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Movilidad 0 / De Cara al Sol / Andrea Cataño

  • Andrea Cataño

Estoy convencida de que los habitantes de la zona metropolitana del Valle de México somos mutantes que sobrevivimos a pesar de respirar 6.5 kilogramos al día de contaminantes. Cuando en 1982 se estableció el Imeca o Índice Metropolitano de Calidad del Aire -y que muchos ignorantes confundían con una cultura prehispánica- era el tiempo propicio para haber creado una política pública de largo plazo que evitara el punto de contaminación nauseabundo que mata al año a más de 15 mil personas.

En 1989 surgió el programa “Hoy No Circula” que, tal como se pudo comprobar en fechas recientes, dejó de ser efectivo a pesar de que los nuevos autos son mucho menos contaminantes. De entonces para acá, las autoridades capitalinas desatendieron las recomendaciones del doctor Mario Molina y se limitaron a exigir la verificación vehicular dos veces al año y a hacerla extensiva al Estado de México, de donde proviene la mayoría de los autos que congestionan las vialidades de la ciudad.

Durante las gestiones de López Obrador y Marcelo Ebrard se privilegiaron las obras de infraestructura que incentivaron el uso del automóvil, cuando debió haberse estructurado a la par una red de transporte público eficiente, que incluyera terminales intermodales y la creación de líneas alimentadoras para llevar a la gente al Metro o al Metrobús.

Nada se hizo por meter en cintura al transporte público. De acuerdo con el Consejo Internacional de Transporte Limpio, 98 por ciento de las emisiones contaminantes las genera el transporte de carga que llega a emitir hasta mil veces las emisiones de un automóvil, ya que en México los camiones pesados en circulación tienen entre 22 y 30 años de antigüedad, mientras resulta incomprensible por qué la Semarnat de manera injustificada ha aplazado la publicación de la Norma 044 que regula los estándares máximos permitidos de contaminantes para vehículos pesados nuevos que usan diésel. Por nuestras congestionadas arterias vehiculares, circulan camiones de todo tipo que dejan tras de sí nubes negras de miasmas venenosas. Supuestamente, hay una disposición que prohíbe la circulación del transporte de carga durante el día, pero como sucede con todo aquí, la ley es letra muerta y todo se arregla con un billetito.

La política pública tendría que abarcar la vivienda y las condiciones de trabajo. Por años los vivienderos construyeron complejos habitacionales en sitios donde el rumbero perdió las maracas; ahora muchos de estos complejos están abandonados porque la gente no puede transportarse a la civilización en tiempos y a costos razonables.

Mi única neurona se pregunta por qué recurrir a una solución parcial y simplista como el que no circule ningún auto una vez a la semana, en lugar de establecer, por ejemplo, horarios escalonados para la entrada a los trabajos y a las escuelas. Además, gracias a internet, hay muchas actividades laborales que pueden realizarse desde casa, en lo que se llama “home office” y que ha sido una medida muy efectiva en otros países.

Hacienda podría lanzar planes atractivos para que empresas e industrias se establezcan fuera de la zona metropolitana y fomentar el crecimiento de otros polos de desarrollo.

Literalmente no se ve que claro en materia ambiental. Por lo pronto, en esta ciudad se siguen construyendo edificios habitacionales y de oficinas cada vez más grandes que traerán a más gente con más coches para las mismas calles.

El nuevo esquema del programa “Hoy No Circula” funcionará solamente a corto plazo. Quienes puedan, se comprarán un auto comodín. Yo con gusto dejaría mi auto en casa si hubiera un transporte público suficiente y seguro, pero utilizarlo como está equivale a practicar un deporte de alto riesgo.

andreacatano@gmail.com