imagotipo

Migración en la frontera norte, un río con memoria / Rebecca Arenas Martínez

  • Rebecca Arenas

La migración es un fenómeno social que ha existido desde siempre. Sus causas se remontan a los días más primitivos del ser humano, que migraba buscando una mejor caza, un mejor clima, o acceso al agua. A través de la historia, las causas de las migraciones han sido huir de la pobreza, de las guerras, de las persecuciones políticas, e incluso del exterminio del hombre por el hombre.

Cuando un país poderoso ha requerido mano de obra en sus campos o en su industria, como es el caso de Estados Unidos en alguna de sus guerras mundiales, sus puertas se han abierto a la migración que resuelva sus carencias. Cuando ha superado éstas, la política migratoria ha cambiado, cerrando sus puertas a la mano de obra que antes requería.

En el caso de México, dada su doble situación de país de tránsito de migrantes centroamericanos hacia Estados Unidos y de país expulsor de mexicanos pobres a ese mismo país, la situación de su frontera norte es en extremo compleja y rebasa por mucho las estrategias institucionales de la Segob, e incluso los acuerdos binacionales con el país vecino, con una migración creciente, incontenible, que incluye cientos de miles de menores de edad que viajan solos, en busca de sus padres, y que terminan siendo carne de cañón de los carteles que merodean la zona reclutando por la fuerza a esta población miserable.

Más allá del cruento momento del cruce de fronteras, la población de origen mexicano en Estados Unidos sigue creciendo y tomando cada vez más importancia. Una muestra de lo anterior es que en California ya hay más mexicanos (11 millones 423 mil 146) que en el Distrito Federal, en donde se registran ocho millones 851 mil 080 personas.

En Texas, por ejemplo, los siete millones 951 mil 193 millones de mexicanos censados ya superan a los habitantes de Veracruz con siete millones 643 mil 194 según un estudio del Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (CEMLA). Mientras que en los censos de población en ambos países, los hispanos o latinos que hace 10 años representaban el 12.54 por ciento, hoy constituyen el 16.35 por ciento de la población total en la Unión Americana.

Entre el 2000 y el 2010 aumentó 43 por ciento, mientras que el resto de la población migrante no hispana lo hizo en 4.9 por ciento.

Los cambios empiezan a ser inocultables: “Estados Unidos dejó de ser rubio, ario y protestante, ahora es mexicano, moreno y guadalupano”, ha dicho el escritor Francisco Hanghenbeck autor de “Querubines en el infierno” en la Feria Universitaria del Libro, 2015 organizada por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) sobre la migración mexicana a Estados Unidos, durante la segunda guerra mundial, quien también ha señalado que, durante las próximas elecciones la comunidad latina hará la diferencia gracias al posicionamiento de los congresistas de origen hispano y a pesar del creciente racismo que se registra en Estados Unidos.

Al celebrar el orgullo hispano que se está manifestando en Estados Unidos, también reconoció que el racismo y posiciones conservadoras como las del Tea Party o personajes como Donald Trump forman parte de una ideología muy arraigada, casi nazi, con la que se enfrentan a diario las comunidades migrantes en Estados Unidos. “Los grupos conservadores están seguros de que siguen siendo mayoría y no es cierto, se van a encontrar con la gran oposición latina, principalmente de origen mexicano”.

Resulta paradójico que mientras la globalización monitoreada desde el mundo industrial tiende a romper fronteras en el mundo en desarrollo y las otrora economías emergentes como la mexicana, estas mismas naciones transformen su discurso globalizador cuando se trata de flexibilizar sus fronteras. Más allá de los pesares que nuestros connacionales y hermanos centroamericanos están padeciendo para cruzar la frontera, la corriente migratoria hacia el vecino país es incontenible. Como los ríos con memoria que buscan y reencuentran su lecho. Al tiempo.

rayarenas@gmail.com