imagotipo

Morelos, a 200 años de su muerte / El Agua del Molino / Raúl Carrancá y Rivas

  • Raúl Carrancá y Rivas

“Soy siervo de la nación porque ésta asume la más grande, legítima e inviolable de las soberanías”, dijo uno de nuestros más grandes próceres de la insurgencia, paradigma valeroso de congruencia y vocación, el generalísimo José María Morelos y Pavón, de quien habremos de conmemorar este próximo martes el bicentenario de su fusilamiento en el año en que también se festejan los 250 años de su nacimiento en la ciudad de Valladolid, hoy Estado de Michoacán.

Un hombre ejemplar cuya lucha como estratega del combate hizo al propio Napoleón Bonaporte declarar: “con cinco hombres como Morelos, podría conquistar al mundo”, pero un hombre también que más allá de haber sido un combatiente extraordinario, fue ante todo un visionario, un hombre de Estado, que desde el primer momento supo y entendió cuál era la verdadera razón que subyacía en la causa que abanderó, porque siempre estuvo un paso más delante de todos, aún del propio cura de Dolores. La mejor prueba de ello la tenemos en su principal legado, “Sentimientos de la Nación”, obra inspiradora de los principales ordenamientos jurídicos que han dado sello a nuestra Patria a lo largo de toda nuestra vida independiente, desde la Constitución de Apatzingán de 1814 a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917 y que ha sido numen fortalecedor del alma de nuestros pueblos hermanos más allá de nuestras propias fronteras. Veamos por qué. Uno de los documentos más breves pero más profundos de la época contemporánea es la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, cumbre ideológica de la Revolución Francesa cuya vigencia continúa viva hasta nuestros días. Sin embargo, después de dicho texto magno, si alguno condensa en todo su esplendor la gesta de un pueblo y los principios que deberían alentar su esencia, ése no puede ser otro para Iberoamérica que los “Sentimientos de la Nación” de Morelos.

Pionero de la libertad, soñó con una América libre e independiente, como nunca antes había sido concebida. Precursor del espíritu reformista, postuló la limitación de prebendas y obvenciones eclesiásticas. Notable heredero de la ilustración francesa, particularmente del sentir roussoniano y del ideario político de Montesquieu, compartió la idea rectora de que la soberanía dimana del pueblo quien la deposita en sus representantes, al tiempo que de modo preclaro abogó la división tripartita del Poder a cargo de “sujetos sabios y de probidad”, cuyos vocales no podrían excederse en tiempo ni en emolumentos. Imbuido por el alma del nuevo mundo, declaró que solo los empleos podrían correr a cargo de americanos en tanto los extranjeros no fueran capaces de instruir o de estar libres de toda sospecha. En pocas palabras Morelos, promotor incendiario del liberalismo y de la legalidad, diáfanamente recordó la supremacía de la Ley y la necesidad de incrementar las condiciones económicas del pueblo a fin de alejarlo de incurrir en actividades ilícitas. Propugnar por la libertad y adherirse a la abolición de la esclavitud no era ya sino la consecuencia dentro de su ideario, como lo fue también el impulsar la propiedad privada y la protección de los puertos a fin de impedir el internamiento de las fuerzas extranjeras, aún siendo amigas, a fin de poder garantizar la soberanía y resguardo del territorio, en particular cuando pretendieran pisar nuestro suelo tropas extranjeras. Promotor incipiente de los derechos humanos, pugnó de igual forma contra la tortura y contra el excesivo cobro de impuestos. Nacionalista, en fin, rindió culto a la Virgen de Guadalupe al declarar que la constitucional consagrara el 12 de diciembre en su honor y el 16 de diciembre como aniversario del día en que “se levantó la voz de la independencia”, el día en que había comenzado nuestra libertad. No obstante, recordar su legado, del que estamos cada vez más lejanos, a dos siglos de distancia, es enfrentarnos con nosotros mismos, porque de nada habrá valido su sacrificio y su lucha si seguimos siendo indignos de la Patria que contribuyó a construir para legarnos. ¡Cuánto, en fin, debemos a Morelos, hijo del pueblo de Anáhuac!

Fue entonces, un viernes 22 de diciembre, cuando a Morelos se le trasladó en una carroza hasta Ecatepec por órdenes de Calleja para ser ejecutado. Frente al pelotón, vendado de los ojos, cuenta la historia que exclamó: “Señor, si he obrado bien, tú lo sabes, pero si he obrado mal, yo me acojo a tu infinita misericordia”. El juicio divino no lo conocemos, pero sí el de la historia, porque Morelos no solo da nombre hoy a uno de nuestros estados -en el que orgullosamente vivo-, es referente puro, prístino, inmarcesible, de nuestro identidad nacional que da sentido, a 200 años de su muerte, a nuestra Patria y al ser mexicano.
Sígueme en Twitter:@RaulCarranca

Y Facebook: www.facebook.com/despacho.raulcarranca