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México y los silencios del discurso papal (I) / Betty Zanolli Fabila

  • Betty Zanolli

La visita del Santo Padre a nuestro país, en uno de los momentos más aciagos de nuestra historia reciente, inédito por los niveles de criminalidad, deshumanización, impunidad y corrupción ha provocado, como era de esperar, toda clase de reacciones, desde la de revitalizar la fe entre los católicos, hasta la de constituirse en un motivo más de cuestionamiento sobre la presunta laicidad del Estado Mexicano.

Sin embargo, más allá de las luces y sombras que pudieran enrarecer este viaje pastoral del Sumo Pontífice del catolicismo, es de resaltar de su discurso uno de los grandes puntales en que se basa la filosofía del Papa Francisco I por su íntima relación con nuestra realidad: el silencio.

Silencio que describía ya en su homilía “Cuando el silencio es música”, pronunciada precisamente el 12 de diciembre de 2013, al referir: “Un hilo sonoro de silencio: así se acerca el Señor, con la sonoridad del silencio que es propia del amor. Sin hacer espectáculo ésta es la música del lenguaje del Señor
Nos hará bien un poco de silencio
hagamos silencio para escuchar a Dios” (L’Osservatore Romano, 20 de diciembre, 2013).

Silencio como aquél al que convocó a la feligresía asistente a la misa que ofreció en la Basílica de Guadalupe el pasado sábado 13 de febrero, cuando invitó a mirar y escuchar a la Virgen de Guadalupe. El mismo silencio, intenso, avasallante, en el que se hundió durante su encuentro personal con la imagen guadalupana, ajeno a los millones de feligreses atentos a la eucaristía. Y es que para el Papa no sólo la Virgen habla a través del silencio, habla también Dios, “el Dios de los silencios”, ya que “hay silencios de Dios que no pueden explicarse si no se mira al Crucifijo”, cruz que constituye su silencio más grande, desde el momento en que Jesús sintió el silencio del Padre y lo interpretó como abandono.

No obstante, el silencio tiene también, para el Sumo Pontífice, otra cara, la de su propia negación en sí mismo, y es que uno es el silencio del misterio, del velo divino y de la comunicación con Dios y la Virgen, y otro el silencio cobarde del conformismo, el silencio cómplice que avergüenza como lo hace la indiferencia, que nos convierte día a día en pasivos “espectadores de la muerte”, y por el que nos pide eliminar “la parte de Herodes que acecha en nuestros corazones” y solicitar al Señor “la gracia de llorar por nuestra indiferencia, de llorar por la crueldad de nuestro mundo, de nuestros propios corazones y de todos quienes, en el anonimato, toman decisiones sociales y económicas”.

Sí, porque “cuántos de nosotros hemos perdido el rumbo; ya no estamos atentos al mundo en el que vivimos; no nos importa; no protegemos lo que Dios creó para todos”, desde el momento en que permitimos que el silencio nos acalle y la indiferencia nos cauterice el alma sin que exista el menor ápice de remordimiento en nosotros.

Derivado de la visita papal, algunos sectores podrán haber esperado pronunciamientos más directos a cargo del Santo Padre pero si así lo creyeron es porque aún no saben leer y comprender el silencio que guardan todos y cada uno de sus discursos.

Ojalá autoridades, funcionarios, servidores públicos, políticos, empresarios, entiendan que es necesario erradicar el abandono en que se encuentra la sociedad porque es imprescindible escuchar al pueblo de México, el que se manifiesta en las calles, pero también el que a través de su silencio se desangra y grita de dolor.

Sí, la sociedad calla ante los abusos del poder, las reformas estructurales que le han dejado en la inanición, las reparticiones del territorio vía consignaciones y privatización a partir de la muerte del ejido, la pérdida de la soberanía, la devaluación insultante de nuestra moneda, la caída en picada del petróleo, los ecocidios institucionales, la entrega de la Patria a los intereses partidistas y cupulares nacionales e internacionales, y más callan los políticos y más las autoridades de los distintos niveles de Gobierno
y se acalla a los defensores de derechos humanos, periodistas, ciudadanos inconformes, mujeres, migrantes, niños, jóvenes, y a todo aquél que se quiera acallar, porque al final, por grave que sea el hecho, sobrevendrá el silencio y nada ocurrirá más que un nuevo silencio, porque es un hecho universal que la corrupción, indiferencia, impunidad y conformismo silencian, pero también lo hace, y en qué forma, el temor.

Hoy vivimos presas del silencio, del silencio corruptor y amedrentador. Ojalá escuchemos la invitación papal y nos atrevamos a hablar y a actuar en consecuencia a fin de revertir el marasmo y la crisis en las que estamos hundidos, para que sólo el silencio que impere entonces sea el que edifica e inspira y, como dijo el Santo Padre, conduce “a mirarte, Madre; contemplarte apenas, el corazón callado en tu ternura, en tu casto silencio de azucenas”.
bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli