que “los países árabes tenían como arma principal el vientre de las mujeres occidentales…” Lo que hoy probablemente resuena en los oídos de millones de franceses y europeos sobrecogidos por los recientes atentados terroristas. El hecho es que un francés (Ismail Omar Mostefai nacido en Francia) y un belga de origen marroquí, comprometidos con el Islam, hicieron temblar a París la noche del 13 de noviembre del año en curso. ¿Cuántos más hay como ellos? Arafat tuvo la razón. Lo terrible, empero, es que la vinculación de culturas se vuelva choque sangriento que poco tiene que ver con la noche de Walpurgis. Sin embargo brujas montadas sobre ametralladoras recorrieron París ese 13 de noviembre.

Mi temperamento no es el hundirse en el pesimismo, en el catastrofismo. Yo no denuncio ni pronostico gravísimos males. No va conmigo. Y no va porque creo firmemente en la constante renovación de la humanidad, en el poder del espíritu de la humanidad, no importa que en medio de espantosas tormentas sociales. He allí, por ejemplo, la siguiente paradoja o contradicción. Se cimbró París, punto de referencia de prodigios culturales que han iluminado el penoso camino del hombre en la historia. O sea, el terrorismo golpeó algo que es, que existe, y que no ha desaparecido; algo que mantiene vivo el fuego de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad. Pensemos en las dos guerras mundiales del siglo XX y en la opresión que sufrió París, medio aniquilada por las hordas del nazismo. Y se levantó del polvo enseñándole al mundo el valor del ideal. Es decir, que el terrorismo puede sin duda sembrar muerte, discordia y pavor. Pero no tiene la capacidad de desaparecerlo todo, ni siquiera infiltrándose en el vientre de las mujeres occidentales. ¿Violación tumultuaria, ésta, o episodio romántico como tantos que se vivieron y escribieron en la España musulmana? Yo me quedo, en medio de la penumbra en que hoy se vive, con el arte mudéjar de Andalucía, con las mezquitas moras de Córdoba y repito, conmovido, con Manuel Machado que “tengo el alma de nardo del árabe español”. No, no creo en el exterminio total ni tampoco en la pérdida de los valores de Occidente. Quién sabe qué pasará, guerra o guerras, pero la luz del fuego de Prometeo no se puede extinguir. En suma, el terrorismo con su cauda de horror debe ser combatido, eliminado, lo que no implica que la desviación de una gran doctrina sea esa doctrina. La historia siempre juzga y determina. Esperemos que en medio de tantas desgracias la paz se vaya abriendo camino. “La luz no se extingue”, dijo Goethe.
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