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“Muertos vivientes”, de esclavos a personajes cinematográficos

  • De carne y Hueso: Sonya Valencia

POR SONYA VALENCIA
El pasado 4 de febrero se celebró el Día del “Orgullo Zombi”. Raro festejo iniciado en Estados Unidos, y que coincide con el cumpleaños de su fundador, el director de cine George Anderew Romero, considerado el padre de este género cinematográfico, por su película “La noche de los muertos
vivientes”, que se estrenó en 1968.

Ahora, los “muertos vivientes” una vez más se ponen de moda con la serie de televisión “Santa Clarita, dieta”. Original de Netflix. Santa Clarita, así se llama el pueblo donde se desarrolla la trama, es una comedia de situación norteamericana típica del hombre y la mujer, ambos bien parecidos, pero sin exagerar, quienes junto con su hija, y un amigo de ésta, tratan de vivir una vida normal, no obstante que la madre muere y se convierte en una zombi que se dedica a matar “hombres malos” para comérselos y mitigar su voraz
apetito.

Pero, aunque parezca increíble, los zombis, esos que vemos en las películas de terror y que a veces nos hacen reír, tienen una base científica. Un artículo publicado en el portal de internet del diario español 20 minutos dice que el origen del “zombi moderno” se remonta a mediados del siglo pasado, y es algo así como una variante de Drácula y Frankenstein.

Sin embargo, los primeros “muertos vivientes” de los que se tiene constancia, y que se asimilarían a lo que hoy entendemos por zombis, se remontan a una realidad mucho más cruel, la de los esclavos africanos.

El triste comienzo del mito del zombi data del Haití del siglo XVII y XVIII, cuando los negros eran arrastrados a ese país caribeño para trabajar hasta la muerte, en las plantaciones de azúcar.

Pablo Francescutti, sociólogo, profesor e investigador en el Grupo de Estudios Avanzados de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid, España, dice que quien acuñó el término zombi, fue el escritor y viajero francés Saint-Méry, quien en 1797 al ver a los esclavos negros los refirió como aparecidos. De hecho zombi deriva de “nzambi”, palabra de lengua bena-kinga (originaria de Tanzania), que designa al alma.

“El zombi saltó a la fama internacional en 1929, gracias a The Magic Island, el libro de viajes del escritor americano William Seabrook. Ya desde el título la obra envolvía al país en brumas esotéricas, para luego confundir el vudú con un tipo de magia negra, soslayando que es una auténtica religión emparentada con la santería cubana”, asegura Francescutti.

El intento más conocido por conocer el trasfondo científico de los zombis, lo hizo el antropólogo canadiense Wade Davis, quien a principios de la década de los 80, se adentró en las sociedades secretas de Haití y regresó con la siguiente explicación: “En un territorio donde el poder estatal se ha ejercido únicamente en las ciudades, el campo ha estado regido por instituciones de impronta africana, en las que el brujo, el juez, el médico y el verdugo se confunden en una misma persona”.

De acuerdo con la interpretación de este científico, un zombi sería algo así como un condenado a trabajos forzados. “He identificado el ingrediente de la pócima empleada para inducir un estado comatoso en los sentenciados: la tetrodotoxina extraída del pez globo”, afirmó Wade Davis al terminar su estudio.

Tal afirmación resultó ser la “piedra en el zapato” del análisis del experto en antropología, debido a que las pruebas hechas por otros científicos apenas detectaron tetrodotoxina en la pócima aportada por Davis. Algunos negaron a esa sustancia tóxica el poder de crear individuos manipulables. “Cuesta imaginar que un hatajo de tipos paralizados y con náuseas sean trabajadores rurales muy eficaces”, ironizó el neurólogo Terence Hines. Sin embargo, desde entonces y hasta la fecha, la noción de zombi ha formado parte de la comunidad haitiana. La creencia es que, a través de la magia o el veneno, un hechicero es capaz de hacer enfermar hasta la muerte a una persona a la que, tras ser enterrado por la familia, hace revivir. Dicha persona queda sometida a la voluntad de quien le ha hecho volver a la vida. Una idea que existe en el folclore zombi: la ausencia de voluntad propia del ‘muerto viviente’.
La realidad del zombi parece limitarse a la cultura de masas, en donde ha experimentado grandes transformaciones. A diferencia del referente original –un falsocadáver–, el del cine es un muerto auténtico. Lo que es más, el primero es un pelele inofensivo mientras su correlativo fílmico persigue a los vivos para devorarlos, como en el caso de “Santa Clarita, dieta”, una serie que vale la pena, pero que definitivamente no es apta para personas escrupulosas con la comida.