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El México que recibió al papa Francisco / Resplandores / Benjamin González Roaro

  • Benjamín González Roaro

Ayer concluyó la visita del papa Francisco a México; siendo la población de nuestro país mayoritariamente católica, es comprensible la emoción que invadió a la inmensa mayoría de mexicanos, para quienes la llegada del Sumo Pontífice representó una oportunidad para renovar la fe y el optimismo ante los graves problemas que vivimos.

Algo debe pasar en nuestro país cuando para millones de personas la llegada del Papa fue vista como un momento de esperanza y aliento. Pareciera como si los mexicanos encontraran en el Obispo de Roma un poco de alivio al sufrimiento producido por múltiples circunstancias, como la pobreza, la violencia, el hambre, la exclusión y la corrupción, entre muchos asuntos más.

Si lo anterior es correcto, estaríamos ante una fría realidad: amplias franjas de la sociedad están convencidas de la situación de olvido que padecen y de las promesas no cumplidas por parte de los distintos gobiernos. Porque en los últimos días ha sido más importante transmitir y posicionar la percepción de un país que se transforma, pero que a su interior el balance en términos de seguridad, combate a la corrupción, perspectivas económicas, impunidad, lucha contra la pobreza, violencia, desapariciones y muertes por el crimen organizado, es verdaderamente deprimente.

Resulta impactante, pero hay que decirlo. En la visita del Papa identificamos tres rostros, diferentes y contradictorios, de nuestro México:

El primero, el de los privilegios, el de la clase política que por un momento dejó de lado sus filias y fobias para reunirse en la comodidad del Palacio Nacional. Aquí vimos a distinguidas personalidades y dirigentes políticos de todas las expresiones ideológicas, también estuvieron los miembros del gabinete, esposas e incluso sus hijos. Se trata de una élite proveniente de los tres Poderes de la Unión acostumbrada a hacer valer su posición privilegiada y de esa forma acceder a estos eventos sin tener la necesidad de llegar una noche antes para ganar un lugar o hacer largas filas, como sí lo hizo el resto de la población que quiso ver al papa Francisco.

También vimos al México real, al que vive en carne propia las consecuencias de los males a los que el Papa hizo referencia en sus distintas intervenciones: de quienes se adueñan de la riqueza, de los corruptos, los que trafican con la muerte, el hambre, la miseria y a los despojados de sus tierras.

Se trata de mujeres, hombres, niños e indígenas que por su inquebrantable fe al Papa, no les importó padecer las inclemencias del tiempo, las largas horas de espera y las incomodidades para hacer patente su amor por Francisco. Me refiero a quienes soportaron el inclemente sol en la plancha del Zócalo; a quienes esperaron catorce horas, que durmieron al intemperie, tirados en el piso, que soportaron el frío, el calor y el polvo para presenciar la misa en Ecatepec sin que les permitieran agua y alimentos; y lo mismo sucedió en Chiapas y Ciudad Juárez.

Igualmente, constatamos el México de los oportunismos políticos; que, inexplicablemente y fuera de todo contexto, nos saturaron con spots tanto del Instituto Nacional Electoral para la elección del Constituyente de la Ciudad de México, como de dirigentes de partidos políticos cuyos mensajes no venían ni al caso, al menos para el evento que se transmitía. El show mediático no hizo más que demostrar la falta de sensibilidad y de respeto a los mexicanos.

Más allá de todo esto, ha sido verdaderamente conmovedor haber tenido en nuestro país a un Papa que sabe comprender su tiempo y que, sin lugar a dudas, alegró el corazón de millones de mexicanos, de hombres y mujeres que encuentran en la sencillez de su mensaje la esperanza y la confianza que ningún otro mensaje y ningún otro discurso son capaces de transmitirles.