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México tras siete visitas papales / Ramiro Pineda

  • Ramiro Pineda

Haciendo un poco de memoria, los dos últimos Papas que jamás vinieron a México, al igual que todos y cada uno de sus predecesores, fueron Paulo VI y Juan Pablo I, curiosamente también los dos últimos que fueron italianos tras más de 500 años en que esa fue la nacionalidad predominante en el trono de San Pedro.

Recordamos aquella recta final de 1978, cuando tras la muerte del papa Juan Pablo I, cuyo nombre civil era Albino Lucciani, cuyo papado duró apenas un mes, salió humo blanco del cónclave cardenalicio, anunciando “habemus papam”, tratándose de uno de considerable juventud, 58 años y que venía del oriente europeo, concretamente de Polonia, nación que entonces pertenecía a la Cortina de Hierro, siendo gobernada por el férreo régimen del general Wojciej Jaruzelski.

El Papa procedente de oriente respondía al nombre de Carol Wojtila, pero optó dar continuidad a su fallecido predecesor, por lo que su nombre papal fue Juan Pablo II, un personaje que casi tras el mismo instante en que llegó al trono de San Pedro, se mostró en plena voluntad de hacer suyos los tiempos de la globalización, por lo que se dispuso a comenzar sus viajes por el mundo, siendo México el destino de su primer viaje en enero de 1979, cuando fue recibido por el presidente José López Portillo en el hangar de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, en un encuentro que no tuvo carácter oficial por no tener relaciones en ese entonces la Santa Sede y nuestro país, por lo que el entonces mandatario mexicano se limitó a decirle: “lo dejo en manos de la jerarquía y los fieles de su Iglesia”. Ya vaya manos de fieles de su Iglesia, ya que México se le entregó masivamente al igual que lo haría en cuatro ocasiones posteriores (1990, 1993, 1999 y 2002).

En 1990, Juan Pablo II y el Estado mexicano mostraron una mayor cercanía, al irse dando condiciones para llegar a un establecimiento de relaciones, lo que ya había ocurrido en 1993, cuando el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari lo recibió en Yucatán, por primera vez en calidad de visita de Estado. Lo que también ocurrió en 1999 al recibirlo el presidente Ernesto Zedillo Ponce de León y en 2002, cuando el entonces presidente Vicente Fox de conocida militancia católica, besó el anillo papal al saludarle.

Tras el deceso de Juan Pablo II en abril de 2005, llegó al trono de San Pedro otro no italiano, el cardenal alemán Joseph Ratzinger, quien optó por el nombre de Benedicto XVI y visitó México hasta 2012, siendo presidente el panista Felipe Calderón, por lo que se eligió como sede de la visita la ciudad de León, Guanajuato.

La séptima visita de un Papa a México, la ha realizado Jorge Mario Bergoglio, argentino de origen, jesuita por ordenamiento, personaje austero, ajeno a grandes tronos y al uso de joyas de oro, quien aunque tiene ya 79 años de edad, goza de la energía suficiente para retomar la tradición de visitas papales maratónicas, como las primeras de Juan Pablo II. Se trata de un pontífice cercano a la gente, dispuesto a dar entrevistas y a hacerse ver como un ser humano, con todo lo que ello implica. En su pontificado no hay zapatos Prada para el Papa, usa un calzado cómodo y rudo que le resulta cómodo.

Así como los pontífices han cambiado, México ha vivido también una transformación en lo interior y lo exterior, cada vez más integrado con el resto del mundo, al tiempo que hace frente a retos internos, no todos positivos, pero sí en función de proyectarnos como una nación en constante transformación para llegar a los estándares de progreso que deseamos.