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México-Tlaxcalaltongo, la última odisea

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

La vida del general Francisco Luis Urquizo puede esbozarse con los versos de la lira popular: fue soldado de levita, “de esos de caballería” también “Brillaron águilas de oro en su quepis y sus hombros”. Fue uno de los principales narradores de la epopeya revolucionaria. Sus letras, aún latientes, inmunes al tiempo, resonaron en el Castillo de Chapultepec, en una lectura dramatizada a cargo del ingeniero Venustiano Carranza Peniche, nieto del Primer Jefe constitucionalista, y del actor Mariano Hernández.

De Coahuila a la Filipinas

El general Francisco Luis Urquizo secundó a su paisano Francisco I. Madero en el norteño combate contra el porfiriato. Fue testigo de la Decena Trágica, volvió al combate contra Huerta y siguió a Carranza en su última cabalgata. Muchos años después, abanderó al Escuadrón 201, que partió a las Filipinas para combatir al Sol Naciente.

En su obra México-Tlaxcalaltongo, Urquizo da testimonio literario de la última odisea de un gobierno constituido. Su presidente, a la manera de Eneas, embarca los símbolos del Estado y parte con ellos en custodia para fundar en otras tierras la nueva Troya, mientras la antigua se incendia bajo las huestes enemigas.

Entre las nuevas generaciones mexicanas, aquellos acontecimientos suelen parecer tan remotos, incomprensibles y ajenos como las Guerras Médicas. Si leyeran el relato del general Urquizo, narrado con la elocuencia del protagonista, descubrirían que es una memoria que nos pertenece a todos: la sublevación de los victoriosos caudillos militares contra el intento de consolidar un gobierno civil, las múltiples defecciones de los comandantes que habían jurado lealtad al gobierno constitucional, la arrolladora ofensiva enemiga que apenas hallaba resistencia porque los defensores volvían banderas.

Urquizo refiere la última ceremonia cívica presidida por Carranza, el Cinco de Mayo de 1920. Fue más un oscuro augurio que una celebración, con los achacosos héroes republicanos en uniformes de paño ochocentista, imposibilitados de combatir, mientras las avanzadas de los sublevados levantaban polvaredas en las inmediaciones de la capital, a la que llegaban más y más nuevas de fuerzas gobiernistas que se pasaban a la rebelión sonorense. Vino luego el frenesí del embarque en decenas de trenes especiales.

Francisco L. Urquizo narra los triunfos que alentaban en los trenes gubernamentales la esperanza de alcanzar Veracruz. Fue en esos episodios cuando los cadetes del Heroico Colegio Militar protagonizaron las últimas, victoriosas cargas clásicas de caballería, toque de trompeta, sable en mano, guiones al viento y bridones a galope tendido.

Llegó luego la debacle: las vías destruidas que inutilizaron a las locomotoras, la desesperada explicación del general Urquizo a Carranza, quien se resistía a abandonar el tren; la liberación de los cadetes para salvarlos de un sacrifico que se evidenciaba como inútil; la cabalgata por territorios desprovistos de todo; los extenuantes trayectos nocturnos que trataban de poner distancia respecto a los perseguidores, y, por último,la celada en una choza de Tlaxcalaltongo. El epílogo lo pusieron los lugareños: “Mataron al mero presidente”.

A la lectura asistieron los descendientes de aquellos revolucionarios, que en los apellidos resumen el esfuerzo de una generación para construir un México nuevo: Carranza. Ruiz Cortínez. Fabela, Urquizo.

Tropa vieja, Memorias de campaña, ¡Viva Madero! y Fui soldado de levita, de ésos de caballería, son algunas de las obras del general Urquizo. Son testimonio inapreciable de la vida cotidiana de los soldados federales, de las jornadas de un regimiento de caballería, de la Decena trágica, de la lealtad y bizarría del general Lauro Villar, quien se negó a secundar el golpe de Estado contra Madero y defendió con eficacia el Palacio Nacional contra los felicistas.

Tropa vieja es quizás la mejor novela de Urquizo, quien da la palabra a los peones, a los soldados rasos de leva, a las soldaderas. Es la gente, con su expresión coloquial, precisa y lúcida quien relata sus incontables pesares y también sus momentos de gusto. El soldado raso, tan maltratado en la vida cuartelera, tiene su día de orgullo cuando desfila en las Fiestas Patrias y todas las miradas admiran su marcialidad.La obra de Francisco L. Urquizo merece mucha mayor difusión, es una denuncia de las injusticias que a diario se ensañaban con los pobres de su tiempo y es también un llamado a la concienciade las generaciones que, de una u otra forma, permanecen en deuda con los mexicanos de hace 100 años.