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Migrantes

  • Pablo Marentes

  • Pablo Marentes

La primera huella de una mano está en la cueva de Pech Merle, Francia, la llamada “Capilla Sixtina de Lot”, uno de los sitios más reveladores de la actividad del hombre paleolítico en Europa. Son expresiones de la cultura Gravitense en las postrimerías de la era glacial. La original destreza elemental del hombre para  manejar cinceles y ensamblar martillos le permitió caminar, ¡migrar! para obtener alimento con menor esfuerzo, dominar a los cuadrúpedos, fundar asentamientos y continuar caminando a lo largo de las planicies de Asia, para doblar hacia el sur y adentrarse en Europa por el norte. Subió y bajó los Pirineos para continuar su camino hacia la costa norte del Mediterráneo. Allí fundó asentamientos antes de llegar a la costa norte del Continente Africano.

El hombre primigenio cultivó su inteligencia durante sus largas caminatas. Pobló el mundo con grupos que se quedaban mientras otros seguían su camino. Llegaron por el estrecho nororiental del Continente Europeo, el que nos enseñaron a distinguir como el Estrecho de Bering, y durante una extrañísima bajamar lo cruzaron para adentrarse, desde el norte, en el Continente Americano. Algunos percibieron grandes espacios para continuar su trashumancia en el enorme continente. El grueso continuó hacia el sur. Y se asentaron en el territorio que habría de ser conocido como Mesoamérica. Arenas y tierra fueron benignas. Allí comenzaron las primeras de 60 y más culturas originales.

La migración ha sido la gran atracción de los hombres, la realizan con su mujer y sus hijos. El hombre es el animal de larga marcha que busca periódicamente nuevos territorios para convivir, crear, recrear y unir su inteligencia a la de otros. El hombre es el animal creador original, migrante por excelencia.

Las transformación del mundo propiciadas por el hombre que cultiva su inteligencia crea instrumentos para la caza, la pesca, la construcción y establece asentamientos, se inician en algún lugar de Asia dentro del segundo milenio de la Era Común. Destacan los chinos, prototipos de las culturas asiáticas. Las culturas mediterráneas brotan del quehacer de los etruscos, los griegos y los fenicios. En el Medio Oriente los fundadores de tradiciones son los hititas, los asirios y los babilonios. En las costas mediterráneas del sur brillan los egipcios. En el Continente Americano, los olmecas del México antiguo y los Chavín de Perú.

Las fronteras, el encuentro de lo diferente recíproco, hoy son zonas de concertación de esfuerzos para estimular la cooperación. La convivencia siempre ha sido posible. Aún en las fronteras más conflictivas. La tragedia de los migrantes que se ahogaron en Lampedusa, la isla de Gatopardo, fue aliviada con la iniciativa generosa de los policías migratorios italianos. Lo mismo ocurre en la frontera de Texas con Tamaulipas. Así lo documenta un conmovedor reportaje humanitario de “El País” el 23 de agosto. Francisca Guevara, seis meses de edad, “lleva viajando cinco en brazos de su mamá”. Llegaron de Copán, Honduras, a Texas para cruzar el río Bravo. Coincidieron con otros 10 niños y 12 adultos. La Patrulla Fronteriza los vio antes de que salieran a la otra orilla. Cuando les tomaban datos, aparecieron otros 22 migrantes. “A esto no le llamo aprehensiones. Lo llamo rescates”, afirmó Manuel Padilla, jefe de la Patrulla Fronteriza del Río Grande. Es el desafío de una emergencia humanitaria que hay que atender.  Pero ¿es un desafío? O es la evidencia de un indispensable entendimiento. Trump no sabe de eso ni de otras cosas.