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Mientras el olimpismo nos logre inspirar, tendrá sentido / Desde Tierras Olímpicas / Alberto Lati

  • Alberto Lati

En ese rubro -en el de la inspiración-, podemos enumerar historias de superación personal, de acercamiento de culturas, de paz entre pueblos, de fortaleza física y mental, de honestidad y dignidad deportivas, aunque cada vez con mayor frecuencia y acento, de juventud.

Rara vez se escuchará en el discurso olímpico algún detalle alusivo a los más veteranos, a los que han llegado más tarde en su vida, a aquellos atletas tan obstinados con cumplir una meta, que la alcanzaron con más de siete décadas. La frase más estereotipada es la que convoca a “los jóvenes del mundo”.

No obstante, recién en Londres 2012 compitió el jinete japonés Hiroshi Hoketsu, con 71 años y medio de edad. Su historia fue especialmente conmovedora porque en Seúl 1988 (sí, ¡dos décadas y media antes!), debió de ausentarse al ser sometido su caballo a cuarentena. La meta de la que el común de los mortales nos habríamos olvidado, quedó tatuada en su corazón y en Londres la cumplió.

Muchísimo tiempo antes tomó parte en los Juegos de Amberes 1920 el tirador sueco Óscar Swahn, con 72 años. A diferencia del debutante Hoketsu, ya había estado en otras dos ediciones, incluso conquistando seis medallas con sus largas barbas blancas.

Ahora busca su sitio en Río de Janeiro 2016 un individuo de nada menos que 93 años. El estadunidense Bill Guilfoil, de tenis de mesa, intentará una vez más clasificarse a unos Olímpicos, tras haber estado cerca en varias oportunidades.

La sola noticia genera extrañeza, aunque a la vez cumple con el cometido planteado en este texto: inspirar. Eso, y no defraudarse en la persecución de un objetivo, en la persistencia, en la disciplina, en la incombustible y longeva ambición.

Los Olímpicos, como el deporte en general, comenzaron siendo cosa de mayores, aunque cada vez vieron bajar más la edad de sus más destacados exponentes. Así, el COI dio pauta a las Federaciones a estipular ciertos límites: 17 para halterofilia y boxeo, 16 para ecuestres y gimnasia, 15 para judo, 14 para clavados.

Pese a que tal regulación es más bien reciente, y más allá de que la inscripción de niños luce como fenómeno moderno, vale la pena recordar que ya en Atenas 1896 compitió Dimitrios Loundras, con diez años de edad. Al recordarse lo improvisados que fueron esos Juegos, no habríamos de sorprendernos, salvo por el hecho de que ese niño conquistó una medalla de bronce.

Difícilmente veremos al nonagenario Guilfoil en Río de Janeiro 2016. Como sea, ese ejemplo de intentarlo hasta el final, es lo que vale.

Inspiración, que finalmente de eso se trata el viejo festival de Olimpia.

Twitter/albertolati